De piojos, amor y sufrimiento (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Tenía 14 años cuando me pegaron piojos otra vez. Fue en el instituto donde estudié parte de mi secundaria.

Ya había tenido,de niño. Por entonces, mi madre me envolvió la cabeza en un trapo con gamezán (gamexane). Así dormí, como señora con tubos (los muy jóvenes no entenderán eso de dormir con tubos; les recomiendo que hagan la consulta a su abuela o alguna tía vieja, que siempre las hay).

Al día siguiente, mi madre me quitó cuidadosamente el trapo, como si abriera un joyero, y vimos aquel piojal muerto sobre el trapo blanco. Enseguida, me peinó con peine fino. Literalmente me ensartó una y otra vez aquel peine que me ardió un infierno. Aún recuerdo el sonido del barrido sobre mi cuero cabelludo. Raspaba. El ardor era grande, pero solo así se podían arrastrar los piojos que habían quedado prendidos, medio muertos, o con sus huevecillos todavía sin abrirse.

De niño lo sufrí de esa manera, pero es distinto tener piojos a los 14 años. A esa edad es deplorable, fatal, pues para entonces ya me gustaban las mujeres y tener piojos contrastaba con lo que yo entendía por tipo galante (lo que quería ser). Era como estar todavía unido a una especie de suciedad y de niñez.

Me bañaba frotándome con fuerza el pelo, me raspaba con un peine durante la ducha. Me sentía fresco por unos momentos, pero luego volvía a sentir picazón. Fueron apenas tres o cuatro días, pero mientras yo evadía la realidad creyendo que se irían a fuerza de shampú, ellos se reproducían. Tal como sucede con los problemas de la vida que, al evadirlos, se reproducen. Como al tercer día de lavarme el cabello a arrancones, mi mejor amigo descubrió mi problema. Sucedió de esta manera: Yo le gustaba a una muchacha y ella a mí, bastante. Cruzábamos miradas en la cancha de básquet. Me gustaba su forma de encestar, su rebote, sus brincos, sus pases, sus nalgas, toda ella, pero no le hablaba por miedo a ser rechazado.

Aquel día, mi amigo me dijo que ella quería conmigo. Así era la jerga de entonces: “Dice que quiere con vos”. Ese querer era saludarse y si se tenía suerte, darse de besos; los más listos se metían mano. Querer con alguien era algo muy importante. Ella se lo había dicho y le pidió que nos presentara. Fue maravilloso enterarme. Yo estaba enamorado y ella quería algo conmigo, acaso solo un saludo, o un polvillo, no sé, lo que fuera que quisiera, era para mí bastante. Pero no me sentí feliz, al contrario, casi me zurré de pánico. Ella linda, yo, con piojos; era mi secreto.

Mi amigo me dijo que él podía acompañarme a hablarle al recreo del día siguiente; me la presentaría y él se iría. Pero aquí sucedió un hecho vergonzante. Diciéndome lo de la muchacha estaba, cuando me miró con atención. De mi sien bajaron unas liendres. No podía ser caspa, porque caminaban entre las patas de los piojos. Para quienes no estén informados, las liendres son blancas y asquerosas (RAE: liendre.(Del lat. vulg. lendis, lendĭnis).1. f. Huevo de piojo, que suele estar adherido a los pelos de los animales huéspedes de este parásito).

Negué la evidencia. Mi amigo me dijo: “¡No te movás! Mirá, tenés liendres, ¡Tenés piojos! Quiero ver ¡Son bastantes!” No se burló de mí ni se lo contó a nadie, por eso lo recuerdo como amigo, pero me sentí mal.

Como es natural en esos casos, seguí negando la evidencia. En su cara le dije que él veía cosas que no eran, y me fui. A sufrir a solas.

Para mi mayor tortura, sabía que no me presentaría ante la muchacha. ¿Qué tal si notaba que yo tenía piojos cuando me viera “de cerca”? A cualquier otro no le habría importado, pero esa fue la sepultura de mi primer amor.

No quise verla al recreo ni nunca más en la cancha. Hice, en cambio, lo que cualquier adolescente que se las da de machito hace en tales circunstancias: acudí a mi mamá. Me “curó”. No me echó gamezán porque había otro producto, un jabón que es muy bueno, te lo aplicás y blablabla. Al día siguiente aplicó una vez más la operación peine fino para barrer con los muertos que hubieren quedado.

–Una digresión cae a mi mente en este momento. No quiero que pase inadvertida. Lo siento. Es una grosera mezcla de acontecimientos, ambos reales: cosas que me vienen a la mente. Cuando en los años ochenta el Ejército de Guatemala arrasaba aldeas matando gente, decía que iba “a peinar las montañas”por tierra y por aire. Era como si pasara un peine para piojos entre la tierra, solo que matando humanos. Decían que iban por los guerrilleros, pero, en realidad, peinaban hectáreas, barranco abajo, montaña arriba, rastreando gente, asesinando niños, ancianos, hombres, mujeres, animales, cosechas, lo que encontraran; mataron a cientos de miles de personas como si fueran piojos o huevecillos–.

Lo siento.

Me acomplejé todo aquel año y no busqué relacionarme con las muchachas que me gustaban. Con frecuencia sentía picazón. Me veía al espejo si tenía por ahí alguna liendre. Así fuera por algo real o imaginario, la cabeza me picaba y creo que era de tanto rasgarme con el peine. Veía obsesivamente si había quedado algún piojo entre sus dientes.

Así perdí mi primer gran amor, lo cual no tiene nada de maravilloso. Lo recuerdo ahora con algo de risa que se me cuartea –como habrán visto– con lo de “peinar montañas”.

Solo me queda por añadir que la muchacha me tomó por pedante, porque a partir de entonces evité encontrármela. Nunca más volteó a verme con interés y yo me sentí muy mal. Si la viera hoy, le contaría lo de los piojos. Me encantaría verla de nuevo jugando básquet, pero ha de estar como yo, calculando calorías y saliendo a la calle con paraguas.

Si la viera hoy, le diría estos versos del poeta que no conocía a los 14, pero que habrían sido una buena entrada: “Si me amaras y te amara, cuánto te amaría” (Paul Géraldy).

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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