Del paseo al país no hay mucho trecho

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LSandoval

Por Luis Alberto Ramírez Sandoval*

El famoso Paseo Cayalá – ese si esta “rebonito vieran”-, es un signo majestuoso de arquitectura sobria pero imponente, de ficciones e ideales guatemaltecos como el orden, la pulcritud del lugar,  la seguridad se “siente” en el ambiente, es un reducto de tranquilidad para la clase alta como se puntualizó en otro artículo (http://elsalmon.org/cayala-el-miedo-de-los-ricos/), pero también es un signo del Opus Dei y del poder oligárquico, una marca territorial y simbólica del mismo territorio guatemalteco. El conservadurismo del Opus Dei lo encontramos en esa arquitectura elegante y discreta, como una especie de actualización de los trazos coloniales de la Antigua Guatemala (el país puede cambiar, actualizarse, pero no lo suficiente y de manera controlada, como una cosa o una casa, solo debe cambiar en lo externo, en lo íntimo debe permanecer lo más estable posible). Lo encontramos en el homenaje a Juan Pablo segundo (que en 1982 autorizó al Opus Dei ser una prelatura personal), por medio de la estatua que de él allí se erigió. También podemos leer como otro signo la construcción de una Iglesia Católica en pleno centro del lugar, como un eje rector y fundamental, así como se hizo en las fundaciones de todas las cabeceras y pueblos importantes desde la conquista, de lo que se trata es de conservar la religiosidad católica en el imaginario social como una fuerza vital y central, además mantener ese catolicismo conservador como elemento esencial de las élites de poder.

En Guatemala como en Cayalá se nos permite pasear tranquilos, anhelar objetos caros y elitistas, anhelar espacios públicos tranquilos, limpios y seguros, desear comidas gourmet en lugar de la tortilla. Se nos permite para ser más precisos creer que participamos del lugar, tanto de Cayalá, como de Guatemala. Participamos de Cayalá si ahorramos lo suficiente como para almorzar allí, o deleitar un café, o bien adquirir un artículo de élite, pero no se nos permite vivir allí, no al ciudadano común, ni que habitualmente consumamos lo que allí se ofrece, para nosotros es una recompensa anhelada, deseada, siempre en ese registro. Para los ricos que habitualmente caminan, compran, comen y viven allí, es necesaria también la presencia minúscula, periférica del otro (nosotros). Es necesaria esa mirada impávida, constreñida y anhelante del deseo insatisfecho en ese alguien que no es capaz de vivir, y participar a plenitud del paseíto en Cayalá.

Lo mismo vale decir del país.

Así participamos de Guatemala en un sistema político cerrado con ficción de democracia, de partidos cerrados, elitistas ideológica y económicamente. Sentimos participar en el debate político cuando sacamos a relucir la progenitora de todos los políticos, asumiendo que su abnegada madre trabajó en algún momento de la profesión más antigua de la humanidad, cuando lo discutimos en nuestra casa, en el trabajo, o en la mesa al calor de unos “drinks”. Sentimos que participamos cada cuatro años cuando acudimos a las votaciones, esgrimiendo el famoso voto de castigo al partido actual, y anhelando un cambio real, de personas, de acciones, de políticas públicas, pero encontramos a los mismos coyotes en la misma loma, las mismas acciones de derroche, con los mismos fines, el enriquecimiento personal, y las mismas políticas públicas, nombradas de distinta manera, siempre en el registro del anhelo, del deseo imposible, no por imposibilidad fáctica, sino por imposibilidad coyuntural, estructural. Así participamos de Guatemala con acceso limitado al sistema jurídico, constipado de expedientes, de amparos, recusaciones y favoritismos, constipado de eficiencia, desde primeras audiencias diligenciadas para hasta ocho o más meses futuros, en contradicción de las leyes, pero en armonía con la saturación de casos y burocracia mansa.

Anhelamos un sistema jurídico eficiente, por lo menos próximo a la equidad si no se puede a la justicia, nos mantenemos siempre en el registro del anhelo imposible, por causas coyunturales. Así participamos de Cayalá, caminando frente a un gigante que empuña una llave, que tiene la clave de la puerta mágica de nuestro deseo, que cubre su desnudez como se cubre un cadáver o una mala intención, porque en Guatemala siempre se necesitan velos y cortinas para cubrir lo que angustia. Así participamos de Guatemala, cuando nos enfermamos y anhelamos que el hospital tenga medicinas, que los médicos tengan sus salarios para que nos atiendan, que puntualmente se haya cancelado la deuda de electricidad para que se pueda operar sin complicaciones, eso sí existe el instrumental necesario y los demás enseres, siempre anhelando, lo imposible, siempre por cuestiones coyunturales.

Así participamos de Cayalá “vitriniando” perdiendo nuestra mirada en el cristal que protege las mercancías, los anhelos. Construyendo y completando con nuestra mirada a los otros que si participan realmente del lugar, porque lo quieran o no solo con nuestra mirada, nuestro anhelo, nuestro deseo y nuestra otredad, completamos la escena sacra donde ellos pueden participar plenamente de Cayalá y de Guatemala (a esta altura ya no distingo) donde pueden ejercitar su poder y organizar esta tragicomedia para ponerla en acto una y otra vez.

El famoso Cayalá es un monumento al poder oligárquico, al Opus Dei, al status quo, mientras que nosotros los pocos que quedan de en medio y los de abajo al parecer no tenemos un signo vital, un monumento que nos identifique y nos unifique, estamos dispersos. Algo que al parecer entendieron primero los locos como casi siempre sucede, porque la locura deslumbra y vislumbra, esos locos maravillosos que poco a poco, subida a subida, escalón a escalón se están apropiando (para malestar de algunos de ultraderecha y que se piensan/ sienten descendientes de Rufino) del monumento al “reformador”, de la torre de acero vigorosa y erguida que divide a Guatemala en dos, como una daga en plena ciudad, hacia un lado encontramos la Terminal, centro comercial y mercantil de los marginados, de los de en medio para abajo, allí donde nunca llegaran los que participan plenamente de Cayalá y de Guatemala, porque allí participamos otros, y hacia el otro lado, encontramos la avenida reforma, sus bancos, las embajadas, su ruta hacia el Centro Médico, hacia Cayalá, ese otro mundo al que me refiero que vemos como vitrina.

La torre parte en dos el horizonte político de la ciudad. La torre es un signo de ruptura, y tal vez por eso “aquellos que están rotos” la están rescatando con otro signo, que seguro vale el riesgo, subir y poder ver que desde arriba sí se ve rebonito. O que allá arriba en la cúpula de la torre se está seguro porque los de adentro de la vitrina ahora nos quieren perseguir.

* Psicólogo General por estudio, irreverente por decisión, trato de practicar la observación, el análisis y la crítica de buena manera, a veces lo consigo.  Admirador del surrealismo guatemalteco que siempre me sorprende para bien y para mal. Amante de los frijolitos negros y otras simplezas divinas. En fin un tipo cualquiera, que de vez en cuando se embriaga con música, escucha  molinos en el horizonte, y disfruta de las luciérnagas por las noches.

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2 comentarios

  1. oscar gutierrez on

    No entiendo que quiere ser esta columna. Comentario, critica, desahogo, repudio, berrinche o catarsis. No esta en una sola linea, salta de una idea a otra (eso del opus dei no termina de encajar) sin lograr desarrollar o terminar de exponer su idea. Lo de la torre del reformador si pareciera mas a nivel personal, pues es obvio que desconoce que en la terminal, donde el autor dice que solo la clase baja llega, se mueven millones de quetzales todos los dias y en buena parte por esos personajes que el autor dice que pertenecen a “la oligarquia”

  2. Luis ramirez on

    Estimado Óscar. La idea era elaborar un comentario crítico sobre a sociedad Guatemalteca dispar y desigual, posiblemente mi redacción, metafórica y metonímica no fue de su agrado, para gustos hay colores. En relación al mercado de la terminal, claro que se manejan millones, prueba de ello es que en negocios de allí funcionan incluso agencias bancarias, en todo mercado encontramos un dueño de capital, pueden ser los mismos “oligarcas”, o burguesia mas reciente, lo que trataba era puntualizar la idea de la terminal como mercado social, vorágine socioeconómica con signos y formas distintas al mercado formal, a la banca, a los negocios también millonarios, de formas y cuellos blancos que marcan las directrices que el país “debe” tomar o mantener. Agradezco el comentario, y la critica. Saludos.

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