Barriletes

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El campo de Marte era un extenso potrero en el que nos juntábamos a jugar fútbol todas las tardes, sin importar qué día de la semana fuera. Las canchas eran de tierra y tenían un poco de monte crecido en las orillas, por donde casi no se corría al jugar.

Tenía aspecto feo, no como el de ahora, pero no había mallas alrededor y era el único espacio libre que existía en la zona 5.
Durante la temporada de lluvia los campos se convertían en lodazales, pero ahí seguíamos jugando pelota. Finalizados los aguaceros el viento de octubre y noviembre abría paso a los cielos azules y a la llegada de los barriletes.

El desarrollo de la tecnología ha permitido el acceso a mundos que ni siquiera imaginamos cuando éramos patojos. Algo se mostraba en las películas futuristas, pero la llegada de Internet fue prevista por pocos y la web ha sido quizá la mayor revolución tecnológica que hayamos visto.

Quién sabe qué momentos evocarán en el futuro los nativos digitales, pero los que nacimos en la época previa a toda esta invasión tecnológica conservamos recuerdos de cuando hacíamos juguetes con nuestras manos.

Por aquellos años solo se tenía miedo al “ropavejero” o al “robachicos”, que raptaban a los niños para convertirlos en jabón; esos eran los mitos con que los padres trataban de asustar a sus hijos para que no anduvieran solos en las calles, pero nunca hacíamos caso y llegado noviembre la pandilla de güiros se iba a buscar “varitas de coyote” a los barrancos, para luego hacer barriletes.

En la ciudad existían pocos lugares que ofrecieran campo abierto –ahora los hay menos– para volar barriletes y la planicie del campo de Marte era ideal para elevarlos y pasar un buen rato.

Obtener las varitas era lo más sencillo, después había que conseguir hilo, papel de china y engrudo, el papel periódico para la cola del barrilete era lo de menos. Las varitas eran gratis en los barrancos, el hilo lo escamoteábamos de la caja de costura que había en casa, el engrudo se hacía con cualquier tipo de harina; el verdadero problema era el papel de china, porque había que comprarlo y no siempre los papás tenían dinero. Ahí se terminaba muchas veces el sueño de volar un barrilete. Se intentaba hacerlo de papel periódico, pero eso no funcionaba.

Nunca fui hábil con las manualidades, pero con algo de esfuerzo lograba construir un barrilete básico, de esos de forma hexagonal. En la cuadra había mara más pilas y ellos hacían coronas, faroles, aviones y otros de diversas formas. Sin importar el estilo, el chiste era elevar el barrilete lo más alto que se pudiera, mucho más que el de los cuates y ahí los de seis lados rara vez fallan.

La infancia de los nacidos antes de la era digital fue distinta, no solo los barriletes había que hacerlos con las propias manos, también los trompos, capiruchos, yoyos, y otros juguetes artesanales que los padres no podían comprar.

Quizá alguien ya haya inventado una aplicación que simule el vuelo del barrilete, quizá sea divertido verlo moverse en la pantalla de la tablet; hay que aceptar que las formas de entretenerse han cambiado; pero eso solo para los habitantes de las atestadas áreas urbanas, llenas de cables y obstáculos que no permiten acceder al cielo abierto.

A muchos la tecnología todavía no los ha absorbido; o no llega a sus comunidades, en las que ni agua ni electricidad hay, menos Internet;  otros todavía disfrutan del entretenimiento artesanal. Sea como sea, noviembre es un mes para disfrutar de los cielos azules.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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