Amenazas pandilleras y temores sociales

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El 22 de febrero los medios de comunicación reportaron el traslado de 164 reclusos a la granja Canadá (Escuintla), incluyendo a los miembros de la llamada “Rueda”, es decir, la dirigencia de la pandilla Barrio 18. La razón aducida por las autoridades es la de retomar el control de las cárceles.

La respuesta fue la amenaza emitida por el “Smurf” (Rudy Franciso Alfaro), uno de los trasladados en un audio en el que se escucha: “No se aprovechen. ¿Saben por qué? El día de mañana vamos a tener el control otra vez”.

La noticia y la amenaza fueron mostrados por diversos medios y circuló profusamente por las redes sociales.

La primera reacción de muchas personas fue la de sentir miedo por la amenaza proferida (que iba dirigida a la dirección del Sistema Penitenciario) y por la mera visión del rostro de los pandilleros, profusamente tatuados y que contemplaban las cámaras de forma desafiante.

¿Cómo se puede entender esta reacción?

Hay que considerar que este traslado y la ulterior amenaza se producen en un contexto sociopolítico particular.

Las aguas políticas todavía se mantienen agitadas (desde la crisis de 2015). Diversos hechos lo muestran: capturas como las de la magistrada Blanca Stalling, afirmaciones de Jimmy Morales respecto a “rumores fundamentados” de golpe de Estado (que no fue confirmada por ningún funcionario), polarización por la discusión de las reformas políticas, especialmente en torno al tema del pluralismo jurídico, el reciente retiro del ejército en las funciones de seguridad ciudadana, etc.

¿Por qué es importante esto? Porque una situación de confusión política puede ser aprovechada de distinta manera por distintos actores y generar acciones violentas que distraigan la atención, generen miedo, etc.

Además, la seguridad sigue siendo una preocupación del ciudadano medio. Si bien las cifras absolutas y las tasas de homicidios mantienen una tendencia a la reducción desde 2009 (un descenso de más del 25%, según cifras de la PNC), los hechos de violencia todavía se mantienen en cifras muy elevadas. Homicidios, extorsiones, robos, etc., continúan siendo parte de la cotidianidad en ciertos sectores, que resultan amplificados a través de los medios de comunicación.

Recientes hechos como asesinatos de pilotos de buses y de taxistas disparan las alarmas (incluyendo el asesinato de un policía por las que se acusa a Eli Nehemías Sicay Villeda, alias “La muerte” y supuesto pandillero). Rumores en redes sociales sobre posible secuestro de niños y niñas en edad escolar terminan de complementar el panorama inmediato.

Además, la Mara Salvatrucha y la pandilla Barrio 18 continúan teniendo fuerte presencia en determinadas zonas urbano marginales de municipios de Guatemala (o Escuintla, por ejemplo) y son responsables de diversos delitos, incluyendo el manejo de extorsiones en esos lugares.

Como lo han demostrado en otras ocasiones, tienen la capacidad operativa de realizar ataques armados contra pandilleros rivales o contra elementos de las fuerzas de seguridad (PNC, Sistema Penitenciario), por lo que la amenaza que emiten es creíble. De hecho, la lógica de la amenaza es esa: generar miedo, modificar la acción de la persona objeto de la amenaza y conseguir el objetivo por el cual se amenaza. Para ser creíble debe ser emitida por un actor al que se le atribuya el potencial de ejecutar lo que está diciendo.

Evidentemente este es el caso que se está analizando.

Pero además, si se conversa con distintas personas se puede apreciar que no solo es la amenaza emitida la que provoca miedo (y que, como debe insistirse, está dirigida a la dirección del Sistema Penitenciario, no a la población general).

La visión de los pandilleros en el traslado es suficiente para que muchas personas tengan miedo. Aquí no funciona la simple lógica.[1]

El miedo que genera se puede explicar, en buena medida, debido a la historia (compleja) del desarrollo de las pandillas en la región. Muchos factores han contribuido a su génesis y desarrollo:

  • Factores estructurales como la pobreza, desempleo, precariedad urbana.
  • Las rutas de la migración internacional (de Centroamérica a Estados Unidos durante la guerra fría y de Estados Unidos a Centroamérica en la postguerra)
  • Inadecuadas respuestas de las autoridades como las famosas y contraproducentes “mano dura” y “súper mano dura” que, entre otras cosas, produjo la carcelización indiscriminada que los compactó y les permitió organizarse mejor, etc.

A esto hay que añadir la evolución interna de las pandillas a partir de su rivalidad, su estructuración a partir de la violencia y la importancia que adquirió la extorsión y que les hizo más peligrosas. En suma, una serie de factores que contribuyen a explicar la violencia como medio de relación dentro y fuera de la pandilla y que se dirige contra los enemigos (pandilla rival, fuerzas de seguridad) y el resto de la sociedad.

De hecho, como lo señalaba en alguna ocasión el psicólogo social salvadoreño Mauricio Gaborit, los tatuajes como marcas de identidad de la pandilla se pueden entender como a) una decisión de permanecer en la pandilla de forma permanente (frente al clima “líquido”), y b) como una forma de desafío a la sociedad al enseñarle su “fealdad” (comunicación personal).

Parte del miedo se debe a la estigmatización y los estereotipos que se han construido respecto a las pandillas, lo que hace que se tenga una imagen del “otro peligroso” que condensa los miedos y temores ciudadanos frente a la delincuencia, así como justifica cualquier medida contra esta amenaza.[2]

El miedo frente a la visión de los pandilleros y las amenazas que dirigen frente a otros, debe comprenderse dentro de este contexto. Las respuestas también deben tomarlo en cuenta.

El necesario retomar el control de las cárceles debe ser acompañado por muchas otras acciones, incluyendo una desestructuración de los estigmas y estereotipos respecto a los pandilleros.

Esto para hacer más vivible la sociedad en la que nos encontramos.

[1] Se vea o no a los pandilleros, estos existen y actúan continuamente en los territorios en los que ejercen control.

[2] Incluyendo la mal llamada “limpieza social”.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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