De cómo el pueblo tiene en sus manos dos armas que pueden cambiar el sistema

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Después de la puesta en evidencia de las mafias de corrupción que operaban al más alto nivel del gobierno, es válido poner en tela de juicio todo lo realizado por los actuales funcionarios, y puesto que los manejos turbios no empezaron en esta administración, extender la duda razonable hacia lo actuado por los predecesores de Otto Pérez no es descabellado.

El sistema ha sido manejado por medio del financiamiento a políticos que al estar en el poder deben pagar las deudas adquiridas, haciendo que la corrupción se extienda a todas las esferas. Pero la corrupción adquiere dimensión de codicia sin límite y el dinero que cobran se vuelve insuficiente y las personas que participan en el negocio se multiplican, y la forma de operar se complica para todos. Entonces sucede que los financistas crearon un monstruo al que ya no pueden controlar y los cambios drásticos se hacen necesarios.

La corrupción de este gobierno llegó a tal grado que fueron capaces de cooptar todas los organismos del Estado y otras instituciones, extendiendo el control al Congreso, la Corte Suprema de Justicia, el Organismo Ejecutivo, el IGSS, la SAT, la Corte de Constitucionalidad y de esa forma en todas las dependencias gubernamentales. El descaro fue total y los mismos diputados se quejaban de que otros recibían millones a cambio de aprobar leyes y negocios.

Pero no hay sistema corrupto que dure cien años, ni financistas que quieran pagar cada vez más y más; y afortunadamente tampoco hay pueblo que lo resista sin, finalmente, alzar la voz; de ahí que suceda la necesaria sacudida, que para ser efectiva debe tener la participación de todos los sectores de la sociedad. En el país el cambio ya empezó. El rechazo a la clase política es casi general, quizá solo quienes se sirven directa o indirectamente del sistema actual estén a favor, los demás no dudan en demostrar su hartazgo.
Para que los cambios de fondo sucedan es necesario cambiar el sistema, no es posible pretender que se hagan mejoras si los actores son los mismos. Por eso la renuncia de Otto Pérez debe ser la principal demanda. La figura del presidente –debilitada y desacreditada, como está– sigue siendo el símbolo del Status Quo, por eso los financistas no se atreven a acuerpar las peticiones de renuncia, porque sería eliminar la última cuña que sostiene el dique, temen que si la quitan las aguas puedan desbordarse y arrastre a todos hasta lugares insospechados; les infunde temor pensar en que podrían perder sus privilegios.

El pueblo debe tener claro que si no se cambian las reglas del juego, podrán cambiar a los jugadores, pero el juego seguirá igual. La presión debe incrementarse hasta conseguir la depuración de todas las instituciones del Estado. La oportunidad es ahora.

Inusitadamente la coyuntura pone dos armas a disposición de la población, la protesta masiva y las elecciones. Con la primera el trabajo se ha estado haciendo bien y cosa de no desmayar y convertirse en propagador de la llama. Con la segunda la situación no está tan clara, porque persiste el miedo infundido por el discurso dominante, en el que prácticamente se presiona al ciudadano a acudir a las urnas, diciéndole que es su deber cívico e histórico, que no dejen en manos de otros la elección de autoridades, cuando es evidente que ya otros decidieron por medio del financiamiento quiénes serán los que aparezcan en las papeletas electorales; es decir, el voto se emite para favorecer a alguien que recibió dinero de personas cuyo interés es cobrar lo antes posible los réditos de su inversión. Es necesario tomar conciencia de que el voto solo da legitimidad a este sistema corrupto, no emitirlo o emitirlo sin validez, se convierte en la oportunidad histórica de que, sin importar quien gane, el próximo gobierno tenga la menor legitimidad posible; así será más fácil que se logren los cambios mediante la presión popular.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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