Carta a un ayudante agresivo

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Por Aron Lindblom*Aron Lindblom (Small)

No sé cuántas horas habrás trabajado ese domingo, pero sé que tus condiciones de trabajo son deplorables y que pasas tus días laborales colgado de la entrada trasera de una camioneta roja en estado de descomposición. Tenemos más o menos la misma edad, pero tus gestos, tu lenguaje y los tatuajes caseros que cubrían tus brazos contaban otra historia de vida diferente a la mía.

Yo, subido en una bicicleta barata pero hipster, recién bañadito, saliendo con mi novia para disfrutar de un brunch dominical aprovechando el descanso de fin de semana que ofrece mi trabajo de oficina. Y vos… en tu chamba, buscando pasajeros en las banquetas y gritando el destino final del bus en donde ibas, mientras yo le comentaba a mi novia qué rico se siente el viento ahora que se ha acabado el frío de los primeros meses del año.

Te acercaste por detrás. Por supuesto que te escuché, las camionetas no son particularmente discretas, pero llevo muchos años viviendo en esta ciudad y me he cansado de tener miedo a los buses rojos. Cuando manejo mi bici tengo el mismo derecho de transitar por las calles como cualquier otro conductor. Mi motor son mis propias piernas, mi combustible la grasa de mi barriga. Subido en la bici que no arroja humo, soy como cualquier otro vehículo.

La 12 avenida tiene dos carriles en su trayecto por la zona uno. Yo avanzaba en el lado derecho con mi novia a la par. Iba bien, estorbando un poco tal vez porque en la bici me cuesta ir más rápido que unos 25 kilómetros por hora (lo cual podría considerarse una velocidad apta para una zona residencial), pero iba bien. Faltaba media cuadra para la luz roja del próximo semáforo cuando me pasaste en el bus. No es la primera vez que me acosa una camioneta cuando voy en la bici. Es más, me atrevería a decir que la mayoría de gente que sale al tráfico de esta ciudad habrá visto o vivido más de algún incidente que involucre a una camioneta roja. No digo que todos los pilotos sean imprudentes o todos los ayudantes prepotentes pero algunos sí y sus actitudes a veces tienen efectos fatales. Así es la vida en la Nueva Guatemala de la Asunción.

La camioneta me pasó muy cerca y rápido. Me gritaste “¡Quítate!” e insinuaste que mi madre se gana la vida vendiendo su cuerpo (mentira). Pocos metros después nos topamos con el semáforo y nos encontramos cara a cara. Había un aire tenso entre nosotros y cuando llegué a donde estabas, tomaste valor y pateaste mi bicicleta. Me enojé y pregunté qué te pasaba. A esto me respondías en inglés, aludiendo relaciones incestuosas en mi familia (totalmente sin fundamento) y que mejor me debería de callar.

La estructura física y las reglas de transito de la 12 avenida de la zona uno son tales que aún después de este encuentro tan desagradable nos seguimos acompañando en las cuadras siguientes. Mi bici sonaba un poco raro después de tu patada y en la siguiente gasolinera paré para revisarla. También paró la camioneta en donde ibas. Me acerqué para hablarte, necio y aún convencido de que nuestro encuentro podría haber sido distinto. Te dije:

“¿Por qué hiciste eso? ¿Qué estabas pensando? Mira el tamaño de esa camioneta. ¡Me podías haber matado!”

Mi corazón latía fuerte, la adrenalina corría por mis venas y es probable que mi cara reflejase un poco del caos emocional que llevaba por dentro pues por poco habría tenido una camioneta sobre mí. Es posible que haya levantado la voz cuando te hablé. Me diste la espalda y gritaste:

“Shut up, motherfucker!”

Esas fueron las últimas palabras que intercambiamos. Nuestro encuentro fue breve y no sé cómo pasaste el resto de tu domingo. Vos seguiste hacia la zona 5 y yo fui a desayunar con mi novia. Nosotros descansamos y vos tal vez seguiste trabajando hasta la noche. No me queda duda de que tu vida es más dura que la mía. Me hablabas en inglés (que no es mi idioma materno) así que tal vez has hecho el viaje a los Estados. Tal vez te fuiste de mojado. Tal vez te expulsaron.

Si levantamos la vista un poco podemos constatar que todas las sociedades modernas necesitan sistemas de transporte público. La mayoría de las personas viven y trabajan en localidades distintas o viajan para ver familiares o amistades, para hacer compras o divertirse. Para que funcione la economía y vivir nuestras vidas es obligatorio poder trasladarnos, y como somos millones de personas conviviendo en las mismas sociedades y ciudades es necesario contar con algún tipo de plan. La responsabilidad de esta coordinación cae en el Estado, a los ciudadanos y empresas nos toca aportar impuestos para que funcione.

Cuando las empresas que controlan el transporte público no le dan mantenimiento a sus vehículos, no pagan salarios dignos, ni ofrecen capacitación a su personal, el Estado debe intervenir. Cuando las estadísticas del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) hacen constar que entre el 2009 y el 2013 fueron asesinados 516 pilotos del transporte público[1], el Estado tiene la obligación de meterse. Mientras el Estado no intervenga se vuelve cómplice del terror diario de las extorsiones, asaltos y machismo vial que prevalece en el transporte público de Guatemala.

A ti, amigo ayudante, te quiero decir que tu actitud ese día mostró un desprecio profundo hacia la vida humana y es un alivio para mí que nuestro encuentro no haya terminado con mi cuerpo pegado a la llanta trasera de tu bus. Para la próxima vez que veas a un ciclista en la calle te recuerdo que no es tu enemigo y probablemente no quiere robarte a tus pasajeros. Simplemente quiere llegar a su destino sin morir, igual que tú. Déjalo ir en paz, por favor.


*Nací en Suecia en 1982. Soy hijo del Estado de bienestar y de una familia cariñosa. Tengo una gran pasión por la música y la buena lectura. Vine a territorio zapatista por primera vez en el 2004. Por el momento vivo en Guatemala y trabajo en Diakonia, una agencia sueca de cooperación para el desarrollo. Aún sigo explorando quién soy y quién quiero ser.

[1] Fuente de las estadísticas de pilotos asesinados: http://noticias.emisorasunidas.com/noticias/primera-hora/segun-gam-ultimos-cinco-anos-han-sido-asesinados-516-pilotos  (Grupo de Apoyo Mutuo – GAM)

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