De los desfiles cívico-militares

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La rebelión en contra del civismo militaresco inculcado en las instituciones educativas, públicas o privadas, me sobrevino a los 13 años. Aunque quizá el primer rechazo fue más por haraganería que por conciencia de que aquello estaba emparentado con el nacionalismo fascista.

Dirigir la jura a la bandera o izar el pabellón patrio en el lunes cívico era algo a lo que casi todos los estudiantes de primaria aspiraban, pero tal privilegio estaba reservado para los que obtenían mejores punteos en las clases. Así era en las escuelas en las que cursé la primaria, a lo largo del año se iba repartiendo entre los grados y secciones el privilegio de ser los protagonistas del acto cívico del inicio de semana.

Flanco derecho, flanco izquierdo, saludo uno, saludo dos; marchen, izquierda izquierda, izquierda derecha izquierda, marcando el paso; alto, firmes. Eran las directrices que los maestros de educación física se afanaban en enseñar a los estudiantes. Marchar alrededor del patio y muchas veces en las cuadras adyacentes a la escuela era parte del entreno que todos los años se recibía con el objetivo de estar listos para el desfile del 15 de septiembre.

Participar en el gran desfile del mero día de la independencia era reservado para los establecimientos educativos que tenían banda de guerra, así exactamente les decían, “banda de guerra”, no sé si ya haya cambiado. Muchos colegios tienen como uno de sus principales objetivos formar una enorme y bien uniformada banda para animar los desfiles, a eso se le agregan las “batonistas” y “gastadores”; pero en las escuelas e institutos públicos no siempre es prioridad. Las escuelas de primaria en las que estudié, fueron tres, no tenían banda, pero eso no era obstáculo y siempre desfilábamos con un solitario redoblante al frente para ayudar a marcar el paso. A pesar de todo, eran los años de primaria y marchar era obligatorio.

Con banda o sin banda de guerra, me tocó un par de veces hacer el recorrido del palacio nacional hacia el campo de Marte, a veces en 12 de septiembre, otras incluso el mero 15. Nunca entendí por qué a la mayoría le parecía divertido participar en el desfile, si era obvio que a la gente le interesaba más el espectáculo que brindaban aquellos colegios que llevaban una bien organizada banda y no el parco desfilar de unos patojos mal uniformados y dirigidos por el sonido de un solo redoblante.

En el desfile, o desfiles, porque a veces había que participar en más de uno, el encargado de llevar la bandera, durante todo el recorrido, era el que mejor punteo tenía entre los alumnos de sexto grado, vaya privilegio. Confieso que más de alguna vez tuve el deseo de ser el que marchara cargando la bandera, pero resulta que cuando finalmente llegué a sexto y tuve la oportunidad de hacerlo, por algún motivo, las ganas se me fueron y como pude logré evadir la obligación. Fue un ataque de haraganería, que justifiqué diciendo que mis papás no tenían dinero para comprarme uniforme y zapatos nuevos, cosa que era cierta; pero, de pronto, visualicé que recorrer varios kilómetros cargando la bandera era algo demasiado cansado.

Fue en quinto primaria la última vez que desfilé. Los estudios secundarios los cursé en el Instituto Nacional Central para Varones y en la Escuela Nacional Central de Ciencias Comerciales, y ambos centros educativos no participaban en el desfile cívico militar, el “Central” ni siquiera obligaba a sus alumnos a usar uniforme.

Desde entonces, lo más cercano que he estada de la participación en un acto cívico han sido las demostraciones en las manifestaciones de La Plaza. Ese civismo, más cercano a la toma de conciencia y que deja de lado el militarismo, es el que debe ser inculcado en los establecimientos educativos. Enseñar a marchar, pero cuando haya necesidad de protestar en contra del sistema.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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