30 años después

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Pertenezco a lo que se suele decir “la promo” número XI de lo que fue un proyecto experimental de educación de la universidad jesuita en el país en los años ochenta. El proyecto de nombre Escuela Mirón Muñoz, dio inicio en el lejano 1974 en el seno de dicha universidad, que para ese momento también se estrenaba con tan solo una década. Aún recuerdo el trifoliar con tipografía en colores rojo y gris que proponía una educación alternativa, no solo por la calidad académica respaldada por una universidad privada jesuita, sino por el modelo pedagógico de una educación personalizada, centrada en el conocimiento y no en la educación rígida tradicional de uniformes encorsetados; se decía un modelo alternativo de educación al sistema vigente.

La oferta de la Mirón era ir a clases sin uniforme; las instalaciones eran dentro de la reluciente y aún con olor a concreto nuevo de la Universidad Rafael Landívar; recuerdo que la publicidad sugería como objetivos básicos, orientar la educación de los bachilleres y de maestros hacia las ciencias humanistas y a las ciencias exactas como preparación clave para la continuación de la educación profesional universitaria. Se ofrecía un claustro de catedráticos egresados de la universidad y uno de los rasgos de su metodología indicaba “fomento de la responsabilidad personal en un ambiente de libertad controlada como preparación para la vida universitaria”.

En 1984 y 1985, años de mi paso por ese centro educativo, el país ya había sufrido un par de golpes de Estado; un genocidio de indígenas de proporciones y consecuencias inimaginables acababa de suceder, aunque esto solo empezaría a conocerse hasta una década despúes. Eran los años de un país que renacía de un parto doloroso para empezar su era democrática. Vinicio Cerezo se convertiría en el primer mandatario civil después de varios militares y recién acababan de surgir las instituciones primarias de la democracia. En el año en que me convertí en bachiller en ciencias exactas, el país recibía su título de democracia en transición, un trayecto que sería largo y desafiante.

Mis compañeros y yo no lo sabíamos, pero encarnábamos lo que se conocería como la generación X; seríamos la primera camada en las tierras latinoamericanas sobre la que impactaría, conforme avanzáramos a la juventud y luego a la adultez, lo que se llamaría la posmodernidad. Ya en Estados Unidos ese proceso había empezado al menos una década antes. El mundo avanzaba hacia la banalidad y el ser humano estaba en el proceso degradante de su individualización en sociedad. De niños fuimos aleccionados por plaza sésamo que inauguraría el modelo de la “televisión educativa” que luego se convertiría en la caja boba y nos haría bobos.

Transitar por las aulas de la Escuela Mirón Muñoz y ser educados con su modelo alternativo, implicó para todos los adolescentes de mi “promo” en aquella época una experiencia que rompía con la tradición del modelo educativo; pero no sabíamos que aquella propuesta no desafiaba ni cuestionaba el orden establecido, solo era la variación cultural de los tiempos que empezaban en un mundo que tenía previsto incluso la transgresión del sistema. En los pasillos se bailaba el desafiante “Breakdance” y todos nosotros iniciados en la vida esgrimíamos la rebeldía, orgullosos de no llevar uniforme sino “jeans” y tenis. El desafío mayor para las autoridades de la Escuela era permitir reglas laxas sin que los alumnos termináramos incurriendo en comportamientos delictivos, tarea de la que se hacían cargo personajes como el profesor Raúl Velásquez, que con el tiempo se convirtió en el flamante Ministro de Gobernación y hoy día en la cárcel acusado de corrupción; o de Carlos Aldana, serio pedagogo que llegaría a tener papel rector en la política pública de educación.

Treinta años después, me encuentro con aquellos amigos de la adolescencia, convocado para celebrar tres décadas de haber salido de “la Mirón”. Casi todos convertidos en una de dos profesiones, o ingenieros o médicos de éxito; la mayoría con los estragos de la vida plasmada en sus propios cuerpos. Obesidad, sobrevivientes de cáncer, diabéticos, rupturas sentimentales, hipertensos y casi todos con hijos. Las bromas y las burlas inundaron toda la velada, los recuerdos de los apodos o de los primeros amores, o de tal o cual travesura, incluso el recuerdo de mejores y peores profesores, por instante era sus voces en los pasillos de la Escuela hace muchos años. Me escabullí con discreción para evitar el trago amargo de la despedida, sin embargo no puede evitar salir de esa celebración con un sentimiento de que nuestra rebeldía había sido finamente domesticada y prevista por el sistema.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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