De noches de insomnio y canciones de cuna inventadas

0

Si alguna cosa buena hay para ejercitar, es el arte de no ver noticieros antes de dormir. Alguna vez me hice la promesa de no verlos, incluso bajo la enorme presión del morbo o la curiosidad. Puedo quizá, leer las noticias hasta tarde, pero elijo –por mi bien– prescindir de ver y escuchar a los narradores del Apocalipsis, con ese tono de voz, de una mezcla rara entre indignación fingida y emoción genuina, casi placentera. No me lo tomen a mal, alguna vez también quise presentar las noticias en un canal de televisión. En fin, me funcionó muy bien dejar de ver los noticieros, tanto, que después de unos años, olvidé por qué ya no lo hacía. Pero volvía a caer.

Quedé afectado por un par de notas, que posteriormente estuvieron dando vueltas en mi cabeza, una cosa detrás de otra. Intentaba buscar respuestas en mi cabeza, el tema resulta complicado, cuando las noches comienzan a ser calurosas. También es probable que la ingesta indiscriminada de ciertos alimentos durante la noche hiciera lo suyo. Y ahí estaba la voz del presentador, a quien recordaba con claridad, por esa absurda blancura de sus dientes y la nada despreciable cantidad de maquillaje que sostenía los músculos de su rostro.

Era la tercera o cuarta vuelta sobre la cama, la almohada se había quedado sin lados frescos, el pie por fuera de la sábana, dejó de tener resultados. Pero no me quería engañar, no era el calor lo que me molestaba, aún no llegaban esas noches de calor ridículo, donde uno es capaz de jurar el reino de Persia con tal de un poco de frescura. Era más bien esa noticia, de una madre que fue asesinada junto a sus hijas pequeñas. A sangre fría, sin ningún tipo de consideración. No fui capaz de situarme en ese cuadro trágico, desalmado, carente de todo sentido de humanidad.

Intenté poner mi mente en algo distinto, quería encontrar la manera de conciliar el sueño, el día siguiente había trabajo y soy consciente de ser una persona poco cordial, en condiciones de falta de sueño y descanso. Quise que me arrullaran los sonidos de la noche, quise encontrar en el silencio disimulado de las afueras de la ciudad, un poco de paz, algo de tranquilidad, quizá.

Comienzo a inventarme esta canción de cuna en la cabeza:

El sonido del motor
De un tráiler compresionando
Cuatro disparos al aire
Y un par de grillos

Del sonido del tráiler estoy seguro
De los grillos, también.
Son los disparos, los que no sé si han sido al aire.
Lo sabe Dios

No temas, pequeña
Mañana tu nombre y el mío
No estarán en las primeras planas de los diarios.

Sobrevivimos
A esta ciudad salvaje.

Acto seguido, hubo cinco minutos de silencio –quizá más, ya no me enteré– y finalmente concilié el sueño. Dormí y sentí que el mundo dejó de existir, al menos durante un par de horas, cuando el amanecer me encontró y encendí la televisión, para poner las noticias de la mañana, las cuales sí miro. Porque, qué es la vida sin algunos despropósitos y sinsentidos.

Sencillamente, amigos, no miren noticieros por la noche.

Share.

About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

Leave A Reply