Cuentos que salieron de la tierra

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Mis padres recuerdan que la tarde del 3 de febrero el viento que sopló en la ciudad fue sonoro de manera excepcional y antecedió a una noche fría, estrellada y oscura. Una amiga que en ese tiempo era niña y vivía en los alrededores del sitio arqueológico Kaminal Juyú, cuenta que una voz desconocida tocó su puerta la misma tarde previa con el mensaje de que se movilizaran para los cerros de Kaminal, porque un terremoto sucedería pronto. La incredulidad de la familia suya fue inmediata, pero el asombro del día siguiente al comprobar la advertencia lo fue más.

Los más observadores recuerdan millones de hormigas saliendo de las grietas como en mudanza preventiva ante una catástrofe que se venía. Uno de los relatos más comunes que se logra identificar indicaba el aparecimiento de “bolas de fuego” en el cielo. El atardecer en la última hora de ese tres de febrero fue de un rojo intenso, tanto que se grabó en la conciencia popular la imagen de un cielo que se tiño de sangre. Para 1976 la carrera armamentista estaba en pleno tambor batiente y el mundo dividido en dos era un polvorín de dos potencias que se disputaban el planeta con plena arrogancia. Más tarde, luego de la catástrofe, algunas historias urbanas dirían que el terremoto de ese año se debió a una prueba nuclear.

En la noche de terremoto un tío que dormía en el barrio de Gerona se salvó porque la pared junto a su cama se derribó completa en dirección opuesta. Más tarde él llegaría descalzó en shock y con una vela, gritando el nombre de mi padre. Esa suerte fue la de muchos, el azar de paredes o techos que cayeron en la dirección equivocada a la que indicaba la muerte. Al amanecer del 4 de febrero el panorama era desolador en la ciudad capital, pero era dantesco en la mayoría de municipios de occidente, donde pueblos quedarían literalmente borrados de la piel de la tierra que había liberado su energía de forma abrupta.

La destrucción del día siguiente evidenció que el terremoto se había llevado miles vidas y había dejado a los vivos en desamparo y trauma. Un hijo descubriría a su madre muerta por el desmoronamiento de su vivienda, pero el desenlace sería peor.

Además de la falta de servicios y alimentos en esos días, uno de los objetos más preciados y demandados eran las cajas de madera para muertos. Aquel hijo decidió ir en busca de una de ellas para su progenitora, pero decidió esconder el cuerpo en un clóset (ropero) de la casa expuesta, mientras hallaba su objetivo. Al regresar el trauma sería doble al descubrir que la casa destruida había sido presa del hurto y el despojo fundido con la precariedad. Los ladrones había cargado el clóset con todo y cuerpo de la madre, el hijo jamás la hallaría.

Hay quien relata que un traidor del movimiento guerrillero aprovechó el caos de  morgues y cementerios desbordados de cuerpos, para pegarse un tiro y desparecer por siempre en alguna fosa común. La crisis del terremoto de 1976 solo sería un gran paréntesis en la gran guerra interna que sufría este país. Ese mismo año el ejército asesinaría al sacerdote estadounidense William Woods junto a otros cuatro ciudadanos del mismo país en las montañas de San Juan Cotzal. Lo peor de la guerra aún estaba por llegar años más tarde, y la frase del presidente  militar de turno que diría “Guatemala está herida pero no de muerte” se desmentiría a manos de su misma tropa en un genocidio contra el pueblo desarmado.

La grietas de la falla de la cuenca del río Motagua se abrieron y liberaron terribles historias en aquel 4 de febrero, exactamente a las a las 3:03:33 de la madrugada en un año bisiesto como el de este 2016. Quizá solo era el presagio de los horrores que vendrían después.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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