“Ahorita te mando una foto de dónde estoy, mi amor”

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Acto seguido tomó la cámara del teléfono y se hizo un auto-retrato (perdonen si no uso la palabra fea que está de moda). Lo tomé como broma o una tontería cualquiera, la primera vez que escuché eso en el multi-restaurante que frecuentaba. Pero pasó otra vez y varias veces más. No voy a negar que al inicio me parecía una situación inofensiva, hasta el día en que –inevitablemente– escuché una acalorada conversación entre una joven y su pareja (supongo, pues el trato al principio fue cariñoso y romántico).

—Sí mi amor, estoy con unos compañeros del trabajo.

—Sí, aquí nos juntamos con aquea también y otros amigos de su trabajo.

—No mi amor ¿cómo vas a creer?

—En serio, te lo juro ¡cómo me decís esas cosas!

—¡Por supuesto que no! ¡No escuchás la bulla, pues!

— ¡Pues ahorita mismo te mando la foto para que dejés de estar jodiendo con eso!
Los espacios entre las líneas de conversación de la muchacha y la persona del otro lado del teléfono solo me los puedo imaginar y quizá hasta estaría pecando de mal pensado. Pero luego de eso y de ver que, efectivamente, la joven agarró su teléfono para tomarse la foto con su amiga y el resto de comensales –yo incluido, porque estaba en la mesa detrás del susodicho grupo– solo pude imaginar el tormento que debe ser para una persona tener que depender de los recursos tecnológicos para compensar la inseguridad, la falta de confianza y el respeto entre una persona y su pareja.

Traté de comprender en qué momento se comienzan a dar los síntomas de dichas relaciones enfermizas y cómo se dejan pasar con el tiempo y el desgaste que esto ocasiona entre las parejas. Lo que en un momento puede comenzar como un interés genuino en el bienestar de la otra persona, pronto puede convertirse en una conducta enfermiza de control. Es preciso encontrar esa línea que divide el amor de la obsesión.

“Es que él se preocupa por mí y por eso se enoja si no le respondo rápido…”

“Esperame un ratito, solo le escribo a aquea, que me hace relajo si no le digo con quién ando…”

“Mejor decile que andás en casa de tu hermana, para que no piense mal…”

Mensajes de texto, al Facebook, al WhatsApp, al Twitter y los siguientes veinte programas de mensajería instantánea o redes sociales que tenga a su disposición. Para “saber cómo está”, para saber con quiénes y en dónde. Para calmar un poco a esa bestia posesiva que lo domina cuando son las 8:00PM y no ve por dónde aparezca. Porque un simple “Estoy bien, pronto llego” no basta –claro, yo entiendo que vivimos en un país sumamente peligroso, pero ¿veinte llamadas en cinco minutos?–. Una foto, porque claro, qué es la palabra de una persona en estos días de repunte tecnológico, aprovechemos el plan de datos para controlar, digo, averiguar cómo se encuentra el ser querido, la amada esposa, el querido novio, la dulce doncella.

Pero qué exageración ¿Cómo comparar un simple enojo por una llamada o mensaje no respondido con una agresión? Solo es un enojo por dejar en visto el mensaje en WhatsApp, ya se le pasará; fue una discusión porque te etiquetaron en una foto en Facebook, no pasa nada; solo te jaló del brazo por darle “me gusta” a la foto de tu amigo, pero ya pasó; te dio una bofetada por apagar el celular y llegar tarde a la casa, pero le pediste perdón. Todo bien.

Luego la solución es culpar a las redes sociales, al teléfono o la bendita “señal”, siempre apartándose de la responsabilidad de asumir el respeto por la otra persona. Pero para eso está la tecnología, para verter sobre ella nuestras frustraciones y conductas cuestionables. “Es que para qué te compré teléfono, si no me contestás”. “¿Para qué diablos tenés Internet si nunca me escribís?”. “Si te di un teléfono moderno es para saber qué andás haciendo”. “Mandáme la foto de dónde estás y con quiénes”.

¿A esto es a lo que apuntamos? ¿Esto es el mundo moderno y el alcance tecnológico que esperábamos? Claro que tenemos un problema más serio debajo de toda esta maraña de malas costumbres, probablemente antes no había tanta inmediatez y recursos para controlar a una persona, pero los celos, la desconfianza, las relaciones enfermizas y la falta de respeto, siempre han existido, cambia la forma de manifestar nuestras deficiencias como seres humanos. Es bueno siempre plantearse ese límite entre amar a una persona y poseerla, o mucho peor, obsesionarse.

Fotografía tomada de: https://www.flickr.com/photos/janitors/

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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