Cambiar para cambiar

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En los pasados doce meses, cuando la crisis que inició en abril 2015 maduraba de a poquito, empezó a escucharse la afirmación de que habíamos cambiado. “Guate ya cambió”, decía el estribillo, que incluso fue usado como frase de campaña de Zury Ríos, heredera política de su papá, juzgado por genocidio. El cambio, se decía, estaba reflejado en la persecución penal a la cúpula del partido en el gobierno, incluida la vicepresidenta que fue forzada a renunciar y la presión para que el titular de la presidencia hiciera lo mismo.

La expresión alcanzó notoriedad cuando, en efecto, el gobernante dimitió y más que irse a un dorado retiro paró con sus huesos en prisión. Aumentó sus réditos cuando algunos empresarios de cuna dorada también fueron clientes del busito del sistema penitenciario que los acarrea a las audiencias en los procesos que les siguen. Y, alcanza categoría de máxima cuasi sagrada si seguimos incorporando nombres perfumados a las listas de reos en las cárceles de élite en Guatemala.

Sin embargo, esos ligeros cambios que se aprecian en la integridad de las fiscalías que llevan los casos; en la actitud de profesión inquebrantable del juez a cargo de los casos o en la incorruptible asesoría de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), aún son frágiles. De hecho, no tenemos plena garantía de que sean irreversibles. Debemos hacer muchos esfuerzos para lograr que se consoliden a fin de tener plena certeza de que no daremos marcha atrás.

El problema, lamentablemente, es que no se ve tan claro el panorama. Para muestra, varios botones por demás brillantes. El primero lo constituye la situación alrededor de un caso de hostigamiento escolar en un centro educativo en San Cristóbal Verapaz, en el Norte del país. El vídeo que muestra a una adolescente agrediendo físicamente a otra en su centro escolar, se volvió “viral”, es decir tuvo miles de reproducciones, que sirvieron primero para denunciar el hecho.

Pero, por desgracia, lejos de que sirviera de instrumento de reflexión dio pie a que en las redes sociales, en particular en Facebook, se expresaran las peores amenazas en contra de la joven agresora. A tal grado que fue insultada, amenazada de muerte, de violación o de agresión, que mientras ella fue victimaria de la joven a la que agredió, al final fue víctima de la violencia verbal de las y los guatemaltecos. Esas y esos que probablemente han dicho con gran emoción que ya cambiamos.

Otro caso es la actitud desarrollada por algunos grupos y sectores vinculados al empresariado quienes, ante la captura del dueño del hotel Camino Real y varias empresas hoteleras del país, pusieron el grito en el cielo. Cuando se trató de empujar la renuncia y luego el procesamiento de Roxana Baldetti, no hubo remilgos en gritarlo a viva voz. Pero conforme el pedigrí de los encargados adquirió alcurnia, la cosa se fue moviendo en otra dirección. ¿Cómo así que a un señor dueño de hoteles lo meten al bote? La angustia se expresa cuando afirman que eso repercutirá en la llegada de turistas al país. Como si las condiciones del aeropuerto internacional lo mantuvieran en la categoría de cultivadores de turismo.

El cambio no llega hasta ahí. No nos alcanza para opinar sobre un caso de violencia escolar con la serenidad necesaria. Seguimos usando la expresión semi anónima de las redes sociales para dejar salir la violencia real que escondemos cuando de tener corrección política se trata. Seguimos buscando justificaciones para que la ley no tenga espacios de privilegio del tamaño de la bolsa y del color del pedigrí de los implicados.

Habremos cambiado en verdad, cuando la doble moral no sea nuestra divisa. Cuando discutamos y condenemos el acoso y la violencia sin acosar y violentar. Cuando aceptemos que quien evada impuestos y con ello nos robe a todas y todos, sin importar su abolengo o la rama empresarial en que se mueva, pague como paga quien por necesidad ha robado una gallina. Se trata de cambiar para cambiar o seguiremos en las mismas aunque hagamos de esta tierra una cárcel gigantesca.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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