Cuando los salvajes le muerden la mano a los amos

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“Los únicos culpables son aquellos seres violentos, llenos de odio, resentimiento y rencor que usan las armas y las capuchas para encubrir sus repudiables actos de cobardía”

Sylvia Gereda

En las últimas semanas han venido sucediendo algunos acontecimientos políticos y sociales que sirven de causa para una serie de opiniones muy interesantes. Esos acontecimientos son fundamentalmente la masacre en San Juan Sacatepequez, la oposición a los proyectos hidroeléctricos y los bloqueos de carreteras que tuvieron en varios puntos del país para exigir la aprobación de la Ley de Desarrollo Rural Integral y la eliminación de la ley Tigo y la Ley Monsanto.

Rápidamente, como es costumbre de muchos columnistas, se han apresurado a manifestar sendas condenas a las actividades de protesta, considerándolas nefastas y violatorias de los derechos de las personas “buenas, honradas”, que casualmente es la gente considerada “productiva”. Para ellos la violencia de la protesta no se limita solamente a las personas, sino también a los derechos de las empresas que son violados por los insensatos que se dejan manipular por quienes aun sueñan con los fantasmas de instaurar el socialismo en Guatemala.

Los argumentos esgrimidos, así como la elocuente reflexión que adorna el encabezado de esta columna, se caracterizan por el afán de bestializar a los seres humanos que se organizan para hacer escuchar su voz frente a una Estado que ha sido históricamente ciego y sordo en lo que se respecta a la gente más pobre que, por cierto, es la población indígena. Esa no es una afirmación ideológica, basta ver los mapas de pobreza (1) para darse cuenta de que en Guatemala las regiones más abandonadas, más explotadas, con más necesidades, son los territorios en lo que la población es mayoritariamente indígena. Al mismo tiempo son las regiones a las que menos recursos se les asigna. Y desde la lógica colonial guatemalteca tiene mucho sentido. Los indios son animales, bestias que no saben nada de progreso, desarrollo, productividad, cuya cultura es una rémora del salvajismo primitivo. ¿Por qué invertir en ellos? Por eso mismo, en muchas comunidades del país, cuando la gente se harta de que el Estado y los gobiernos corruptos sean sordos a sus peticiones y ciegos a sus necesidades y condiciones y se cansan de que el gobierno solo produzca leyes con dedicatoria (Ley Tigo, Ley Monsanto… pero nunca una Ley Pueblo, como me decía un líder en el Cunén, Quiche, en la espera de 12 horas en un bloqueo de carretera.) se levantan enardecidos, frustrados y cansados. Ya desde ese modus operandi del Estado se puede empezar a intuir un racismo estructural, paralelo al modelo de Estado que históricamente se ha construido para garantizar, proteger y exacerbar los privilegios que se han derivado a partir de guerras, conquistas, desplazamientos, despojos desde la Conquista hasta la actualidad. Siempre que un garrote se alza contra la cabeza de un hambriento que protesta para hacerse visible en contra del Estado de Derecho que defiende privilegios, esa estructura racista y colonial se hace patente.

Más salvaje que el salvajismo de una protesta, me parece esa mentalidad explícitamente violenta, racista, despreciadora de la vida que dice que a esos seres humanos son “anti-sociales” (un oxímoron y una estupidez por sí), “criminales”, “anti-todo” y que hay que hacer es dejarlos morir para hacer vivir a quienes merecen la pena, a esos que “producen”, obedecen, financian la corrupción política y maman de ella. Y no hace falta una política explicita para asesinar a la población, simplemente hay que dejarla en el abandono, como efectivamente sucede y ya las enfermedades, la pobreza y el hambre se encargaran con el tiempo de que la naturaleza haga lo suyo.

Ahora bien, hay una relación de causalidad directa entre el salvajismo de un campesino alza el machete y le vuela la cabeza a quien considera traicionó su causa y el salvajismo institucional, de la dominación, la exclusión y el desprecio histórico hacia todo un pueblo, desprecio que los tiene sumidos en la miseria y en la más amarga pobreza y que construyó un modelo de Estado volándole, de la misma forma, la cabeza a sus abuelos.

Cuando estos columnistas alzan su voz de condena y convierten en salvajes a los seres humanos, se olvidan de la posición que juegan en ese sistema de salvajismo, se les olvida que tienen la panza llena de los frutos que ese modelo ha producido, que aunque puedan ser muy santos y humanistas viven de ese salvajismo.

Es importante señalar la forma en la que los actos de “salvajismo” de los manifestantes sociales en Guatemala son el búmerang que regresa volando intrépidamente del pasado solo para estrellarse en la cara de los que, por comodidad, han decretado en Guatemala una política de olvido precisamente, ahí sí, para esconder cobardemente la mano. Solo un pueblo que vive del olvido piensa que todo tiempo pasado fue mejor. En lugar de condenar la protesta, veamos el conflicto desde una perspectiva histórica, como la punta de un enorme iceberg de podredumbre que es necesario abordar para encontrar una solución real a los problemas que aquejan a la mayoría de los guatemaltecos que han vivido bajo la bota del colonialismo pero que ya no están dispuestos a seguir viviendo sometidos.

Quisiera finalizar compartiendo un pequeño fragmento del discurso que presentó el poeta Aime Cesaire con el motivo del Primer Congreso de Artistas y Escritores Negros celebrado en Paris. Dice Cesaire:
“Nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, moralmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo.

Colonización: cabeza de puente de la barbarie en una civilización, de la cual puede llegar en cualquier momento la pura y simple negación de la civilización (…) Si por mi parte he recordado algunos detalles de esas horribles carnicerías, no es, de ninguna manera, por un deleite sombrío, sino porque pienso que no nos desharemos tan fácilmente de estas cabezas de hombres, de estas cosechas de orejas, de estas casas quemadas, de estas invasiones, de esta sangre que humea, de estas ciudades que se evaporan al filo de la espada. Estos hechos prueban que la colonización deshumaniza al hombre incluso más civilizado; que la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial, fundada sobre el desprecio del hombre nativo y justificada por este desprecio, tiende inevitablemente a modificar a aquel que la emprende; que el colonizador, al habituarse a ver en el otro a la bestia, al ejercitarse en tratarlo como bestia, para calmar su conciencia, tiende objetivamente a transformarse él mismo en bestia. Esta acción, este golpe devuelto por la colonización, es importante señalarlo”

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Fernando Jerez

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