Castigar el mal. Comentario a La memoria y el perdón

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Por lo que dice William Ajanel, todavía resulta frecuente que suban muchachos a la camioneta a pedir colaboración para centros cristianos de rehabilitación. Se supone que antes habían estado en pandillas y que cometieron crímenes, insinúan incluso homicidios, pero dicen estar arrepentidos y, por tanto, que nosotros debemos ayudarles (una mezcla curiosa entre la amenaza y la búsqueda de comprensión). Esa es la lógica de su argumentación. Pues no.

Encima hacen la retórica pregunta de si uno prefiere que lo asalten o que pidan “ayuda”. Por mucho tiempo pasé con la incomodidad de esto que me parece una forma muy maciza y amenazadora de pedir dinero, hasta que encontré una argumentación filosófica que me explica un poco la indignación que sentía al escuchar esas palabras. Bien sé que no es la muestra más importante de cinismo (aunque para muchos es de las más cotidianas). Sin ir muy lejos, los militares genocidas guatemaltecos son campeones en este sentido.En todo caso, resulta incómodo escucharlos y no saber bien qué responder.

Viene a cuento esto por una relectura del libro de Amelia Valcárcel que lleva por título “La memoria y el perdón”. Cuando lo vi, inmediatamente pensé en comprarlo (aunque es una excusa floja, muchos libros los compro al nomás verlos) porque sin ser especialista, me interesa el tema. Tenía la peregrina idea de que sería un alegato en favor de la memoria y el perdón. Pero no: en cierta medida es un análisis de lo imposible de la memoria (se olvida todo) y del perdón, por razones muy importantes y que tienen que ver con el tema de la justicia.

En efecto, el origen de la justicia es el pago de lo hecho, es decir, el buscar balancear los males: mal por mal. Es necesario el castigo del ofensor. Si no se puede castigar a quien hace mal, algo hondamente arraigado en nosotros se quiebra. Incluso la estrategia del perdón cristiano deja el castigo en manos divinas. Yo perdono porque alguien más (Él) va a castigar. Entonces puedo perdonar. (1)

El origen de la justicia es taliónico. Aunque al dejar la justicia en otras manos, en la instancia de la ley, se busca evitar la cadena de venganzas. Su origen, sí, es taliónico, pero su finalidad es precisamente impedir una infinita cadena de retaliaciones.

En este origen de la justicia se encuentra una moral objetivista. Los males son hechos y no importa mucho si fueron intencionalmente causados. Por poner un ejemplo clásico, Edipo no sabe lo que hace (asesinar al padre y desposar a la madre), pero es culpable y es tratado como tal. A un antiguo nuestra insistencia en la intención le hubiera parecido extraña. Somos culpables de lo que hacemos, independientemente de lo que queramos o de las excusas que coloquemos.

En el caso de los muchachos que piden en la camioneta, si han hecho algún mal no basta con su arrepentimiento. (2) Cualquier persona que hace un mal puede arrepentirse, sobre todo a la vista del castigo. Pero para una lógica que se encuentra hondamente arraigada en nosotros (una “ontología de la deuda” a decir de Valcárcel), el mal se paga con el mal. No basta el arrepentimiento, lo que se necesita es la expiación de las culpas.

Realmente el problema es la cuestión de si ya pasó el mal y no hay posibilidad alguna de castigo. Es el caso de genocidios que no pueden ser perdonados porque no pueden ser castigados. Y por supuesto que aquí ni siquiera valen las excusas o el arrepentimiento (que, por otra parte, los genocidas parecen no mostrar).

La conclusión de Valcárcel tiene un sabor pesimista. No se puede hacer memoria ni perdonar todas las ofensas.

“si castigamos, el mal quedará pagado, limpio; podrá de nuevo presentarse. Si perdonamos sin condiciones, el mal sonreirá cínico desde su patencia de inatacado, inasequible al desaliento. Si lo olvidamos, renacerá. Si lo recordamos en demasía, se trivializará. ¿En qué clase de mundo nos introduce el perdón?”

Ante la enorme masa de dolor y la enorme suma de males existentes son muy pocas las opciones que tenemos. Apenas se puede, apenas, no hacer daño.

“¿No será el perdón una palabra demasiado grande y en verdad lo que se nos manifiesta es el cansancio que el mal produce? “Vete y no peques más.” Déjame y déjalo. Ya fue suficiente. No queremos memoria siquiera; sólo queremos la paz de nuestra herencia de tragedia. Llevar los huesos a lugares puros y hacer nuestra pequeña paz, digna y calladamente”.

Mientras, para Valcárcel, los males hechos deben ser castigados.

(1) Aquí hay un serio problema de nuestro tiempo: cuando se quiebra la providencia a partir del “asesinato de dios”, nos quedamos sin la garantía o consuelo de esta estrategia, pues ya no hay quien garantice el juicio final y ya sabemos que la justicia humana es demasiado imperfecta, demasiado humana. Por otra parte, aquí no se trata el tema del beneficio psicológico del perdón que es innegable (aunque no es obligatorio).

(2) Siempre es sospechoso el arrepentimiento. Para que sea efectivo, tiene que ser reiterado o constante en el tiempo. Además, debe mostrarse la resolución de no hacer de nuevo las cosas: “Las reglas del perdón individual son claras: arrepentimiento, duelo, reparación y compromiso de no repetir”, dirá Varcárcel. Pero la argumentación de estos muchachos, que lleva una amenaza velada, da poca credibilidad a dicho arrepentimiento.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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