A los oídos de los dirigentes sociales: La clase política no debe diseñar las reformas

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Estos días de fervor ciudadano se pueden convertir en un impase en la historia de Guatemala, se puede formar y concretar la oportunidad de dejar atrás el modelo de corrupción que impera en el Estado, que es producto en buena parte del Consenso de Washington (que muchos problemas ha ocasionado en América Latina) y el estilo clientelar que impuso Álvaro Arzú con la privatización de recursos y debilitamiento de instituciones. Naturalmente, esa transformación total del modelo de Estado inicia con reformas que permitan tener personas idóneas al frente de las instituciones para que el diseño y la implementación de una nueva institucionalidad apunten a la especialización de la participación y la representación política, y no al lucro en detrimento de la sociedad.

Significaría una transición organizada por una nueva clase política que haya sido electa en diferentes condiciones electorales y partidistas a las actuales. Bajo esa lógica, las reformas no las pueden diseñar ni negociar la actual clase política, su complicidad y responsabilidad en la venta de los recursos del país, en el debilitamiento de las instituciones y en la creación de redes de desfalco los convierte en las personas menos probas para negociar o diseñar reformas. En el caso de la reforma al sistema de partidos políticos y ley electoral, la ilegitimidad generalizada de la clase política (por mucho que salven dos o tres personas) demanda que exista una fuerte movilización de la ciudadanía que conjuntamente con dirigentes sociales y los grupos de poder más democráticos presionen para que se apruebe sin ninguna modificación una propuesta de reforma al sistema de partidos y ley electoral diseñada multisectorialmente sin la participación de la clase política desde la academia.

El sistema de partidos imperante es el mismo que funcionaba en los días de la guerra, los Acuerdos de Paz estipulan que para ir a la Paz se acuerda la reforma al sistema de partidos, un acuerdo incumplido que ha heredadoel sistema partidista de las dictaduras de corte militar y la inestabilidad política. ¿Cuánta democracia puede existir en la estructura de un sistema que fue diseñado y aprobado por una mayoría que representaba a los bandos más antidemocráticos que ostentaban el poder? Ya no solo la legitimidad del actual sistema está en duda, también su carácter legal.

El sueño del “orden institucional” nos aferró a avalar una estructura de la que no hemos sido verdaderamente participes en ninguna de sus instancias, hoy hay que votar por alguien pero hay que votar, aunque el sistema este estructurado para convertir una mayoría en una minoría y evitar que gane un candidato idóneo ahogado por un colchón de candidatos que le anteceden y que representan de una forma u otra a los mismos intereses de los grupos de poder que han hecho de Guatemala su fiesta privada.El sistema de elección de Guatemala condena al subdesarrollo y reproduce las nefastas condiciones democráticasen los grupos humanos que marcaron y no marcaron una papeleta. ¿Qué nos hace pensar que los cambios que necesita el país pasan por la estructura electoral que apadrinan los grupos de poder que viven del lucro en detrimento de las necesidades de la sociedad y ganan cuotas de poder en la medida que colocan más candidatos a su servicio en el sistema electoral?

Actualmente existe una propuesta en el Congreso de la República que ya fue analizada y dictaminada por la Corte de Constitucionalidad, una propuesta errática que únicamente modifica el actual sistema de partidos de forma superficial. Por tanto, debe de ser rechazada, no se puede permitir que la oportunidad de reformar el sistema de partidos vuelva a caer en el círculo vicioso del clientelismo y la inexistente rendición de cuentas. Cualquier reforma será un fracaso sino tiene como bandera innegociable la eliminación del financiamiento privado. Ahora quieren participar en la mesa de negociaciones y en el diseño de las reformas los que por intransigencia y servilismo no establecieron mejores condiciones.

Hace doscientos años, Ramiro Enrique dictaba una frase que debe ser un principio universal de organización social y política: “Ninguna generación puede imponerle a otra la forma en cómo tiene que vivir”. Callamos por años, pero el silencio no nos quitó la capacidad de hablar. Hoy en las calles hablamos, gritamos y saltamos. Y en nuestros espacios de difusión analizamos y proponemos los cambios necesarios. La coyuntura está servida, depende de nosotros no acobardarnos ante la incertidumbre de lo que vendrá.

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About Author

Luis Guillermo Velásquez

Latinoamericano y estudiante de Ciencia Política. Concibo en la política desde su enfoque científico y filosófico, los pilares del estudio de la problemática nacional desde una perspectiva histórica y coyuntural.

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