Anécdotas escolares – 1– El podrido

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Un apodo bien puesto puede marcar para toda la vida a la persona que lo recibe. Como aquel que tenía una pierna más larga que otra y al caminar “se hacía grandote y se hacía chiquito”, entonces le pusieron “chorrito”, como en la canción de “Cri Cri”. Algunos sobrenombres son crueles, como el que le clavamos a Nicolás: “podrido”.

Sucedió cuando estaba en segundo básico y estudiaba en el Instituto Nacional Central para Varones. Nicolás –a quien en realidad llamábamos por su apellido, que no mencionaré aquí por razones obvias, como dicen en las películas, para proteger la identidad de los protagonistas– era un patojo que se las llevaba de grueso, se la pasaba alardeando con que podía taleguiar a cualquiera y además decía que era un gran cogelón, el típico güiro machista que inventa historias en las que él es protagonista; así éramos casi todos, arrastrando taras y prejuicios.

De patojo uno se la pasa escuchando historias de cómo fue que se perdió la virginidad. Nicolás contaba que él era un adelantado porque desde hacía tiempo que ya había ido donde las putas.

No sé cómo fue que surgió el reto, pero resultó que todos decían que Nicolás aseguraba que se había “ocupado” con “las estrellas de la línea”, en aquel tiempo todavía no eran conocidas así, y entonces el reto consistía en que tenía que demostrar que era cierto. La única forma de probarlo era acompañándolo a “la línea” y ver cuando entrara. Él aceptó de buena gana, solo pidió que entre todos le ajustáramos para pagar. Así lo hicimos, en cuanto juntamos los Q3 nos dirigimos todos los cuates de la pandilla hacia la vía férrea.

Fue una mañana soleada. La caminata desde la novena avenida hacia “la línea” se hizo eterna. A excepción de Nicolás, ninguno había ido antes ahí. Cuando por fin llegamos, empezamos a caminar sobre la vía del tren, que era flanqueada por una fila de pequeños cuartos, en cada uno, sentada en la puerta, había una mujer que esperaba la llegada de algún cliente.

Cuando se decidió, Nicolás nos pidió los tres quetzales, se acercó a la puerta, cruzó unas cuantas palabras con la mujer y entró al cuarto. La puerta se cerró. Tres minutos después, quizá unos segundos más o unos segundos menos –nunca nos pusimos de acuerdo en el tiempo, pero lo cuadramos en tres minutos– salió el patojo, con gesto de “ya ven, les demostré que soy más macho que ustedes”. Detrás de aquel salió la prostituta con un guacal lleno de agua, se nos quedó viendo y dijo: “¿Alguien más va a entrar?” Respondimos que no. “A la mierda pues patojos cerotes”, gritó, al tiempo que lanzó el agua del guacal para espantarnos.

Nunca le pedimos detalles de qué hizo o cómo lo hizo, pero desde entonces le hacíamos bromas de todo tipo. Nicolás entró con prostituta sin utilizar ningún tipo de protección, por eso todos decíamos que desde ese día se había contagiado de alguna enfermedad de transmisión sexual y fue así que le clavamos el apodo de “podrido”. Nunca le gustó que se lo dijéramos, mentó madres al por mayor y ofreció taleguiar a todos, pero fue por demás. Incluso una vez casi lo hicimos llorar; bueno, varias veces, porque en clase solíamos separarnos de él y decir que lo estábamos aislando, porque estaba podrido. Un día hasta lo dejamos encerrado y pusimos en la puerta del salón un rótulo que decía: Cerrado por cuarentena.

Ojalá que Nicolás haya tenido una buena vida, después de salir del Central nunca más supe de él. De patojo, y en grupo, se puede llegar a ser bastante cruel.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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