¿Buscar el cielo y encontrar el infierno? Sobre El sueño de los Justos

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Los que nos prometen el paraíso en la tierra nunca trajeron más que infierno. K. Popper.

…quien no quiere el cielo en la tierra, produce el infierno. F. Hinkelammert.

El sueño de los justos es la tercera novela histórica de Francisco Pérez de Antón, premio nacional de literatura. Bien escrita y emocionante (la última representación teatral del personaje Néstor Espinoza se debe leer con prisa para saber el resultado), se sitúa principalmente en la vorágine de la llamada revolución liberal de 1871.

Ambientada en la ciudad de Guatemala, entre otras situaciones, recrea un viaje que lleva a los personajes a Estados Unidos y México por la compra y transporte de armas para la causa liberal. Al respecto, muestra la importancia de la técnica en la guerra, representada por los rifles Remington (que adornan el escudo de armas del país como símbolo de la victoria contra los conservadores), frente a las anticuadas armas y la desorganización del régimen de Vicente Cerna.

Recrea un mundo de antagonismo ideológico, realiza explicaciones políticas sobre esa historia, describe peripecias y batallas en las que participan los protagonistas y articula la historia a través del relato de un amor desdichado.

Contiene diversos recursos literarios. Por ejemplo, en la tercera parte el uso de capítulos más cortos que incluyen diálogos, panfletos, cartas, fragmentos de “El Liberal Progresista”, etc., tiene como efecto producir la sensación de celeridad como la que seguramente ocurría en aquellos días después del desplome del régimen conservador. Impresión que se acentúa por ser la parte más corta y con mayor presencia de distintas voces en la narración.

Al final del primer capítulo presenta de forma poética lo que será la visión general que transmite la novela: “Veníamos de la oscuridad, buscábamos la luz con ansia. ¿Cómo la luz pudo cegarnos tanto?”.

¿Qué es lo problemático con la visión que presenta la novela?

La novela se identifica con la perspectiva de un “liberal moderado”, que estaría representado en la figura de Miguel García Granados, criticando igualmente fuerte a los conservadores, encarnados en varios personajes incluyendo la figura de Huevosanto, Vicente de la Cerna (entre otras, dice de él que cuando forzaba la sonrisa era la viva imagen del estreñimiento), y a los liberales radicales, cuyo personaje principal es Justo Rufino Barrios.

La fábula de la Luciérnaga y el Sapo es una buena muestra de la posición que asume la novela respecto a sus personajes:

“De un charco en la cercanía/ una luciérnaga estaba/ que con su luz alumbraba/ lo que en su entorno había./ Incómodo, un sapo obsceno,/ de que viesen su figura/ sobre la pobre criatura/ derramó su cruel veneno./ Díjole ella suspirando:/ hermano, ¿qué te hecho yo?/ I él muy bravo, respondió:/ ¿i esa luz que estás echando?”.

Evidentemente, la fábula hace referencia a los protagonistas del drama político posterior al triunfo de los liberales: la luciérnaga es Miguel García Granados que “alumbra” y que por ello incomoda al sapo, que es Justo Rufino Barrios, atrabiliario tirano desde sus inicios.

En boca de Miguel García Granados se colocan las siguientes palabras hablando de “Rufino” (Justo Rufino Barrios):

“Él quiere una revolución, yo otra, y nadie puede gobernar amenazado a diario por las armas. Yo quería una revolución benigna, humanitaria, gradual. Aspiraba a construir un ejército moderno que sirviera a los intereses civiles… (y continúa)… Nunca perseguí otro propósito que servir a mi país y a los principios liberales que profeso. Seguiré en el poder el tiempo imprescindible para convocar elecciones, pero presentaré mi dimisión uno de estos días”.

Es claro que la novela ofrece una versión de lo sucedido en aquél tiempo. Pero centrándose en lo que se podría llamar la disputa “discursiva” de liberales y conservadoresy en aspectos tales como la “intolerancia política”, deja a un lado ciertos aspectos históricos muy importantes para entender lo que en efecto estaba ocurriendo…más allá del “famoseo”, es decir, de los relatos sobre los hombres “famosos” que hicieron –solitos ellos parece–, la historia.

Además, la lectura deja la sensación de una crítica general a cualquier intento de transformación revolucionaria que, necesariamente, acabará reproduciendo los vicios del régimen anterior. Dicha crítica está presente, por ejemplo, en la elección del sobrenombre de uno de los personajes más incendiarios y antipáticos (aunque sea tratado de forma distinta al finalizar la novela): Saint-Just, lo que emparenta la reforma liberal (en la novela se habla de la revolución liberal) con la revolución francesa, al menos en la violencia que necesariamente se desencadena. Y dado que la revolución francesa es símbolo de toda revolución, ya se ve por donde va la cosa.

Precisamente, el título de la novela contiene una ironía central: el sueño de los justos, representado por el protagonista Néstor Espinoza, se trastoca en su reverso y produce una tiranía igualmente perversa y arbitraria a la que se tenía con el régimen conservador. Precisamente uno de los balances que realiza dicho personaje es el siguiente: “Fui víctima de un amor engañoso, de una amistad desleal y de una revolución fallida, ¿qué tal?”.

Cercano a finalizar la novela, Pérez de Antón incluso utiliza las imágenes clave de la crítica de Popper respecto a las aspiraciones utópicas. Es decir, que quienes quieren el cielo producen un infierno en la tierra.

Lo que está en juego a través de la trama de la novela es, entonces, la posibilidad de lograr cambios en la sociedad y cómo. En el caso de su objeto, el liberalismo de fines del siglo XIX, lo plantea por la vía de las reformas políticas, el libre comercio y, como lo dice el personaje de García Granados, mediante una “revolución benigna, humana, gradual”. Justo como debían ser las cosas antes…y ahora.

Se mantiene lejos el tema de la explotación económica que estructura la sociedad guatemalteca (y centroamericana) de ese tiempo y que estaba cambiando en aspectos tales como los cultivos de exportación, la tenencia de tierras, el trabajo, etc., que daban su sentido, más allá de los discursos, a la lucha entre conservadores y liberales, pero también, a la contradicción entre las élites y los sectores populares. Las escasas menciones de estos factoresse pierden en la trama que acentúa los conflictos políticos, las pasiones, prisas y debilidades humanas.

Aquí podrían hacerse dos observaciones al respecto.

En primer lugar, la de W. Benjamin respecto a la imagen de la revolución como la “locomotora de la historia”. Esta es una célebre imagen de Marx. Y caracteriza bien la aceleración del tiempo que parece darse en las revoluciones, dado los cambios que se producen en ellas.

Sin embargo, Benjamin introduce una crítica importante en una nota preparatoria a sus Tesis Sobre el concepto de la historia:

“Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá sean las cosas de otra manera. Quizá consistan las revoluciones en el gesto, ejecutado por la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia”.

¿Qué quiere decir esto y cómo se relaciona con la perspectiva de la novela de Pérez de Antón? El problema radica en el “permanente estado de excepción” para los oprimidos. Para quienes viven explotados, la crisis es permanente, es la regla. Lo terrible es que las cosas sigan así como están.

Para Benjamin, la revolución consistiría en lograr, entonces, la ruptura con tal situación y lograr un “verdadero estado de excepción” en el que se suspenden las férreas leyes del capital y del poder, para dar paso al reino de la libertad. Pero esto se produce a través de un “tirar del freno de emergencia”: la detención del “progreso” (con su reverso la barbarie), del “orden” que hacen que las cosas vayan tirando así como lo hacen y que desde la perspectiva de los oprimidos representa la continuidad de la opresión. Pues el “progreso” se sostiene al precio de la barbarie: explotación, opresión, etc.

El camino hacia el futuro que se hace a través del progreso o en ciertas imágenes de la revolución, se sostiene a costa del sufrimiento pasado y presente de la mayoría: por eso es que hay que detenerlo y por eso es que esta detención es un gesto revolucionario.

Desde esta óptica, vale decir que la “revolución liberal” no fue tal revolución. O no, al menos, para quienes la sufrieron. Al contrario, en algunos casos es la profundización de las condiciones de explotación y un ataque del capital finquero a las tierras comunales y al trabajo indígena.

La segunda observación se refiere al antiutopismoliberal. Desde el dictado de Popper hasta el título de la novela de Pérez de Antón se lanza una condena contra la aspiración utópica.

De fondo, lo que está en juego en la novela es la condena al “sueño de los justos” que puede ser noble y romántico, pero que en sus resultados produce calamidades iguales o peores a las que intenta resolver. Esto puede considerarse una elaboración estética del famoso dictado de Popper puesto en La miseria del historicismo: “La hibris que nos mueve a intentar realizar el cielo en la tierra, nos seduce a transformar la tierra en un infierno; un infierno, como solamente lo pueden realizar unos hombres contra otros”.

Frente a esta postura se requieren dos respuestas: a nivel histórico, en efecto, hay que precisar respecto a lo sucedido en las luchas políticas y las condiciones socioeconómicas que dieron paso al régimen liberal. El problema está en que, sin referencias adecuadas a la situación económica, no se advierte que liberales y conservadores eran parte del grupo dominante cuyos intereses y prácticas no diferían excesivamente respecto a aspectos centrales: la explotación de mano de obra para cultivo (el “indio”). Sin dar cuenta de esto, una “explicación” queda en la confrontación discursiva de liberales-conservadores y se pierden los engranajes reales del sistema social.

A nivel ideológico, hay que discutir la condena que se hace al sueño de los justos, a la revolución (SainJust) y por tanto, a los intentos utópicos de transformación que han existido posteriormente. Condena que no es sólo una repulsa teórica. Popper es muy claro al respecto (no por casualidad es uno de los filósofos favoritos del neoliberalismo). Frente a aquellos que quieren traer el cielo pero que producen el infierno, hay que aplicar la violencia.

Franz Hinkelammert que es muy crítico frente a esta postura, lo explica así:

“Se trata de una inevitable predisposición a la violencia frente a la cual es legítima la aplicación de la violencia…la utopía lleva al utopista a la violencia y, por tanto, hay que reprimir aún violentamente al utopista”.

De un mismo aire de familia es en el que participa el texto de Pérez de Antón y que lleva a una posición conservadora que condena todo intento de transformación revolucionaria. Por ello y por su “explicación” limitada a la perspectiva de “liberal moderado”, El sueño de los justos resulta un texto políticamente conservador que refuerza la perspectiva dominante de la historia guatemalteca…y apuntala el poder de hoy.

Finalmente, esta postura encierra una contradicción. Este liberalismo que lucha contra las utopías (sobre todo contra las utopías anarquistas y socialistas), contiene una utopía, pero es la utopía contradictoria sobre un mundo sin utopías. Es decir, del triunfo absoluto del capital, de las cosas tal como son. Y, por tanto, del reforzamiento del “infierno” en el que se encuentran los oprimidos.

El sueño de los justos es parte de la narrativa actual que se lee en Guatemala. Pero hay que abrirlo a la crítica.

Imagen tomada de: http://newmedia.ufm.edu/antonsuenojustos

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

11 comentarios

    • mariano gonzalez
      mariano gonzalez on

      Gracias Juan Carlos. El libro me gustó (sé que no es una crítica muy sofisticada), pero me quedé con la sensación de que contiene esa perspectiva liberal con la que no estoy de acuerdo

  1. Rebeca Zuñiga on

    Interesante análisis sobre la Obra, solamente agradeceré darle el crédito respectivo a la imagen que tomaron para este artículo de http://newmedia.ufm.edu/antonsuenojustos que corresponde al video de la presentación de Francisco Pérez de Antón en 2009. Tanto la imagen como el video están registrados con una licencia Creative Commons. Cualquier duda o comentario, he dejado mi correo electrónico registrado en la respuesta. Muchas Gracias.

  2. Gustavo Adolfo Rodríguez on

    De las novelas históricas del autor reseñado, Pérez de Antón, “El sueño de los justos” es factiblemente la mejor lograda y junto con “El esposo divino”, de Francisco Goldman, una reconstrucción de ficción con altos méritos sobre la revolución de 1871, literariamente coligiendo. No hay más en textos literarios locales sobre el tema, o nada igual de destacado como esos dos libros aludidos. Desde luego que se puede criticar un libro y además, a quien lo escribe. Una crítica es literaria; la otra, personal. El autor de “El sueño de los justos” ha sido proclive, desde su extraordinaria novela colonial “Los hijos del incienso y de la pólvora”, por comparar, a las máximas ideológicas, a la prédica y el discurso al lado del relato propiamente narrado. Ello es admisible, siendo parte de su estilo o de su forma de escribir, indistintamente de qué crea, qué opina y si se está de acuerdo o no con él.

    Así en “Los hijos del incienso y de la pólvora” hay una idealización reiterativa, quizá exasperante de los comerciantes, de los mercaderes, cercana casi a una defensa del economismo plutocráta, y poco se menciona el basal esclavista de todo el feudalismo colonial español en América, por demás irrefutable y toral. En “El sueño de los justos” hay un recelo en ocasiones reflexivo, en otras aun tendencioso sobre las revoluciones. A la vista de la tiranía que provocaría la revolución de 1871, que suplantó una férula por otra, esa desconfianza no está infundada, ni en el libro de Pérez de Antón ni en cualquier análisis de historiografía mesurado. Sin embargo, por ejemplo, el personaje de García Granados en la novela es representado como un anglófilo, que de hecho lo fue, quien reconociendo que el Reino Unido del siglo XIX era la consecuencia de subversiones y revoluciones como la Gloriosa o la reforma protestante, encomiaba esos cambios.

    La refutación de Pérez de Antón de la radicalidad de una revolución en el sentido de sus expectativas excesivas, como la del conservador Popper, proviene sobre todo de qué sucedió en el siglo XX con las revoluciones marxistas, de su comprobado resultado opresivo, si no atroz, y su decadencia rotunda al final. La frase que sirve de epígrafe al libro, de Popper, es de connotación anticomunista, expresada en contra el marxismo.

    Pero el error del autor de esta nota, de esta crítica al libro de Pérez de Antón o a la pretensión del ideario de éste, sería quizá que cae en el dogmatismo de pensar que toda revolución, de las que por sus resultados fehacientes ha habida buenas como la holandesa de la Guerra de los Ochenta Años o la hindú y la estadounidense contra el colonialismo británico; malas como la rusa de 1918 o la alemana de la Machtübernahme contra la República de Weimar; o anodinas como las de las independencias hispanoamericanas, debe llevar necesariamente las presuposiciones doctrinales y sectarias de una revolución como la explica cualquier vademécum ideologizado. Ninguna revolución es la última panacea. De esa fe superlativa en la revolución descree Pérez de Antón, justificablemente. La superioridad de la democracia, por eso ha de ser no estribar en un fin cerrado sino en la probabilidad de cambios concertados, imparciales y extensivos en la administración social.

    Hay un baremo para las revoluciones; quizá sea la intención de Pérez de Antón en su novela eso, hacer pensar qué revoluciones son en verdad una reforma positiva y cuáles, no. Es un yerro argumentar que una revolución pueda dar el cielo, cuando tiene nada más, eso sí, ante la opresión antidemocrática que ofrecer transformaciones decididas por los ciudadanos, no por selecciones excluyentes y arbitrarias. El error del autor de esta nota está en especial, delatándose como palmario, resumido en uno de los últimos párrafos: “el triunfo absoluto del capital”. No, lo absoluto suele ir a lo vacuo. No hay nada absoluto, y esto no es absolutista porque se puede demostrar objetivamente, no sólo con creencias, con convicciones. Absolutista es otro nombre para tiránico, por otra parte. El absoluto es una idea de fanáticos religiosos, de fundamentalistas, quienes tanto en común hallan con los ideólogos radicales, sin importar si predican el color blanco o el color negro.

  3. Mariano González
    Mariano González on

    La verdad es que el autor de esta nota (yo pues), comete muchos errores. Concuerdo con usted.
    Sin embargo, uno error es que la argumentación sobre la posición paradójica del antiutopismo liberal no está bien desarrollada. Pero quisiera precisar un punto: si uno va a textos de Popper, Hayek, Friedman y a ciertos contenidos teóricos centrales de esta corriente, como el tema de la competencia perfecta, se encuentra con una posición trascendente, utópica, que es el triunfo del mercado. Un triunfo absoluto. Es evidente que en dichos textos no se encuentra al pie de la letra dicha afirmación. Para inferirla hay que hacer un ejercicio de crítica y de considerar las contradicciones internas de tal posición.
    Los seres humanos parecemos estar hechos de tal manera que continuamente aspiramos a algo mejor, tenemos “sueños de una vida mejor” como primeramente pensó titular Ernst Bloch a su obra El principio esperanza. Y los liberales (horror: el liberalismo) también sueña, incluso en el corazón de su teoría (“la mano invisible”) se percibe la imagen secularizada de Dios.
    En el caso concreto de la crítica a la novela (que esa es la pretensión, ser más crítica al texto que al autor), lo que intenté considerar es que en tanto que ofrece una explicación a lo que sucede durante la reforma liberal, deja en la penumbra aspectos nucleares y se centra, en cambio en la discusión liberal-conservadora. Dicho en otra forma, que se centra en aspectos más bien discursivos. Claro que es una novela y cuando se lee no se busca un tratado de historia, pero al ir dando una argumentación al respecto es susceptible de crítica en ese punto.
    ¿Soy parcial al hacer esta crítica? Por supuesto, no pretendo ser objetivo ni imparcial. Pretendo ofrecer una lectura argumentada desde una posición política e ideológica. ¿Fánatico religioso o fundamentalista? Honestamente no creo. ¿Radical? Sería un honor serlo (puesto que los radicales van a la raíz de las cosas).
    Ah, y seguro que es un yerro pensar que una revolución da el cielo. Por eso me gusta tanto la imagen de Benjamin: quizá la revolución sea una interrupción. ¿De qué? De la barbarie cotidiana.

  4. Nunca lo había leído; sus comentarios de hoy 23/11/14 en Prensa Libre me llamaron la atención, así como la referencia a este sitio.
    Me agrada su punto de vista y los felicito por la creación de Elsalmón.

  5. René Villatoro on

    Cuando leí el libro reseñado, hace algunos añitos, me dejo un mal sabor de boca. Si bien no tengo claro al día de hoy de qué se trataba ese mal sabor, si recuerdo que me pareció que el texto era un esfuerzo deliberado del autor de librar de cualquier culpa a García Granados y culpar solo a Rufino de los desmanes de la vencedora gesta militar del 71. Y claro, si bien no es historia lo que narra, si está basada en hechos reales, ocurridos en la Guatemala antañona, pequeño poblado que siempre ha vivido con ínfulas de nobleza y aires de gran ciudad. En fin, este comentario me recordó un texto que leí tiempo ha y que dejé olvidado sólo Dios sabe dónde, por su lenguaje melifluo y cansino, sin darle importancia. Saludos

    • Mariano González
      Mariano González on

      Es así como usted señala: se cargan todas las culpas a Barrios (que por supuesto tiene), pero además, se aprovecha para hacer propaganda a la causa liberal…y condenar las revoluciones.

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