De la memoria al olvido

0

Uno de mis grandes fantasmas es el olvido, lo reconozco. Es un fantasma obsesivo que me persigue hasta el no-cansancio, y habita en mí en tanto posibilidad. Hay otras posibilidades, como la de una memoria infinita, la memoria que no olvida nada, que también es terrible. Para ilustrarla, Paul Ricœur evoca al personaje de Jorge Luis Borges (1985), Ireneo Funes, quien tiene una afección denominada hipermnesia, que es la capacidad de recordar todo. Al extrapolarlo a lo histórico, se pregunta: “¿Sería la memoria sin olvido el último fantasma, la última figura de esta reflexión total que combatiremos en todos los registros de la hermenéutica de la condición histórica?” (p. 532). El planteamiento es simple: si se tuviera total memoria de todos los hechos, no habría necesidad de una hermenéutica ni de una reflexión sobre posibilidades; sería, únicamente, hermenéutica y reflexión de hechos.

El proceso mnésico consta de diferentes fases. La memoria sensorial es la fase de registro; la adquisición de datos es reforzada por la fase de codificación; posteriormente vienen las fases de consolidación y almacenamiento; y las últimas fases son las de recuperación de la información y la de evocación de los hechos. Si no se puede recuperar información ni evocar el pasado, nos encontramos con el olvido.

En el olvido nos enfrentamos a una disyuntiva: la destrucción o la persistencia de las huellas. “El olvido es percibido primero y masivamente como un atentado contra la fiabilidad de la memoria. Un golpe, una debilidad, una laguna.” (Ricœur 2004, p. 532). Así como Ulises se enfrentó a los cíclopes y la cultura desafía a la violencia, la memoria lucha contra el olvido.

El olvido, entendido este como la destrucción de las huellas, se asocia con las huellas mnésicas. Estas huellas son generadas por la hipomnesia simple, que consiste en no recordar los detalles de los sucesos vividos, y la memoria lábil, la cual se refiere a que lo memorizado se olvida con facilidad en poco tiempo. Este tipo de huellas son las que estudia el neurólogo, pero las preocupaciones del filósofo van mucho más allá. De acuerdo a Ricœur (2004), “…el rol del filósofo es poner en relación la ciencia de las huellas mnésicas con la problemática, central en fenomenología, de la representación del pasado” (p. 537). En este sentido, nos interesa la huella mnésica en cuanto a la relación que tiene con el hacer presente el pasado olvidado, tema que abordáramos inicialmente en el ensayo Entre semejanzas, olvidos y poesía, (p.29) desde la propuesta de Jacques Lacan.

Lo que es importante dilucidar es el significado de la huella en relación con el pasado. La huella es lo que queda de un recuerdo excluido, este permanece en el pasado pero la huella vive un eterno presente. La huella en sí misma no está ausente y es signo de algo que hubo: de una memoria reprimida (la historia significante), y de otra memoria referida a lo que se pierde (el símbolo, la palabra). La huella no se refiere a lo ausente ni a lo que hubo: es signo y, en tanto signo, la huella adquiere una dimensión semiótica.

El olvido definitivo implica la desaparición de la huella, lo cual es la amenaza última a la que nos enfrentamos: contra la desaparición de la huella por accidente o enfermedad, la ciencia no puede hacer nada. Al respecto, Ricœur (2004) nos dice: “…la desgracia del olvido definitivo sigue siendo una desgracia existencial que invita más a la poesía y a la cordura que a la ciencia” (p. 546). En este sentido se plantea que el olvido es una situación límite, como el envejecimiento y la mortalidad. Frente a una situación donde la ciencia neurológica no puede hacer nada, únicamente nos queda la literatura, no como ciencia sino como arte.

 

Bibliografía
Ricœur, Paul (2010) La memoria, la historia, el olvido. Madrid: Editorial Trotta.
Sánchez Zepeda, Gustavo (2004) Entre semejanzas, olvidos y poesía. Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala, Nº 8, Abril-Junio.

Share.

About Author

Gustavo Sánchez

Leave A Reply