Aquellas revoluciones de las que dudamos tanto

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Los libros que no se rechaza su lectura son los libros que te prestan o te regalan. Siempre lo he pensado, entre dos lectores que leen el mismo libro hay una inmensidad por hablar, hasta una complicidad nunca dicha, es como saber algo que yo sé que tú leíste, que viviste probablemente de una manera muy parecida. Llega a la gratitud, como debe ser.

Un amigo muy querido me ha prestado, hace algunos meses, un libro que me ha cautivado. Es cierto, lo vi,y me pregunté cuándo iba a terminarlo (son casi 800 páginas), pero el “cuándo” se ha diluido en el pasar de las horas que me he disfrutado leerlo, en el ir y venir de tres narradores diferentes –uno en primera persona, Iván, que es un cubano de la generación de la Revolución, y dos externos, uno habla de León Trotski y otro de su asesino Ramón Mercader o Jacques Monard, o Jacson, o el compañero López–, se ha esfumado el tiempo en las noches del reencuentro entre el libro y yo.

“El hombre que amaba los perros”, escrito por el cubano Leonardo Padurra hace solo cinco años, es una novela inteligentemente narrada. En varios momentos del libro llega a ser una certera crítica a las revoluciones socialistas del siglo pasado. La Revolución Rusa de 1917 fue una Revolución que cambió el mundo y el destino de la historia. Por muchos años se convirtió en aliada, en abastecedora de ideología y de recursos para la guerra, se convirtió para muchos en camino a seguir. Yo me imagino, gracias a Padura, a Trotski exiliado en tantos lugares, hasta llegar a México, pensando en si la Revolución era menester imponerla aun en contra del pueblo, a quien le debía la razón de ser. Lo veo en 1920 dar la orden de aplastar la rebelión de los marinos de Kronstadt, que estaban en contra de lo que se había convertido el Gobierno socialista. Para 1940 ya Stalin se había salido del guacal y poco quedaba de los ideales que comprometieron a muchos para comenzar una revolución. Seguro la congoja de Trotski no era poca.

He dado vueltas a esta idea. Los cambios deben venir de quién, me pregunto. Tanto la Revolución Rusa, como la que se inició en Cuba en 1959, fueron revoluciones militares que impusieron una manera de pensar. No puedo dejar de pensar en si toda la población la apoyaba, o si la mera palabra “transformación” seducía tanto, que se creyó con todo el corazón. Leo a Iván, el tercer personaje y narrador del libro, y leo a alguien desencantado de una revolución que no le permitía escribir más que de la Revolución, y todo lo demás estaba en contra de los valores que ella promulgaba. Nada se sabía de Trotski, quién hizo una revolución porque no era la revolución en la que ellos creían, y se convirtió en un revisionista, en un renegado. Son esas las revoluciones de las que dudamos tantos, y creo que para hacer revoluciones hay que tener mucha creatividad, hoy más que nunca.

Pienso desde Guatemala. Me pregunto cómo fue la Revolución de Octubre, y creo que no hay una versión única de ella. Dejando de un lado las posturas conservadoras de la élite guatemalteca que nunca reconocerá en esa primavera una revolución de país y de Estado, tampoco hay un acuerdo sobre si la revolución de octubre fue de todos, o si solo fue urbana. En 1954 pasa lo mismo, ¿quién con la Revolución? Se habla de traiciones, de no defender una revolución… Lo pienso para el presente, porque si pensara en que una revolución debe hacerse en este país, pensaría en que ha comenzado desde hace muchos años atrás, tal vez la resistencia tiene también un poco de revolución constante y silenciosa. ¿Quién con esta resistencia?

No me gustaría pensar que como país nos puede pasar lo de Trotski, cuando sintamos que este país nos pertenece cada vez menos, y decir que no fuimos atentos a las demandas de cambios y de resistencias que se hacen desde quienes tienen toda la legitimidad de hacerlo, y con quienes deberíamos estar codo a codo.

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

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