Calle Martí: La Parroquia. Entre feligreses y desempleados (Segunda entrega)

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Imagen 1. Pequeño y desapercibido grafitti[1]

Vio la nave inmensa de la iglesia en donde la gente esperaba no naufragar nunca y cuyo capitán parecía temblar de pronto, pese a estar anclado para siempre en la tierra.

Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá (1971)

 

Al mediodía entran los feligreses de la Parroquia, iglesia del barrio fundador de ciudad de Guatemala. Del otro lado de la calle Martí un banco ha sustituido el lugar donde se realizó el primer cabildo en 1776. Muchos años han pasado desde aquella reunión colonial y, bajo la sombra del atrio,  un grupo de jóvenes vestidos de morado y negro abordan a los caminantes. Todos veinteañeros, algunos con gafas oscuras, entregan un trifoliar a quienes entran a misa. El diseño del mismo es interesante: dos gorros puntiagudos, color morado, apuntan hacia la imagen en anda del Cristo de las Tres Potencias, ahora en restauración. Estos jóvenes conforman el Penitente Escuadrón de Nazarenos, grupo que se prepara durante el año para marchar y venerar a la imagen del Nazareno y de la Virgen de Dolores, ambas de la Parroquia Santa Cruz del Milagro. Frente a la iglesia hay un pequeño parque con un busto sin nombre, rodeado de bancas donde hombres morenos, con gorra, desempleados la mayoría, juegan domino. Una joven acarrea agua y cloro para limpiar los baños que se alquilan a los transeúntes.

 

Hace pocos meses, todavía en 2015, una pasarela color verde unía ambos lados de la calle Martí. En su lugar una nueva pasarela, fruto de la administración municipal, conmemora el año en que Guatemala fue capital iberoamericana de la cultura: una edificación color plateado con nuevos espacios para anuncio publicitario. Ninguna empresa la ha contratado. De vuelta en el suelo –pero con aspiración celestial– la ceremonia se iniciará con el grupo de acólitos y servidores rodeando al cura. Entre el desempleo y la iglesia hay menos de diez metros. El Escuadrón continúa su presentación: «La forma canónica del capirote alude al acercamiento del penitente al cielo. La tela que cae sobre la cara y el pecho sirve para ocultar el rostro y preservar la identidad». El anonimato es parte integral de la vida cotidiana en estas calles, con o sin capirote. Afuera, desde las nueve de la mañana hasta las siete de la noche, una adolescente se sienta junto a un puesto de venta de dulces típicos.

Afuera no es el humo de las veladoras el que ennegrece las paredes y los santos de madera, es el hollín mecánico de las camionetas tres y transmetro el que inunda los pulmones, canillitas, piel, cocadas, cabello, tamarindos de la joven. Gran parte del tiempo pasa viendo su celular y, cuando atiende, deja por un momento el horizonte de la palabra para cerrar el minúsculo contrato de antojo.  Así es la vida desde los escombros de esta arteria de entrada a la urbe centroamericana. El anonimato devocional y pasional, el nombre y apellido de las mercancías en los carteles publicitarios. En ese mar sin nombre y sin importancia del ejército de proletarios de Chinautla, barrios de la zona 6 y 18, se erige la posibilidad del estallido: uno diario, silencioso, neurótico, esperanzado, carnal, caminante. El mismo Escuadrón de Penitentes lo recuerda en su brochure morado: «Derivado de los constantes atentados hacia su persona, el Presidente Manuel Estrada Cabrera prohíbe en la segunda década del siglo XX el uso de capirotes canónicos y rostros cubiertos. Esta no fue la única vez en que los penitentes sufrieron censuras; ya desde el reinado de Carlos III a mediados del siglo XVIII se emitieron medidas para su supresión».

2-trifoliar

Imagen 2. Fotografía del trifoliar[2]

Después del atentado de la bomba, en 1907, el Señor Presidente veía en todo los rostros cubiertos posibles anarquistas. Los rostros del barrio, como estaciones, van mudándose conforme pasa el tiempo histórico. Sus movimientos invernales y veraniegos en el trópico han visto pasar la furia contenida, las conspiraciones revolucionarias, las caras reventadas por el alcohol, la crispación corporal en la tortura. El desempleado en el parquecito, los jóvenes con su fila de litros cerveceros en el comedor chino, la anciana sentada en la banca eclesial, los niños que inicialmente se espantan ante el desfigurado nazareno, todos ellos, unidos en un movimiento de experiencias, nos hablan empero de un solo instante histórico que no deja de pasar sin disputa. Algunos le rehúyen y perviven en el mito porque lo encuentran explicativo: dan razón del dolor y lo apuntalan más allá del cableado eléctrico. Otros, movidos por el espíritu del hastío y de la duda, sacan  al nazareno de su nicho colonial y lo pintan en los ahumados tragaluces de la 14 calle. Ahí, hace poco, alguien pintó una espiritual denuncia: «Jesús es un zombie».

 

Guatemala, 17 de noviembre 2016

[1]      [1] Fotografía propia. Sergio Palencia (2016)

[2]      [2] Fotografía propia. Sergio Palencia (2016)

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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