A 25 años de ser luz

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A los 17 años no quería entrar a una universidad que estuviera muy cerca de la Iglesia Católica, solo no me interesaba. Todo lo que se refería a la religión me incomodaba, suficiente en la casa. Conocí a un jesuita por consejo de mi papá, vivía a las afueras de la ciudad y me invitó a platicar. En la pared de la sala, una foto de Ernesto. Carlos Cabarrús estaba frente a mí, sin yo realmente saber quién era (y quién sería en mi vida), la ignorancia de la juventud a veces es arrogante. Me preguntó por qué no quería estudiar en la Landívar, y le contesté que lo católico no era lo mío. Se rio de buena gana, y me dijo que tenía razón. Al terminar, me dijo que le caía bien porque hablaba desordenadamente, pero siempre tenía algo que decir. Me regaló un libro de él, de su juventud. “Génesis de una revolución”, fue la carta de presentación de El Salvador.

Al año, ya como estudiante de Ciencia Política, visité por primera vez la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la “UCA de El Salvador”. Era el aniversario del asesinato de los padres jesuitas en el campus universitario. El batallón Atlacatl, parte del ejército salvadoreño, entró ese 16 de noviembre, y asesinó vilmente a seis sacerdotes: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López y López. Un rector, un vicerrector, un investigador de Derechos Humanos, un amante de los libros, un filósofo, y un fundador de la universidad. Junto a ellos, Elba y Celina Ramos, madre e hija que cuidaban de la casa.  La sangre se derramó en el jardín, en donde crecían rosales, en donde crecen rosales aún.

Durante la conmemoración, hay una caminata de luz. Se recorre el mismo camino que el batallón tomó hasta llegar a donde los padres jesuitas se encontraban en 1989. Se hace en la oscuridad, con candelas que llevan aquellos que recorren los pasos de los asesinos, para recordar que la luz que los padres encendieron no se apaga. La luz es la denuncia que hicieron, la liberación de la que hablaron, la defensa de los que sufrían, la academia comprometida con la paz.

Los jesuitas que están hoy en la universidad en la que estudié, eran seminaristas en El Salvador para ese entonces. Alguno de ellos fue quien primero los encontró, quien primero los lloró. Trabajaban con ellos, los conocían bien. Uno de ellos me comentó alguna vez lo que se decía en El Salvador en aquellos años. “Mate un cura, haga patria”, se leía en las paredes. Mataron a seis de ellos, y los convirtieron en ejemplo de coherencia y amor. Los mantuvieron vivos, para trabajar por una sociedad que se desentienda de las injusticias, que luche por ser más digna.

El fin de semana pasado se cumplieron 25 años del asesinato. Son 25 años de contagiar vida y valentía a las generaciones que nos toca, entre  muchas otras cosas, volver a transitar el camino de la memoria y de la historia, tomados de una luz.

 

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

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