Cumplir las sentencias y no encubrir criminales

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El estado guatemalteco, en tanto parte de la comunidad internacional asume responsabilidades en ese campo, en distintas materias. Cada pacto conlleva el acatamiento de las resoluciones de instancias y organismos de los cuales Guatemala forma parte.

Una de ellas, relativa a los derechos humanos proviene de la Organización de Estados Americanos (OEA). Es el sistema conformado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), así como la Corte del mismo, cuyas misión y funciones se enfocan a proteger los derechos de todas las personas, incluido obviamente el derecho a la justicia.

Muchos estados parte del sistema interamericano han sido cuestionados por violar los preceptos que suscribieron al adherirse a la Declaración Interamericana de Derechos Humanos. Cuando los cuestionamientos trascienden a graves violaciones sin que halla acuerdo entre las partes, los casos pasan de la Comisión a la Corte para su juzgamiento. Si la o las presuntas víctimas prueban su caso, el Estado en cuestión resulta sancionado y es condenado a cumplir los contenidos de la condena emitida por el tribunal.

En virtud de que el mecanismo no individualiza responsabilidades, las resoluciones de la Corte deben ser acatadas por los estados como tales, incluido el resarcimiento económico establecido con base en los acuerdos firmados en la carta de constitución. Se trata de estándares internacionales, establecidos con anuencia de quienes en ejercicio pleno de su soberanía convinieron en la creación del mecanismo protector.

En años recientes, Guatemala ha debido enfrentar sentencias condenatorias por haber fallado como estado al no garantizar el derecho a la justicia de víctimas a las cuales el mismo estado violó sus derechos. Actos criminales cometidos por agentes estatales o con anuencia de estos, han permanecido en la impunidad sin que el sistema nacional de justicia provea a las víctimas de esta mínima garantía por el agravio sufrido.

Durante el actual período de gobierno, conducido por dos administraciones, ha permanecido en la representación internacional del Estado el eterno embajador Antonio Arenales Forno. Un profesional considerado intelectual orgánico del modelo político y económico predominante. Peor aún, asesor de los entes estatales responsables de las graves violaciones cuya falta de justicia es analizada por el sistema interamericano.

De la cabeza de Arenales Forno han surgido los argumentos principales que intentaron al inicio del gobierno de Otto Pérez Molina, desconocer la jurisdicción de la Corte o la Comisión IDH para revisar casos originados durante el conflicto armado interno. Al fracasar en la estrategia de jurisdicción, fueron por la vía de negar los hechos o incluso, incumplir abiertamente las sentencias. A tal grado que en 2014 la propia Corte IDH resolvió declarar al estado guatemalteco en desacato por incumplir al menos una docena de condenas.

Al sufrimiento profundo de la agresión que perpetró el Estado, se suma la agonía de la falta de justicia por décadas y, luego, la burla oficial a las reparaciones básicas requeridas por el tribunal internacional.  Y, ahora, para mayor vergüenza del gobierno y del propio Arenales Forno, con estímulo de este ideólogo de la impunidad, grupos de corte neofascista, de los cuales forman parte algunos responsables de los hechos juzgados, revictimizan a quienes agredieron y negaron justicia.

Cometer un crimen es grave, proteger al agresor, es peor aún. Sin embargo, denigrar a quien solo busca la justicia negada es un acto perverso nacido de las mentes y los corazones que anidan la barbarie que aún nos persigue.

A estas alturas, el Estado de Guatemala tiene solo una opción para reivindicarse por estos agravios: cumplir las sentencias y resoluciones del sistema interamericano y limpiar sus filas e instancias de funcionarios que utilizan el cargo para encubrir criminales.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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