Calle Martí: reciente linchamiento y su secreto (Octava entrega)

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El viernes 3 de febrero un amigo me comentó: “¿Ya viste lo que pasó por la panadería de la 10 avenida? Un sicario asesinó a balazos a un guardia de seguridad privada y, cuando trató de huir, lo agarró la gente y lo mató a golpes. Vi el charco de sangre”. No era la primera vez durante la semana que oía este tipo de violencia, fuera por periódicos o testigos. Apenas el martes un hombre armado que se hizo pasar por pasajero mató a un chofer anciano de la ruta dos, a unos pasos del protegido parqueo de la Universidad Rafael Landívar, en zona 16. “Oímos lo que pasó y vimos patrullas”, me dijo un estudiante cuando le pregunté si sabía algo. El viernes una reportera de La Hora relató en una misma noticia lo sucedido en zona 2 con otra muerte de un asaltante en zona 9, bulevar Liberación. Cita la versión recopilada por la policía: «tres hombres abordaron el bus para asaltarlo, pero un usuario armado disparó en contra de uno de ellos».

Por la tarde pasé al lado de la panadería en zona 2. Recuento breve: dos radiopatrullas estacionadas del lado izquierdo, alrededor de seis policías – hombres y mujeres – custodiaban la entrada de la bodega. El vendedor de frutas todavía estaba allí situado con su carreta y adentro, temerosos, los hombres con redecilla en la cabeza movían las carretas de pan. Era la escena postcrimen. Más tarde ya la noticia se completaba con la mención de que, efectivamente, hacía unos días esta panadería de mediano tamaño estaba siendo extorsionada. ¿Cómo había muerto? La Hora (3-2-2017) llanamente informa: «un hombre disparó en contra del guardia y pretendía huir en una motocicleta junto a otra persona, pero testigos del suceso no se lo permitieron y lo lincharon». Una anciana de zona 6, habitual aficionada a las noticias radiales y de televisión, me comentó cómo la gente enfurecida lo agarró, alguien tomó una piedra enorme y se la lanzó a la cabeza.

El domingo un anciano cura jesuita se refirió en su homilía en la iglesia La Parroquia. “¿Cómo se hacen llamar cristianos los que linchan a la gente. Un día pueden estar quemándole veladoras en el aniversario de Jesús de Candelaria y el otro matando al delincuente o justificando que se lo merecía”. Los fieles, como siempre, escuchaban con cara de asustados. En la sección de opiniones de la página electrónica de La Hora un lector identificado como Ojo crítico afirmó con encono: «Pues es de felicitar y darle una medalla a todos esos valientes y osados justicieros que en vista de las flojas leyes de este chiquero anárquico de país, donde la parasitaria, inútil, promotora y cómplice de la PDH [Procuraduría de los Derechos Humanos] defiende a la escoria de la sociedad y solapa, defiende y protege a todos esos malditos malnacidos que no se tientan el alma para asesinar a la ciudadanía honrada […]». El cura y el lector representan los dos extremos: la crítica a la sociedad capaz de linchar al delincuente sin ningún proceso y, por el otro, el hastío ante la ineficacia de las instancias estatales con el llamado al derecho de la defensa propia y la pena de muerte. En estos dos juicios se pueden leer las campañas electorales de Álvaro Colom, por la UNE, y de Otto Pérez Molina, por el Partido Patriota. Mientras tanto los grafitis de la calle Martí dan una visión apocalíptica de lo que es la ciudad de Guatemala expresada desde la imagen y el color.

En la 14 avenida, a un costado de la gasolinera, frente al mercado La Parroquia, el grafiti muestra un horizonte. Este se logra ver a través de un conjunto de dos palabras formadas cada una por letras al revés que termina con flechas señalando para los lados, hacia abajo y hacia arriba. Dos figuras separan las letras: arriba, a la derecha, una luna llena que ilumina el horizonte del paisaje rompiendo lo oscuro de la tierra. En la silueta de las colinas se erigen pequeñas cruces, como aludiendo al aspecto que toma la ciudad de Guatemala vista desde los lugares donde, a diario, mueren de una u otra manera los capitalinos. Abajo de la luna se para la muerte encapuchada, sin rostro, dibujando en su silueta la guadaña. Arriba una frase bíblica: «En el valle de las sombras». Las cruces no están montadas por el juicio en un primer momento, digamos: “trabajador honrado”, “delincuente extorsionista”, “taxista”, “motociclista”, “padre de familia”, “marero”. Ese es el primer punto: todas las cruces son muertes concretas y el grafiti entero está más preocupado por mostrar el valle de las sombras a la dicotomía victimario-víctima. Surge entonces otro momento.

¿Por qué la muerte con su guadaña separa las palabras? La primera reacción ante un acto de violencia cotidiano en Guatemala es identificar la rabia como proceso de identificación – violenta, igual – con el robado, atacado, muerto. En éste vértice confluyen las campañas de anti-mareros de Pérez Molina o el ministro de gobernación de Berger, como el enjuiciado por limpieza social en Madrid, Carlos Vielmann. Pero hay un punto más que ocultan precisamente estos personajes: el juicio de sentencia contra el marero es una manera de ocultar el caos que ha provocado el capitalismo y las políticas estatales en Guatemala. Cubriéndose con la legitimidad de las elecciones arman a más y más hombres aprovechando el desempleo en el agro mientras, a la vez, los usan para desalojos violentos de las grandes fincas. Y con esta dura vivencia desde la calle Martí quisiera finalizar.

La extorsión es el acto de aterrorizar y amenazar a un trabajador o propietario para pagar un impuesto que le permita operar sin ser asesinado. De lo contrario lo matan por no aceptar el contrato impuesto. Esa es parte de la lógica territorial del crimen organizado, en este sentido de las maras, pero también puede vérsele en un sentido más amplio por la lógica específica de los Estados en países como Guatemala, El Salvador, Honduras. En el caso de Guatemala, el Estado mismo se fue construyendo a través de monopolios resguardados por los gobernantes y defendidos por las fuerzas armadas. Pensemos en el estanco del licor de mediados del siglo XIX (los Samayoa), en la campaña de apropiación de tierras para volverlas propiedad privada finquera, productora de café, caña, banano (Rufino Barrios, 1873; Estrada Cabrera, 1905), en la campaña de hidroeléctricas, ganado y petróleo impulsada por el General Arana. Peor aún, si lo relacionamos con el periodo de la violencia de los últimos cincuenta años, podemos ver que el principal promotor de la violencia organizada – como diría Mario Sandoval Alarcón – es el propio Estado de Guatemala, el mismo que se basa en el desempleo de sus ciudadanos, en las remesas desde el exterior, en la pobreza de millones que empuja a competir por un empleo sin previsiones de salud (Ley de empleo). Salarios para sostener el hambre y el derecho del más fuerte.

Lo que nos duele de la muerte del chofer o del guardia de seguridad privada es el acto violento que otro ejerce sobre él. Un sicario, perteneciente a una mara. Pero también las condiciones de violencia que permiten o posibilitan que jóvenes de los barrios opten – o sean obligados – a ser asesinos. Ambos representan el polo siguiente: el que sobrevive a partir del dinero que debe pagar. En el fondo es la misma relación económica que se instala con el robo de la tierra por los finqueros en el siglo XIX – u hoy mismo – y en la relación del asalariado común y corriente que ve  cómo enriquece su patrón mientras, él o ella, debe ver cómo sobrevive ante los impuestos manejados desde arriba y el alza de los precios cada año, como una segunda ley natural.

Reflexión: el dolor y la rabia contra los extorsionistas no debe quedarse en el nivel de la violencia contra el sicario o las maras, sino en la crítica a cómo la sociedad misma está basada en darle más valor al dinero, al capital, que a la de la vida humana y las condiciones dignas para vivir y construir el mundo social. En el fondo el marero que descuartiza, en nuestras condiciones históricas, es la réplica bajo otras circunstancias del kaibil que acuchilló y quemó a cientos de personas en 1981-1982. Esto es una afirmación históricamente comprobable: ¿cuál era el papel de los finqueros Widman en el norte de Huehuetenango hacia 1981? ¿Y el del entonces mayor Tito Arias, Otto Pérez, en Nebaj en 1982? ¿O el de Arzú, Maldonado Aguirre, López Bonilla? Respondiendo a esto el horizonte del graffiti de la calle Martí puede identificar a las fuerzas destructivas que se ocultan en el rostro de la Parca histórica. La melancólica luz de la luna en el grafiti puede ser el prenuncio de una dignidad y una rabia colectiva puesta en acción.

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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