Anécdotas escolares –2– El pollo

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Quizá soy malagradecido, pero no recuerdo a ningún maestro que me haya enseñado algo que considere una lección de vida; sin embargo, anécdotas graciosas protagonizadas por docentes si quedaron algunas.

Las clases con don Osmundito eran aburridas, era un doñito cascarrabias que daba Artes Industriales y Ciencias Naturales, a veces una clase detrás de otra, en bloques de hasta tres períodos consecutivos. Le decíamos “pollo”, porque tenía cara de pollo, y en cuanto entraba al salón todos empezábamos, en coro, a decir: pío pío pío pío. El viejito se enojaba y lanzaba miradas amenazantes y decía: “Jovencitos, vamos a empezar la clase”.

Estudié tres años en el Instituto Nacional Central para Varones, en la época en la que todavía asistían más de mil estudiantes en la jornada matutina; ni cabíamos en las clases, algunos hasta tenían que quedarse parados.

El ambiente en las aulas era hostil, había alumnos que llegaban solo a fregar la pita y así se la pasaban. El “pollo” era uno de los catedráticos que más tenían que aguantar la chingadera. Se las llevaba de enojado y estricto, pero nadie le hacía caso, aunque se desquitaba en los exámenes, que no era fácil ganarlos.

Para evitar que la situación se saliera de control, Don Osmundito se acercaba a quien estuviera molestando y decía como susurrando, mientras le jalaba las patillas: “Jovencito, ponga atención o a la próxima lo saco de la clase”. Su técnica para infringir dolor era depurada, incluía el mencionado jalón de patillas, coscorrones y, su especialidad, pegar con el añillo de graduación en el hueso que sobresale en el hombro; así intentaba poner orden, pero no funcionaba, hasta era un reto chingar al doncito.

Fueron pocos los que se salvaron de recibir la furia de don Osmundito. Recuerdo que en 1982, durante el desarrollo del mundial de España, era común llevar un pequeño radio  con audífonos para escuchar los partidos. No eran pocos los que llevábamos radio y cuando había gol todos gritábamos, la clase se volvía un desorden y el “pollo” se ponía a repartir jalones de pelo, coshcos y golpes con el anillo. En una de esas me tocó a mí. Lo primero fue un coscorrón y una advertencia; como seguí escuchando el partido, la siguiente vez no se tentó el alma y dialtiro me dio con el anillo en el hombro, luego me jaló de las patillas y me sacó de la clase: “Vaya a oír su partido a otro lado”, dijo. Ese día tocaban tres períodos seguidos y apenas iba el primero. En realidad no pasaba nada si lo sacaban a uno de la clase, al rato se pedía copia de lo visto y asunto arreglado. Cuando sonó el timbre para el cambio de período regresé a la clase. El “pollo” no quería dejarme entrar, pero le dije: usted me sacó de Artes Industriales y ahorita empieza Ciencias Naturales, y ya no puso objeción, aunque tuve que guardar el radio.

Había días en los que la chingadera era más turbia, como cuando le escondíamos el maletín. Al darse cuenta de que su “ataché” había desaparecido, se ponía a buscarlo y a preguntar en dónde estaba; entonces, en un descuido, el maletín pasaba volando por los aires y don Osmundito corría a tratar de recuperarlo, pero al estar a punto de alcanzarlo alguien más lo lanzaba hacia otro lado, y así seguía la cosa hasta el cansancio. En el salón se hacía el bullicio y las carreras del “pollo” iban acompañadas por insultos de todo tipo, ahí nos dábamos gusto. Creo que a él le gustaba aquella dinámica, porque no era que solo persiguiera el maletín, en el interin iba repartiendo golpes con el anillo y jalones de pelo.

El “pollo” no era el único maestro que tenía que lidiar con aquella bola de patanes, eran pocos los catedráticos que se salvaban, unos más que otros, pero todos recibían su dosis diaria de chingadera.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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