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¿Por qué hablamos tanto de la Revolución de octubre? ¿Siempre ha sido así? ¿Qué es lo que intentamos ver a través de los íconos de la Revolución? ¿Qué tantas posturas existen alrededor de este hecho?  ¿Cuántos en realidad la conocemos? 70 años después de ese momento tan determinante para nuestra historia no podemos evitar preguntarnos qué hubiera pasado sin la intervención norteamericana, sin la formación de los anticuerpos que la botaron. Si por lo menos los guatemaltecos tuviéramos claro qué fue lo que pasó o más drástico y certero: qué fue lo que perdimos.

Es ingenuo pensar que reivindicar la Revolución de octubre es un síntoma de nostalgia inservible, necesitamos alimentar los íconos de la dignidad y hacerlos estandartes porque también debemos reformular lo que realmente nos simboliza. Nuestro disco duro registra un trauma, uno muy duro, un golpe que como sociedad nos dejó abortando misiones, estancando proyectos y viendo florecer falsas esperanzas. Tenemos el deber de concluir las luchas y la ardua responsabilidad de continuar con la verdadera creación de nuestro país para dejar de ser ese suspenso que quedó en el aire después de la Revolución de octubre.

No podemos pensar en un futuro sin fundamentarnos en nuestros pasados y entender nuestro presente como consecuencia de ellos. La historia de nuestro país, llena de fracturas, tiene en sus cicatrices las claves, los intentos desesperados por fundar una nación y también las señales de cómo esos intentos han sido truncados y arrebatados de las maneras más interesadas y sinvergüenzas de la historia.

Las dictaduras se han convertido en arquetipos; las dictaduras se replican, se renuevan, se mantienen, desde los poderes económicos hasta la cotidianeidad del poder sobre otro “más indefenso”. ¿Por qué solo ese arquetipo perdura?, ¿por qué puede la nostalgia de un guatemalteco promedio cargar con la sombra de Ubico y no con la de la Revolución?

Pienso que la Revolución de octubre es un estado de conciencia, uno muy emplazado, socavado, un hecho que en el alud de otras luchas quedó al fondo. 70 años después podemos hacer algo más que conmemorar; nos vemos en la necesidad de revindicar las figuras, de renombrar los hechos, de revivir las palabras, no por ingenuidad ni esperanza trasnochada, no por estar estancados en la nostalgia de un paraíso perdido sino por la simple razón de que nuestro paraíso perdido lo estamos buscando en el futuro y no en el pasado. Nuestro paraíso perdido es Guatemala y vamos a encontrarlo.

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About Author

Carmen Lucía Alvarado

Poeta y editora. Fue miembro de los grupo Ritual y Metáfora con quiénes fue parte de la organización del Festival internacional de poesía de Quetzaltenango. Coordinó los espacios de discusión y diálogo Poesía para armar y Desarmable en el Centro Cultural de España en Guatemala. Fue subdirectora de la revista electrónica Luna Park y actualmente dirige el proyecto Catafixia Editorial. Coordinadora de la antología crítica El futuro empezó ayer, apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Unesco-Catafixia Editorial). Publicó los libros de poesía Imagen y semejanza (2010) y Poetas astronautas (2012).

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