Del Pokémon Go y otras actividades ociosas

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El ocio está subvalorado. Hay que ser categórico en decirlo porque la cultura promovida desde el discurso hegemónico incluso lo ha satanizado. Desde que el “triunfo personal” se mide en función del dinero que se pueda ganar y los bienes materiales que se posean, la idea de estar sin “hacer nada” es considerada como blasfema y representante de la mediocridad. Se exige a las personas que sean productivas, porque no hay otra alternativa, la vida no es gratis y de alguna manera hay que pagar para vivirla.

Al haber aceptado las ideas que el sistema reproduce, el ocio se ha convertido en un lujo que solo se pueden dar quienes se lo han ganado; cualquiera que decida llevar una vida de ocio, aunque eso signifique vivir de forma “precaria”, según el canon vigente, recibe la condena directa o indirecta de la sociedad.

El rollo viene a cuento porque desde siempre hemos sido muy dados a criticar a todo aquel que ande de pelex. Recuerdo que mi mamá nos pegaba las grandes gritadas, a mí y a mis hermanos, siempre que nos encontraba vagando y nos decía: “Patojos, pónganse a hacer oficio, sirvan para algo”. Y así crecimos, bajo la amenaza de que jugar era una actividad para vagos y gente sin quehacer. Todos los doñitos y doñitas de la cuadra nos reclamaron en algún momento que dejáramos de estar perdiendo el tiempo.

Y ya siendo padres tratamos de transmitir a los hijos las buenas costumbres que nos inculcaron nuestros viejitos, y se sigue reproduciendo el modelo. El ciclo de la vida está diseñado para estudiar, trabajar, ser productivo, reproducirse y, si queda tiempo, descansar. Quizá es necesario que haya más gente que se atreva a transgredirlo. El sistema está diseñado para que la gente trabaje, no tiene nada de malo; si se quiere tener dinero para adquirir cosas hay que hacerlo. Pero si alguien decide que no quiere tener cosas, o que le basta con tener lo básico para sobrevivir, pues que así sea.

La gente es barata para decirle a todo aquel que ande ocioso que no sirve para nada, como la andanada de críticas que reciben aquellos a quienes les gusta jugar Pokemón Go. Lo cierto es que cada uno puede perder el tiempo como quiera, claro que se dice “perder el tiempo” desde el punto de vista de los demás, porque para quien juega no será tiempo perdido. Ahora son los artilugios tecnológicos; antes nos la pasábamos jugando trompo, cincos, capirucho, electrizado, arranca cebollas, tenta, entre otros. Y no era porque no nos gustara la tecnología, es que no existía, o no teníamos pisto para comprar.

De güiro pasé mucho tiempo jugando cincos, por ejemplo, y estoy seguro de que no me sirvió de nada, y eso que gané un montón de esas chibolitas de vidrio, ni siquiera me cabían entre la bolsa, era lo que se dice: “bien callo”; es decir, perdí mi tiempo, como lo advirtió mi mamá, pero me la pasé muy bien, quizá esa sea la compensación. Qué triste sería la infancia sin los recuerdos que deja el juego, o el tiempo perdido.

Dicen que el tiempo perdido hasta los santos lo lloran. Me da la impresión de que también lloran el tiempo que se dedicó a trabajar más de la cuenta y no se obtuvo mayor cosa a cambio. El ocio es algo a lo que todos tenemos derecho, quizá algunos se niegan a disfrutarlo, porque se sienten inútiles al pensar que son improductivos; pero  dejémonos de pajas, muchos, por no decir todos, quisiéramos tener los medios para poder dedicarnos a hacer lo que nos gusta, y la mayoría de las veces eso implica hacer actividades que no generan dinero; es decir, son ociosas.

Si hay gente que puede dedicar mucho o poco tiempo a disfrutar de sus artilugios electrónicos, a leer miles de libros, a sentarse frente a la TV, a leer historietas, a estar en las redes sociales, a viajar, a hacer ejercicio, o a hacer lo que sea que haga para pasar el tiempo libre; pues que así sea, dichosos quienes pueden hacerlo.

Quizá la revolución empiece con un acto de ocio.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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