Calle Martí, la contención y expresión de un terremoto. (Primera entrega)

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Imagen 1. El tráfico de la Martí[1]

Podría hablarse de diversas entradas a ciudad de Guatemala desde el Atlántico: el puente de Aguascalientes, los desniveles de San Rafael, el puente Belice. Depende qué signifique “entrar”. No obstante, la calzada José Milla y la calle Martí, justo después del puente Belice, constituyen el eje histórico de entrada desde esa ruta. Miles de camiones, furgones, carros particulares, taxis, tuc tucs, motocicletas, algunos valientes ciclistas, circulan por esta vía. A un costado del banco industrial hay una placa conmemorativa del primer cabildo de Nueva Guatemala de la Asunción, realizado el 2 de enero de 1776 en el paso del Valle de Panchoy al Valle de la Ermita, tras el terremoto en Santiago de los Caballeros. En estos barrios se localizan dos de las iglesias o capillas más antiguas de la ciudad: la del Cerrito del Carmen (1613) y La Parroquia (1880). Hoy la calzada José Milla y la calle Martí –ambas bautizadas tras ilustres escritores– son el punto de ingreso a una ciudad que se viene desintegrando entre baratijas chinas, extorsionistas y hoyos que se abren repentinamente en calles y casas. Si se capta el movimiento interno de estas dos calles se puede entender por qué la basura se traga a los guajeros en la zona 3 y los barrancos caen sobre los habitantes de colonias marginales como El Cambray. El eje es la mercancía y la banalización humana como célula del caos social.

 

Pasarela, en vertical

«El comité de inquilinos del mercado La Parroquia agradece al señor alcalde metropolitano y a la administración 1991-1996: Lic. Oscar Rafael Berger P. La instalación de las pasarelas de la calle Martí. Guatemala, 26 de marzo de 1993». Así reza la placa bajo la pasarela. Desde arriba se evita el río de automóviles, trailers, motos, microbuses, camionetas. Por momentos parecieran ser un solo cuerpo desmembrado que se mueve por espasmos de velocidad y humo. Como un torso tenso se siente en las calles aledañas la proximidad del tráfico de la Martí. Tiembla. La pasarela aparenta ser la opción de seguridad del cruce. Ahí, no obstante, ella misma tiembla y transmite las vibraciones a nuestros pies. De hecho el concreto de la calle, con sus baches, chapopote quebrado, hule impregnado, pareciera ser siempre la contención de un terremoto. La estructura noventera de la pasarela está repleta de vericuetos, grietas, zanjones. Son tan evidentes para el que busca caminos, para el que abre ranuras con las uñas, para el que sigue los impredecibles recorridos de la lluvia. Cuando la pasarela pareciera ser el escape vertical de los citadinos guatemaltecos, en realidad no es más que la confirmación arquitectónica de su subordinación a los trailers, las lavadoras en los furgones y el sálvese quien pueda. Capital trabajo.

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Imagen 2. Inquilinos de mercado agradecen a alcalde Berger[2]

 

Subir y bajar al mismo tiempo

Arriba suele ser la dirección acostumbrada para enfocar la salvación: elevar la mirada ante las procesiones de viernes santo, alegrarse por los avances de la Cicig y el MP, esperar que el salario mensual descienda con el día de pago. Como la pasarela, la sociedad está dirigida hacia arriba, no hasta el infinito, nomás hasta la altura de los otros comercios: la tienda de gasolinera y el mercado barrial. Por lo menos antes el campanario anunciaba las horas en dirección del cielo. El claxon como horizonte es un espanto hacia adentro si bien su repercusión sea hacia afuera. Pero atención, cada grada de la pasarela guarda un secreto, precisamente aquel que la indiferencia permite aletargar. Desde el nivel del suelo, a la par de  la estación de transurbano, las tres hermanas con corte venden atoles y chuchitos. Eso por las mañanas. Temprano ha llegado el vendedor con su pequeña caja de madera. Vende chicles, golosinas, frituras emplasticadas, recargas telefónicas. Antes de siquiera abrir su caja consigue un bote con agua, una botella de cloro y una escoba. Su propósito: limpiar los meados debajo de la pasarela. Estos han dejado una marca de musgo en el suelo. No es tarea fácil limpiar esto, primero debe sortear unos alambres con púas puestos casi al nivel de la pared de granito de la gasolinera. Se han dejado ahí para que los vagabundos y charamileros no se acuesten debajo de la pasarela. Sin proponérselo el chiclero ha hecho un acto municipal, un cocktail de modernidad y fluidos: agua, orín, cloro, escoba, todos se cruzan. Los buenos días inician con el ritual de purificación. Como Prometeos lanzados a la faena eterna del mito, el orín vuelve aparecer, el cloro Magia Blanca también, las tres hermanas del atol y los peatones esperan el movimiento y la gran huida. Las camionetas 3 y 203, si quieren, se detendrán. Al igual que la pasarela, la camioneta es pensada por el citadino como un favor que le hace el destino colonial: “pasame del otro lado”, “llevame aunque apretujado”, “voto por el que ganará”.

[1]      Crédito de la fotografía: García, Esbín. «Pilotos de microbuses paralizan tránsito de la calle Martí», Prensa Libre, 4 de febrero 2015.

[2]      Fotografía propia. Sergio Palencia (2016)

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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