De colegios y otros demonios

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Comienza el ciclo escolar y con él las historias que revelan el fracasado y monetizado sistema al que el nombre de “educativo” le queda grande.

Todas estas son historias reales, con las que seguramente nos podemos identificar:

  • En un colegio religioso, un chico que llegó a inscribirse hace unos años con diagnóstico de Trastorno de Déficit de Atención, es recibido y dicen que tomarán en cuenta su condición. Jamás lo hacen, nunca recibe apoyo por parte del colegio; con gran esfuerzo propio y de su familia va aprobando los grados, hasta que a principios de este año le dicen que no puede continuar por “bajo rendimiento”. Ignoran que están cometiendo un delito, al incumplir el Decreto No. 58-2007, Ley de Educación Especial para las Personas con Capacidades Especiales, la que establece que todos los centros educativos tienen la obligación de facilitar el ingreso y la atención a alumnos con necesidades educativas especiales.
  • A un alumno lo conminan a que se corte el cabello, cosa que no quiere hacer.
  • Una universidad privada religiosa hace que los alumnos se comprometan a no llevar tatuajes “visibles”.
  • A una alumna brillante y lideresa, le dicen que tiene “problemas de actitud” y hacen que repruebe física.
  • En el caso de una nena con evidente talento artístico, su nota más baja es en Artes Plásticas.
  • En otro colegio, a los padres los obligan a comprar uniformes en el mismo lugar, que año tras año incumple con los plazos de entrega.
  • Un peque de 3 años va emocionado a su primer día de clases, para regresar abrumado con páginas de tareas por cumplir.
  • Un alumno espera a las 5.40 de la madrugada el bus que lo conducirá a kilómetro y medio de su casa.

Y mientras tanto, nos ponemos a consultar el “Ranking de los mejores colegios”, nos dejamos llevar por instalaciones o tradiciones, sacrificamos a nuestros hijos en un inútil esfuerzo por hacerlos encajar en una sociedad cada vez más deshumanizada y donde confundimos triunfo con capacidad adquisitiva.

Quizá por eso para tan pocos estudiantes es un gozo el ir a clases. Añoran el fin de semana de la misma manera que los adultos que sienten una gran carga laboral. Leen cada vez menos y se robotizan cada vez más. Se centran más en sus burbujas y les cuesta mostrar empatía por su semejante. Se inclinan por la banalidad y desprecian la profundidad.

No nos quejemos de los resultados, cuando nosotros mismos los hemos recluido en estas instituciones deformantes.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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