Cholero

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Cada día es más difícil quitarse las malas costumbres. Sin duda aquí aplica aquel pasaje que salió a raíz de uno biblíco: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Les cuento, tenía 13 años, caminando de la biblioteca a mi casa me encontré con cuatro muchachos que me gritaban piropos realmente groseros, traté de contenerme pero en un momento de ira grité: “¡choleros!”. Ellos se quedaron paralizados por un momento para terminar llamándome de lo peor.

Si ven con cuidado, yo apenas era pre ­adolescente, ellos con casi 20 años y en mi defensa debo decir que fue lo primero que se me ocurrió. Pasó el tiempo y aunque parezca increíble volví a encontrarme con uno de los muchachos, trabajábamos en la misma empresa y él jamás olvidó la ofensa, se quejó con el jefe y me despidieron. Cada vez que me veía, si lo encontraba en el autobús o en el mercado, usaba indirectas para recordarme que “todos los que vivíamos en la colonia éramos choleros”.

Estudié la secundaria en un instituto y los chicos del colegio de enfrente cuando nos veían pasar gritaban “¡choleras!”, muchas veces me preguntaba si ellos en verdad sabían que nosotras, las del instituto de educación pública, teníamos unos excelentes maestros, (viejitos pero buenos, como dicen) que enseñaban el respeto a los demás, que nos obligaban a sacar notas de 90 para arriba, que eran verdaderos guías de la historia de Guatemala, de la sociedad guatemalteca y que nos abrían las ventanas de la burbuja de la educación básica. ¿Acaso estos chicos de “colegio” sabían eso?.

Yo que ya había aprendido la lección de no llamar a nadie cholero, me dolía que me lo dijeran porque, para mí, cholero era alguien grosero, malpensado o malintencionado. En mi burbuja eso era. La burbuja de ellos era diferente, ser cholero era estudiar en un instituto público, viaja en camioneta para la casa, a diferencia de usar un bus escolar, también lo era vivir en una colonia de pobres, era ser indígena, era que tus papás trabajaran en una fábrica o maquila, era comprar en el mercado y no en el supermercado, era estar internada en el San Juan de Dios, no en el Herrera Llerandi (por ejemplo). A la larga lista le añado que ser cholero también era que tus papás fueran de un departamento, es decir, al final, por todo eras cholero.

Muchos saben a lo que me refiero, la entonación de la palabra es ruda. Decir cholero es discriminar, así a secas.

Sucede que los capitalinos tenemos la ventaja de tener a mano tantas cosas, somos servidos, eso nos hace egoístas, recibimos lecciones diarias de violencia y maltrato. Es nuestra responsabilidad aprender y reventar la burbuja. Octavio Paz empieza el “Laberinto de la Soledad” con varias preguntas y aseveraciones, me gusta cuando habla de cómo se nos revela la existencia desde niños, pasando por la adolescencia y cómo aparece entre nosotros una muralla llamada “conciencia”, luego remata diciendo: “A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? “.

¡Vaya manera de empezar! Por eso me recuerda al episodio de mi niñez cuando grité “cholero”, cuando me defendía con una palabra discriminadora. Por eso les conté de mi adolescencia, cuando resentí que me llamaran “cholera”. Por eso, y trayendo otra palabra de Octavio Paz, pregunto: ¿estamos como guatemaltecos en ese trance de crecimiento y a eso se debe nuetro behaviorismo?

No es acaso mejor hablar con palabras puntuales para referirse a cosas obvias. Libertópolis utilizó la siguiente etiqueta en Twitter: #ElPistoNoTeQuitaLoCholero. Revisando los tuits y tratando de entender a qué exactamente se referían, sucede que también estaban hablando sobre los políticos corruptos y las nuevas investigaciones de la CICIG, entre otras cosas, obviamente. Lo importante de todo fue cómo se aprovechó la etiqueta, cómo dejamos ver nuestra paralización en nuestro crecimiento como guatemaltecos, cómo regresamos a nuestros vicios en las palabras para acomodarlos o zamparlos donde caiga, porque de esa manera nos engañamos creyendo hacer una campaña en pro de la ­honestidad.

Si tan solo hubiera sido uno que escribiera la etiqueta quizá estaríamos quemándolo en la hoguera, pero cuando vemos que no es uno, ni dos, menos tres, sino toda una banda de gente en crecimiento “socio­intelectual” es donde vale la pena hacer el esfuerzo de poner en evidencia a Libertópolis y rechazar cualquier cosa disfrazada de buena voluntad que venga de ellos.

­Así de simple.

*La imagen que encabeza la nota es la mejor descripción de como la palabra “cholero” es discriminadora, y traducirla al español sería quitarle la fuerza discriminatoria.

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About Author

Brenda Marcos

Nací en la ciudad de Guatemala, emigré a Estados Unidos. Por ahora estudio y trabajo para obtener mi licencia como maestra de lenguaje de señas. Estoy sentada junto al camino que conduce al sueño americano, quizá un día me levante y siga a otros que he visto pasar. Contribuyo escribiendo mis observaciones y me hago los quites con el racismo que pega tan duro por estos lados.

1 comentario

  1. carmen lemus valenzuela on

    …cuando el humanismo no es estigmatizado, cuando no es un rol, cuando no, una marca,la indignación pertenece a todos los tiempos históricos y linguisticos.

    vida potencialmente vida, vida y entorno donde el sol trazó su linea ecuatorial.
    Y
    Traspasar como lo logró otra migrante; mujer, conocedora de todas las guerras; Rita Levi Montalcini;
    tenaz y coherentemente,la integracion del cuerpo con la mente.

    behavorismo? es tan sólo un serio asunto de investigación clinica y conductual desde pavlov y sus ratones de laboratorio. Hasta siempre . Apreciada y leída Brenda.

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