Crónicas de un mundo maravilloso (La marcha del 30 de mayo)

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No contaré nuestros motivos cívicos ni relataré nuestros objetivos y formas de conseguirlos. De cuando en cuando describiré esas cosa que suceden alrededor de las marchas. Hechos, como satélites, que son esa parte humana no consignada en los diarios ni en los noticieros, afortunadamente…

Un poeta, amigo, que no bajó del avión, se hizo presente a la manifestación del sábado 30.

De cómo la gente estuvo a punto de llamar a la Policía, ya les contaré.

Deambulaba por las marchas de su propio mundo, él, cuando vio un enemigo en la bandera nacional que ondea unos 15 metros arriba sobre la plaza central.

Nadya, amiga gótica, rockera de piercings en toda la lengua y otrora en orejas y nuca, abogada de profesión, andaba por azares del destino junto a él, junto al poeta. Los miré de lejitos como se puede ver a dos amigos en una manifestación, como a eso de las 5 de la tarde.

Pero, de pronto, ya no vi al poeta.

Él volvió, volvió con un serrucho.

Enemiga la bandera, un obstáculo el asta y una manifestación en llamas, el poeta que nunca se bajó del avión encontró cuerdo derribar el muro. Trepó un poquitín sobre el metal tatuado de miles de huellas.

Abrazado con sus piernas, abrazado también con un brazo, con la mano que le quedaba libre se dispuso serruchar el símbolo de la opresión.

En su mente, supongo, aquella bandera caería sobre la plaza y la multitud prendería fuego de gozo. Abajo los iconos ante la anarquía habrá pensado. Y como el lobo del cuento, serruchó y serruchó y la casa no cayo, pero solo en su mente porque antes de iniciar el rito demoledor lo cogieron sus amigos, o sus conocidos, y lo abrazaron. En tanto lo apaciguaban, alguien le arrancó el serrucho y le explicaba de qué se trataba la manifestación. El poeta, cuyo nombre no diré porque gente muy mala puede estar leyendo, el poeta mostraba los dientes de risa y tenía en el rostro un sentimiento mayor: el de cambiar de una vez por todas el mundo exterior.

Arrebatado el serrucho, entre risas y un poco de compasión, alguien del pueblo levantó la voz amenazando con llamar a la Policía.

Todo esto sucedió como a las 6 de la tarde.

En la plaza de la Constitución.

El 30 de mayo cuando pedíamos a gritos que renunciara el presidente.

Otto Pérez Molina –que no se olvide su nombre– quien fuera kaibil y comandante Tito Arias.

Por sus crímenes tan feroces, además de los robos de alto funcionario, nadie del pueblo ha gritado Policía, llamen a la Policía. Antes bien, casi con respeto le insistimos que se largue.

El poeta, abatido por sus fantasmas, al pie del molino de viento, rió un poco tal como puede reír un huracán pequeño. Juracán sonriente es el viento que pasa.

Peregrino que comprendes, has de rendir homenaje a su majestad mayor.

Maldito el camino que cambió tierra libre por símbolos, cañones, formas occidentales de la poesía, próceres y perros, ha de pensar.

¿Cómo no iba a querer, nuestro héroe, derribar de un tiro siglos de alienación?

Maravillosas las tardes, los gritos y los acontecimientos. Un huracán no pudo blandir su serrucho a la hora Sexta, pero nos motivó a pensar que los pueblos manifestantes también condenan a sus poetas.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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