#AyudaAElCambray pero de lejitos

2

Dos semanas han pasado después de la tragedia ocurrida en la Aldea El Cambray 2, en Santa Catarina Pinula. Varias familias damnificadas entran en el difícil proceso de reiniciar con sus vidas y sus actividades, algunos con el pesar de haber perdido a uno o varios familiares. Otros con la incertidumbre de no saber en dónde podrán continuar sus vidas. Empezar de cero.

Miles de personas se dieron a la tarea de brindar apoyo en las distintas actividades, en beneficio de las familias damnificadas. Desde la donación de alimentos, ropa y medicina, pasando por el voluntariado y, desde luego, el incansable trabajo de los cuerpos de socorro.

De nuevo fuimos algo más que vecinos y co-habitantes, hubo la sensación de realmente estar hermanados a través de la tragedia. Y seguramente así fue, para muchos de los que brindaron su apoyo incondicional.

Sin embargo, la condescendencia duró apenas lo que tardó en conocerse la noticia, de que se pensaba hacer uso de una finca en manos del Estado, en el municipio de San José Pinula. O al menos así fue para un grupo de vecinos del lugar, quienes en una suerte de “preocupación” vieron amenazada su “calidad de vida”, como dio a conocer una nota publicada en el Diario La Hora.

Más tarde se dio a conocer, a través de redes sociales, un comunicado de uno de los condominios cercanos al área pretendida por el Gobierno para instalar a las familias de El Cambray, solicitando a sus vecinos, enviar cartas a la Municipalidad de dicho lugar para impedir que el proyecto se lleve a cabo.

Y vuelven a saltar las diferencias. Y vuelven a surgir los miedos irracionales. Vuelve a relucir la razón por la que miles de personas parecen vivir físicamente en este país, pero con la mente puesta en un lugar muy distinto. Una especie de burbuja en donde, al parecer, existen ciudadanos de primera, de segunda y de tercera. Solapando su desprecio con argumentos de dudoso humanismo, sienten amenazado su espacio vital y “calidad de vida”. Salieron ecologistas, salieron preocupados por la movilidad, les tocaron su sagrado “tráfico”.

Al margen de las consideraciones de carácter técnico –que, dicho sea de paso, han sido analizadas, según el Gobierno– sorprende ese repentino cambio de mentalidad del “guatemalteco bueno”; aquel que está dispuesto a ayudar –siempre y cuando sea de lejitos–; aquel que es capaz de sentir el dolor ajeno –siempre y cuando no le represente renunciar a sus privilegios–; de entender la situación de precariedad en la que quedaron estas familias –sí y solo sí, no pretenden amenazar su preciada calidad de vida–. Es de suponer que hay un tipo de valor más alto que hace preferir compartir vecindad con algún delincuente, defraudador o violador, siempre y cuando pueda acceder a los espacios reservados para algunos, sufragando el costo que representa “ser de los mismos y no de los otros”.

Es importante analizar, incluso, nuestras propias motivaciones. Es posible que exista una especie de alivio de la consciencia, cuando se pretende a través de la caridad, sustituir valores supremos como la solidaridad o un sentido práctico de humanismo. Porque ¿Quién quiere ser considerado un desalmado, incapaz de conmoverse por la desgracia ajena? ¿Quién pretende quedar retratado como una persona egoísta, cuando la limpieza de la consciencia está apenas al alcance del bolsillo? Pero cuidado, que para todo hay límites. Y es probable que nosotros aún no hayamos encontrado el nuestro.

¿Es posible re-encontrar ese punto en donde podemos ser uno sin temor a renunciar a nuestros privilegios? ¿Es posible vernos a los ojos sin el miedo irracional de sabernos “gente distinta”? Si un dejo de esperanza hay en habernos visto juntos en La Plaza, en un centro de acopio o en un albergue ¿Por qué ha de ser distinto hacerlo en una colonia, condominio, municipio o aldea? Que los prejuicios y esa falsa caridad que mueve a algunos no nos lleven a ser una sociedad sensible de dientes para afuera. Que seamos capaces de encontrarnos en el otro, al margen de las clases, los espacios y las plusvalías.

Intentemos encontrarnos con nosotros.

Share.

About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

2 comentarios

  1. Que bofetada es este texto para el ego y las caridades motivadas por presión social más que por motivación propia…

    Parece que hay gente que vive aquí pero muy lejos…esa fue mi parte favorita. Me recuerda a un texto publicado en el salmon que hablaba de las otras Guatemalas, esas donde sólo hay cabida para ciertos círculos

    • Wiliam

      Gracias por tu comentario, Kiki. No cabe duda que hay una necesidad profunda de reconocimiento social, puntos de encuentro que finalmente nos enseñen a ser una sociedad civilizada. Saludos.

Leave A Reply