Calle Martí: moral de la pequeña clase propietaria (Séptima entrega)

0

Los domingos he visto dos mujeres indígenas pidiendo limosna sobre la pasarela. Una con un niño en brazos está encuclillada propiamente el puente, otra en la esquina opuesta donde inician las gradas hacia el mercado. Las dos usan un pañuelo en la cabeza y disponen su corte para sentarse. No tienen guacal o sombrero sino directamente forman con la mano el espacio de recepción de dinero. En otras ocasiones he visto ancianas silenciosas directamente sobre el segundo tramo de escaleras del lado de la gasolinera. Ladinas, usan faldas sencillas rosa y blusa de florecillas, el pelo cano espantado, justo frente al vendedor de la pequeña plataforma entre las gradas y el suelo. Las ancianas sentadas con los pies en unas gradas y la espalda en otra intermedia.

Así los transeúntes pasan por ventas de atol, teléfonos monedero, puesto de peines, mujeres pidiendo limosna, niños comiendo en un plato de duroport y, una vez descendiendo por el lado del mercado, pastelerías, tiendas de pizza Al Macarone, vendedores de cd’s y dvd’s.  Recientemente escuché dos hipótesis de una mujer de zona 15 sobre los pobres y los mendigos en  ciudad de Guatemala. “¿Sabías que la policía descubrió en un hotel una red de explotación infantil obligándolos a mendigar?”. “¿Sí?”, respondí intuyendo el sendero de su pregunta-afirmación. “¿Sabías que las energías se configuran en los pobres y mendigos para que se fortalezcan con las pruebas?”. Me sorprendí y le dije: “no me parece una idea cristiana” – ella va a la comunidad del pastor Harold Caballeros, el evasor fiscal de los Panama Papers.

Conforme hablaba se desataba más y más una serie de justificaciones para no dar quetzales a los de abajo: mareros, potenciales mareros, se apoya a quienes los explotan, se les acostumbra a recibir, no trabajan. La seguridad del propietario lo coloca en la posición del juez, por cada quetzal que salga en términos de beneficencia o remordimiento de conciencia se enarbola la batalla de cómo justificarlo. Ellas, las madres y abuelas mendigas, están como absortas, a veces medio dormidas. ¿Quién sabe qué verán cuando cierran los ojos tanto tiempo? Mientras tanto la pasarela sigue temblando por el paso de las camionetas y los trailers de seis llantas.

Las mercancías transportadas en los furgones no necesitan limosnas: tienen las relaciones de producción capitalista trabajando para ellas todo el tiempo, a toda velocidad. Las madres y abuelas mendigas, ellas, han de sentir en todo el cuerpo, junto a sus niños, la vibración que viene desde abajo por esta maquinaria. Arriba, en la clase propietaria y comerciante, el temblor tiende a hacerse idea o momento desagradable del día. Existe la alternativa de saber si hay escondido un complot mercantil de los de abajo o se busca la lógica de las energías morales del universo. Para el carrohabiente la pasarela es un lugar insospechado en el segundo que lo rebasa rumbo al trabajo.

Share.

About Author

Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

Leave A Reply