Ana asesinas en la ruta

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En un trayecto de aproximadamente 140 kilómetros de recorrido, hubo por lo menos diez momentos de grave riesgo. A toda velocidad, con carga humana, decenas de buses literalmente se venían encima del pequeño automóvil. Todos los buses ostentaban nombres que los identificaban con su empresa.

Uno en particular llamó la atención de los viajeros. En los costados, así como en la parte de atrás del vehículo se leía con letras decoradas el nombre Ana Cecilia. Sin embargo, no fue difícil para los pasajeros del carro encontrarle un nombre asociado a la actitud de su conductor. Así, de Ana Cecilia pasó a llamare Ana Asesina, como forma de explicar el peligro que representaba para quienes se cruzaban en su camino.

Menos de una semana después de esa experiencia, las notas de prensa dan cuenta de tres accidentes graves en las carreteras. Los tres, protagonizados por vehículos de transporte de pasajeros en las rutas extraurbanas. En los tres hay reporte de personas fallecidas. El del bus de las rutas Tacaná, que cubre la ruta a San Marcos, es el más grave por la cantidad de vidas truncadas. Hace apenas un mes, otra vida valiosa también era cegada por la imprudencia de un conductor de bus extraurbano irresponsable.

De manera que, no se trata de un incidente aislado. Más bien tenemos ante nuestros ojos la constatación de una realidad que se ha dicho en varios espacios pero a la cual no se le ha puesto la atención necesaria. El transporte de personas, tanto en zonas urbanas como extraurbanas, lejos de ser realizado con los más altos índices de profesionalismo y condiciones de servicio, se presta de la peor manera.

El transporte  de personas no es prestado como un  servicio público sino como un negocio particular. Y ahí, en ese criterio mezquino de sacar la mayor raja posible, el empresario pone para el “bisne”, vehículos en mal estado o sin servicio adecuado. Los interiores se lucen por asientos que parecen piedras y que se acomodan para tener más gente sentada. Aunque está prohibido, en carretera transportan personas de pie o acomodadas en bancos de plástico sin soporte alguno. Los buses no tienen los frenos en condiciones, mucho menos las llantas, a las cuales muchas veces, como dicen los patojos, “se les mira el aire”.

Ni qué decir de los conductores. En la mayoría de los casos se trata de personas jóvenes o sin experiencia de manejo de vehículos de transporte de personas. O si son mayores, han acumulado años de experiencia de manejo a la brava, sin la mínima formación en el concepto del servicio que deben prestar.

Se supone que no pueden vender sus servicios si no poseen un seguro colectivo que cubra al público usuario ante las contingencias. Sin embargo, resulta que, al menos en el caso más reciente, la compañía aseguradora se niega a cubrir gastos médicos porque eso no está contemplado en la póliza. Y no lo está porque, a quienes redactaron la norma se les ocurrió que las personas o morían o quedaban mutiladas y eso es lo que se cubre. No consideraron los gastos en que incurre quien queda con lesiones.

Y no se les ocurrió porque simplemente no pensaron en función de las personas. Es como si el Estado pese a plantear normas y a estar obligado a vigilar estos servicios, simplemente se hiciera de la vista gorda o no existiera. A tal grado que subirse a un vehículo de transporte público extraurbano es jugar a la ruleta rusa. O el bus está en mal estado y se queda en la ruta, o se embarranca y mata a quienes le han confiado su vida al piloto irresponsable. También puede ser,  como en otros casos, que se lancen contra los pequeños autos como si fueran máquinas demoledoras.

La Dirección General de Transportes, que brilla por su ausencia, es directamente responsable por la pérdida de vidas humanas, por las lesiones de las personas lastimadas, por las pérdidas en tiempo e ingresos. Pero sobre todo, es responsable de que las Ana Asesinas se tomen las carreteras y ceguen valiosas vidas humanas.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

1 comentario

  1. La verdadera razón de estos asesinatos, llamarlos accidentes no es la realidad, es la avaricia. Los dueños de los buses no pagan salario fijo, sino que exigen cierta cantidad de pasajes y el resto es para el piloto y el brocha. Esto los obliga a ir demasiado rápido, sobrecargar las unidades y pelear por el pasaje. Pero la responsabilidad no es solo de los dueños. Estos saben que si no ponen un mínimo los choferes les van a robar de todas formas.
    Pero finalmente la mayor responsabilidad es de las autoridades que permiten las graves infracciones diarias por los arrebujados billetes de quetzal que les tiran los brochas al pasar y que se agachan a recoger. Por eso les llaman las gallinitas. Pasan los gobiernos y todo sigue igual, hasta se votó la ley para obligarlos a llevar tacografo, hace mas de 4 años y no se ha implementado, también por la corrupción.

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