Antes al “bullying” le llamábamos chingadera

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No matamos a nadie, pero poco faltó, aunque nunca fue esa la intención, todo era pura chingadera, pura gana de divertirse a costillas de otros, no necesariamente del más débil, era del que se pusiera al tiro en determinado momento, cualquiera podía ser el blanco de las patanerías del grupo.

No se ha esclarecido en qué circunstancias murió el alumno del Liceo Javier, pero lo primero que se viene a la mente es porque alguien, así chingandito, pudo haberlo empujado y la broma terminó en tragedia. Es la teoría que se le ocurre a muchos.

Siempre estudié en establecimientos públicos para varones y convivir con esa marita era un curso de sobrevivencia. Yo era chiquito y flaquito, pero como no era chingón, pocas veces me tocó ser el blanco de las burlas. Mi mecanismo de defensa era el sarcasmo y la ironía, pues tampoco decía malas palabras, porque era pecado; además era un cerebrito y eventualmente me pedían copia en los exámenes, eso lo protege a uno. Lo cierto es que cuando la fregadera era en bola nadie se excluía; bueno, sí había uno que otro, el hijo de un catedrático y sus dos o tres cuates.

Es difícil que haya disposición a decir la verdad cuando de un accidente que termina en lesión se trata, mucho menos cuando el resultado es la muerte. Si la dirección del Liceo Javier hubiera tomado la iniciativa en el esclarecimiento del hecho, quizá se hubieran ahorrado muchas molestias, pero está claro que no tenían un efectivo plan para el manejo de tal crisis y metieron la pata. Reaccionaron tarde y eso da lugar a sospechas.

Me acuerdo de varias formas de chingar al prójimo, como cuando alguien estaba parado, en la típica posición en la que se tiene un pie en la pared y el otro en el piso, entonces en un descuido llegaba algún compañerito y jalaba el pie de apoyo, con lo que se lograba que el fulano se diera un golpe en la cabeza y que se cayera; o cuando alguien iba caminando y atrás de él otro corría y se elevaba para con el trasero pegarle en la espalda, casi siempre los dos terminaban en el piso, aunque a veces sucedía que el que iba caminando se ponía listo y se agachaba, entonces el otro pasaba de largo y caía de bruces, era tremendo platanazo. Esas y otras prácticas violentas eran comunes, y en alguna oportunidad dieron como resultado extremidades quebradas, narices sangrantes o cortes en la cabeza.

Circularon versiones que contaban que el niño del Liceo Javier era víctima de bullying. También se quiso sembrar en la opinión pública que pudo haber sido suicidio. Antes de promover la investigación para obtener la versión oficial, se filtraron a las redes sociales distintas versiones, incluyendo aquellas que descalificaban lo que el padre dijo; es decir, se cayó en la arraigada práctica de culpar a la víctima.

La chingadera de mis tiempos también incluía discriminación, en varios sentidos. Había un compañero que siempre llegaba bien vestido, con ropa y zapatos caros; el tipo era pedante y se exhibía ante los demás –la mayoría viviendo en el filo de la línea de pobreza–, le decíamos “crazy”. El caso es que no pocas veces al “crazy” le hicimos encerronas en la clase y le tirábamos objetos, él usaba la “cátedra” de barricada y desde ahí respondía los ataques; la guerra era de todos contra el “crazy”, era algo tremendamente violento, porque se le tiraba cualquier cosa, incluyendo mochilas y piedras. Otro caso menos violento, pero igual o peor de traumático era el del “podrido”, así le decíamos de cariño. El “podrido” era malhablado y brincón, también presumía de que era el único machito que se atrevía a ir a ocuparse con las patojas de “la línea”, de ahí el apodo. Una vez lo pusimos en aislamiento –claro, porque estaba podrido– ; nos salimos todos del salón y lo dejamos encerrado, afuera pusimos un rótulo que decía: Cerrado por cuarentena. El “podrido” mentó madres y forcejeó, pero no pudo impedir que entre todos lo encerráramos. Con el tiempo se le pasó el mosh y siguió siendo cuate, hasta nos invitó a comer a su casa cuando salimos de tercero básico.

A estas alturas ya detuvieron y acusaron al maestro que estaba encargado de las clases de natación del Liceo Javier en el horario del trágico suceso. Nada devolverá ni compensará la vida del niño; pero es necesario que la investigación del Ministerio Público esclarezca el hecho sin dejar lugar a dudas. En principio es válido pensar que hay responsabilidad del maestro y del establecimiento. Una vida humana se perdió por la negligencia de alguien.

El problema de fondo es que, como en mis tiempos, en los establecimientos educativos la chingadera o bullying, son conductas normales. Le pregunté a un ex alumno del Liceo Javier que cuántas veces había visto que tiraran a alguien a la piscina y respondió que infinidad de veces. Parece que en muchos establecimientos, sean públicos o privados, no existen políticas de prevención, y la tragedia del Liceo Javier puede repetirse en cualquier lado.

Nada justifica la muerte de un alumno en el establecimiento al que se supone que va educarse para la vida. Deben deducirse las responsabilidades que el caso amerita.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

2 comentarios

  1. Ileana González on

    Yo también pensé en eso, que la muerte de este muchacho del Liceo Javier, se debió a una jugarreta fatal que hicieron los mismos alumnos. Yo fui nadadora en mi adolescencia, y estuve continuamente en piscinas. Cuando terminaba la clase de natación, ya nadie quería hacer más trabajo, y todas salíamos al mismo tiempo nadie se quedaba.
    Me imagino que cuando los alumnos del Javier ya estaban en los vestidores, por lo menos dos o tres compañeros habrían atacado al pobre muchacho arrastrándolo hasta la piscina. Ojalá esté equivocada. Por favor informe. Gracias Fernando Ramos.

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