De cuando visité la tienda de mariguana

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First legal cannabis store” se puede leer en una manta vinílica sobre la entrada de Cannabis City, una tienda de mariguana en el barrio industrial SODO de Seattle. Abrió en julio del 2014, el mismo día que el cannabis para uso recreativo se volvió legal en el Estado de Washington, ante los ojos expectantes del mundo y de los noticieros que nos mostraron en la tele una larga fila de curiosos en la entrada del establecimiento. Unas semanas antes de eso escribí un texto acerca de qué significaba potencialmente la despenalización y legalización del cannabis y hoy me ha parecido un buen día para visitar la tienda y hacer un recuento de lo que está sucediendo siete meses después.

En el frente de la tienda hay un par de rótulos discretos, porque el tamaño, el contenido y la ubicación de los rótulos para este tipo de establecimientos está regulado al igual que cada aspecto desde la cosecha de la planta hasta hacia dónde se destinan los impuestos recaudados por su venta. En la puerta un empleado me pidió mi identificación porque nadie menor de 21 años –la edad legal para consumir tanto alcohol como mariguana– puede entrar. Ingresé y vi la sala de ventas con un poco de sorpresa al ver que era más pequeña y sencilla de lo que imaginé; de unos 50 metros cuadrados con tres mostradores de vidrio cada uno atendido por un empleado, además hay otro dependiente que hace rondas constantemente entre los clientes por seguridad. Varios compradores deambulaban como yo en la sala observando cuidadosamente los productos bajo los mostradores; pipas de vidrio, bolsitas de hierba rotuladas con los nombres de docenas de variedades tanto de la especie sativa como indica, pastelitos, golosinas y vaporizadores electrónicos. Los visitantes preguntaban a los dependientes cosas como «¿Tienen de la variedad White Russian?», «¿Este productor es orgánico?», «Estoy buscando un efecto relajante pero balanceado con un buen high, ¿qué me recomienda?».

Todo está etiquetado con advertencias de los potenciales efectos a la salud, los ingredientes y su origen; la regulación es estricta en ese sentido y todo producto debe tener un rastro claro de su procedencia o no puede ser vendido y debe destruirse. Hay inspecciones periódicas de la publicidad, el producto, las instalaciones y la seguridad de las tiendas; como cualquier otro producto de consumo humano que encontraría en un supermercado quienes no cumplan con las reglas se enfrentan a multas y a suspensiones de su licencia de parte de la junta reguladora de bebidas alcohólicas que ha ampliado su injerencia y ahora también regula el cannabis. No ha sucedido ningún aumento de actividad criminal debido a la legalización, desde hace varios años la policía ya se hacía de la vista gorda y no perseguía a nadie por posesión de mariguana en cantidades pequeñas para enfocarse mejor en combatir la verdadera actividad criminal. La única oposición que ha sido visible es la de los vecinos de algunas comunidades que –con todo derecho– se oponen a que se abran tiendas de este tipo en sus vecindarios.

Ya no se ven las largas filas de los primeros días pero las ventas siguen creciendo a paso constante, entre julio del 2014 y enero del 2015 se reportan ventas acumuladas de US$89 millones. El modelo de impuestos que se implementó es de cuatro capas: 25% al productor, 25% al procesador, 25% al distribuidor y el impuesto de valor agregado al consumidor, que en conjunto hasta la fecha ha recaudado más de US$22 millones en impuestos para el Estado. Estos fondos están destinados a instituciones de salud y programas educativos de prevención del abuso de alcohol y drogas especialmente enfocados a jóvenes, entre otras cosas.

Otro punto de vista que algunos expresan es de recelo ante la industrialización de este producto que hasta ahora se ha mantenido como algo exclusivo o de culto, cosa que es comprensible cuando la clandestinidad –que le da a la hierba un tinte rebelde y hasta místico– se ve amenazada por su comercialización abierta. En los anaqueles pueden verse cigarrillos baratos, procesados de forma industrial con químicos, aditivos y plantas de baja calidad para consumo masivo pero también se exhiben hierbas orgánicas en su estado más puro, variedades híbridas diseñadas para producir efectos psicotrópicos muy específicos, para conocedores. Recordemos que lo único nuevo es su comercialización masiva, la hierba, sus usos y efectos ya son bastante conocidos desde hace siglos tanto para usos medicinales como recreativos.

Ese día conversé abiertamente con uno de los dependientes de la tienda acerca de la mariguana, como quien habla de hormas italianas en una zapatería. Hace algunos años no hubiera podido imaginar tal escenario para un tema tabú, sólo reservado para algún amigo de confianza o dealer, en secreto, de una forma en extremo propensa a la desinformación. He caído en la cuenta que es un producto como el alcohol o los cigarrillos de tabaco; que abarca todos los niveles socioeconómicos, culturas y profesiones, que no es simplemente una cosa «de mariguanos» como suele definirse en tono despectivo.

La legalización no ha tenido los efectos catastróficos que sus detractores pronosticaban en un principio sino que al contrario ha promovido un diálogo abierto en la comunidad con respecto al uso de la planta y ha fomentado campañas de educación frontal y honesta que al final benefician a los más jóvenes que crecerán mejor informados. Lo más interesante del tema es que los departamentos de policía han tomado el rol de educadores porque curiosamente el asunto de la mariguana ya no es visto como una actividad criminal que la policía busca erradicar, sino como una actividad de consumo supervisada por burócratas, inspectores de calidad y de salud.

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Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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