¿Acaso el miedo lo excita, señor?

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Por un par de años me fue imposible verme en el espejo, ver una fotografía en dónde salía, me sentía sucia. Sucia, entre muchas otras cosas: era un profundo sentimiento de vergüenza propia, de culpa, de humillación acumulada. Es lo que se siente después de los encuentros poco afortunados, en donde te ves vulnerada como mujer y donde el otro se atribuye la autoridad para dominar algo que habita en la profundidad de lo que somos.

De vez en cuando, al salir a las calles, sobre todo en el verano que se vive en esta ciudad, he vuelto a sentir esa sensación. Reformulo la oración: hombres desconocidos, ajenos completamente a mi vida, me han hecho sentir así. Como ese chavito flaco y chaparro que me dijo en la zona 9 que estaba “chimable”, o los dos amigos que en la sexta avenida de la zona 1 que me comenzaron a gritar groserías mientras se me acercaban sin quitarme los ojos de los pechos y a los que –siguiendo el consejo de una columnista de esta misma revista- encaré hasta que recibí su burla.

Pero al final, aún si son hombres que no volveremos a ver, siempre tienen ese poder de plantar la culpa y la vergüenza. La culpabilidad, como lo dice Pilar, te hace callar porque no es fácil aceptar un error y menos un error que no se comprende el porqué de él, más allá de los prejuicios repetidos una y otra vez: la mujer debe ser pudorosa, si sos provocativa entonces qué esperás, la mujer no debe ir sola, es tu culpa, es tu culpa y si no, nos pasa a todas, ni la primera ni la última. Ves a un hombre masturbándose mientras te ve: normal; te rozan los pechos en el bus: fresca, eso pasa; te tiran una mirada lasciva: agradece, sentite deseada. La violencia, la falta de respeto, el miedo y la dominación como principio del halago. Bueno, o caminás más ligero, o ponés cara de enojada, o aprendés que sonreír es un gesto que puede costarte una mala pasada, ahí vos. Pajas, y es lamentablemente literal.

Todavía, entre Cristina y Pilar, no logramos descifrar más que intuitivamente y a partir de nuestra experiencia ,esa vergüenza y esa culpa. La logramos contextualizar en una sociedad de contradicciones: hipersexualidad publicitaria para los varones y de silencio sepulcral para las mujeres, sumado a una condena a los fuegos del infierno eterno por indagar del placer al intimar. Una sociedad en donde las religiones hablan del amor, pero no condenan todas las lógicas que van en contra de las mujeres. También es una sociedad que ha normalizado una dinámica donde el hombre se siente cómodo y poco cuestionado por el piropo amenazador, la mirada intimidante,  la metedera de mano abusiva o el vulgar “te arrimo el camarón”, y donde las mujeres decentes y sumisas agachamos la cabeza y apresuramos el paso y dependiendo a donde vamos nos ponemos vestido o pantalón.

Si una no se siente cómoda, si no se acepta que te toquen, si no se está segura, si una determinada situación provoca deseos de salir corriendo, si es en un espacio público tomado por un hombre tan arrogante e invencible para tocarse, si la mirada te humilla, eso es violencia (y no simbólica, me dirá Pilar). El miedo nunca es halagador y la violencia nunca conquista. ¿Quién, qué tipo de hombre encuentra en el miedo, la violencia y en la humillación, cierto placer? ¿Sienten ustedes placer con nuestro miedo?

Vencer el miedo y el silencio, juntas. Hoy celebro con mucha alegría y admiración el trabajo de cinco mujeres guatemaltecas – Pilar Girón, Lidia Guerra, Lu Reinoso, Desirée Cordón, Cristina Hernández- que han decidido ser parte de una red latinoamericana de observatorios contra el acoso callejero. Si bien esta es una iniciativa que ha nacido en Chile, varios otros países de la región se han sumado para visibilizar el acoso en las calles como una violencia sexual, que aunque no está tipificada aún en alguna ley, hace sufrir a muchas mujeres desde su más temprana edad, siendo a veces su primer contacto traumático con su concepción de la sexualidad, de la relación con el hombre, de lo que se puede aceptar en el pseudo-amor. Esa noticia del 6 de junio de este año, en donde tres mujeres que hacían deporte fueron perseguidas por hombres que gritaban que las violarían y que saltaron de un puente por miedo, es la historia de todas nosotras. Es la historia que motiva a estas mujeres a hacer algo, menos dejar de caminar con dignidad en las calles.

Gracias a todas ustedes, porque este es un paso importante para reconocer que el miedo y la violencia, la humillación y la vergüenza no son sentimientos que queremos sentir en las calles de nuestro país. ¡Larga vida! ¡Larga vida para celebrar muchos años más iniciativas como estas que dicen no a la violencia contra las mujeres cada 25 de noviembre!

Aquí la dirección del Observatorio Contra el Acoso Callejero: http://ocacgt.org/ y a los y las voluntarias que deseen trabajar en el proyecto, pueden enviar un mensaje a la página o al Facebook del Observatorio.

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

2 comentarios

  1. Gracias, Gaby, por la denuncia. Creo que a todas las mujeres se nos ha hecho sentir culpables de nuestro físico, cuando en realidad son agresiones a nuestra dignidad como seres humanos.

    Gracias de nuevo por no dejar que estas cosas sigan en el silencio.

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