A 30 segundos de la luz verde

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Está anocheciendo y por alguna razón la oscuridad acrecienta mis miedos. Quizá porque en las sombras se protege el anonimato y mi visibilidad se entorpece. Sea como sea, llevo prendidas las luces y dos calles adelante veo el semáforo y su luz me indica que pare. El conteo regresivo da inicio, estoy a 30 segundos de la luz verde.

Me toca desacelerar y es ahí donde, de nuevo, inicio el ritual. Aquel ritual que inconscientemente se apoderó de mi rutina, de mis fantasías, de mi realidad… de mi tranquilidad. Veo por el retrovisor derecho, no hay motos en mi línea de visión, uno que otro carro empieza a acercarse al carril de al lado pero no identifico a nadie sospechoso. Noto a un hombre con la ventana baja y un celular en la mano que lentamente es llevado hasta su oído izquierdo. En el movimiento logra colarse de aquellas mangas blancas con mancuernas plateadas un brillante reloj. ¡Qué mula! Se lo van a robar, me digo. Entonces me acuerdo de mis ventanas y rápidamente chequeo que todas estén arriba. Presiono de nuevo la cerradura central, ya no recuerdo cuantas veces lo he hecho en este trayecto pero quiero asegurarme una vez más que nadie podrá entrar en mi carro. Entonces pienso que el hombre que está en plena tertulia tiene más probabilidades que yo de ser víctima de robo y eso calma mis nervios. Qué hija de puta soy, pero al menos soy una con la conciencia más tranquila.

25 segundos

Veo por mi retrovisor izquierdo y como estoy pegada a la acera debo cuidarme de motos y peatones (que desde aquella vez que un señor cuarentón me pasó tocando la ventana pidiéndome el celular para luego fugarse de la escena CAMINANDO como si nada hubiera pasado, ya entraron en mi círculo de desconfianza). Un señor pasa justo a la par de mi carro y mi respiración se acelera, trato de estudiarlo para saber si sus intenciones son las mismas que temo. Hacemos contacto visual y siento cómo mi sangre se hiela, pero él continúa caminando y pasa de largo. Qué hija de puta soy, de nuevo, el pobre señor trabajador solo quiere regresar a su casa y yo ya lo ando tachando de ladrón. Mi celular, ¿DÓNDE ESTÁ MI CELULAR?, y como loca busco en el sillón del copiloto, en los portavasos, en el tablero y nada. ¿Será que lo dejé en la oficina? ¿Lo habré sacado de mi bolsa? Y justo cuando estoy por parar la búsqueda, lo veo en mi entrepierna. Cierto, si ahí me lo pongo siempre. No es para ningún jueguito sexual que apenas y vibran esos aparatos, pero concluí que es el lugar más cercano a mi mano derecha en caso quiera verlo para saber si hay algo nuevo y, por supuesto, es el lugar desde el cual puedo hacer el movimiento más rápido para tomarlo, abrir la ventana y dárselo a quien pueda pedírmelo en un tono no tan dulce.

15 segundos

Ya no sé si fue mi mamá, mis amigos o lo vi en un programa de televisión, lo que sé es que parar completamente en un semáforo en rojo aumenta las probabilidades de ser asaltado. Eso que escuché también lo pongo en práctica y hoy no es la excepción, mi carro sigue en marcha muuuuuuuuy lentamente, aún tengo una distancia de tres carros del que está completamente parado. Entonces no falta el cretino o la cretina imprudente que aprovecha ese espacio para colarse. No solo a una le cuesta andar empleando un sinfín de estrategias en los semáforos para que otras personas se paseen en ellas. En fin, veo por el retrovisor, quizás alguna moto ya apareció en el panorama y efectivamente estoy en lo correcto. Logro contar tres.

10 segundos

Empiezan a pasar justo a la par de mi carro e intento ver si no hay “motos compinches”, bandas articuladas que se estén cuidando las espaldas. La primera moto que pasa a la par mía va con un señor y un niño, luego pasa otra moto con una pareja hombre-mujer, en el ratito no me cuestiono nada, solo sé que los niños y las mujeres disminuyen mis niveles de alerta. Maldito subconsciente. Y ahí están las motos a las que más temo: dos personas a bordo, ambos hombres sin chalecos ni placa. Están por pasar justo a la par de mí cuando noto que el acompañante del conductor introduce la mano en su chumpa negra y siento cómo todo mi cuerpo se aguada. Y entonces saca algo lentamente y mis ojos se abren aún más… es un celular. Suspiro. Dentro de las irónicas leyes impulsadas por los diputados deberían aprobar una en la que se prohíba que los motociclistas y sus acompañantes puedan meterse las manos en las bolsas, en las mochilas y sus chumpas para sacar algo de ellas. Digamos que sería para beneficio de la salud mental y la disminución de los paros cardíacos al volante.

5 segundos

Como el cretino o la cretina que se coló en la fila redujo mi espacio de movilidad, no queda lugar para seguir en marcha. Entonces paro. Cambio de estación (sí, a veces todavía gusto de escuchar la radio aunque la entrada de USB, CD y cable auxiliar me garanticen mejores momentos al volante) y ahí está de nuevo: “Aumentamos la fuerza policial a 34,000 efectivos… Vamos para adelante” y no termino de entender a qué diablos se refiere.

Entonces recuerdo a un Baldizón que promociona la pena de muerte como parte de su campaña; a un Cromwell Cuestas que irónicamente representa a un “partido con valores” que está en contra del aborto pero a favor de la pena capital y a un Pérez Molina que en su momento logró ganar las elecciones ofreciendo violencia con su “Mano Dura”.

0 segundos

Da verde y acelero. Solo pienso en cómo los políticos juegan con aquellos sentimientos que tenemos a flor de piel, apelando a nuestra desesperanza, miedo e impaciencia, para vendernos propuestas que no son viables ni efectivas pero que obedecen a calmar esos niveles de alerta y desgaste psicológico, al menos en el plano de la percepción. En la recta en la que me encuentro diviso tres semáforos más en los que estaré… a 30 segundos de la luz verde.

Corre y va de nuevo.

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About Author

Stephanie López

A veces odio al mundo aunque siempre termino reconciliándome con él. Soy feminista porque no encuentro otra manera de luchar por la equidad. La naturaleza y sus volcanes han sido los mejores aliados de mi vida y creo que escribir también es una manera de contribuir con la sociedad.

2 comentarios

  1. Perdí un par de minutos de mi vida leyendo esta mezcla de aspiración literaria, en la que a propósito el talento es escaso, con un poco de denuncia y una pizca de sentido común…….y otro minuto escribiendo esto…

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