Desnormalizar la violencia

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Cuando la violencia se normaliza, únicamente situaciones extremas suelen llamar la atención sobre el fenómeno. El atentado en el cual además de un pandillero fueron asesinadas otras tres personas frente a la Unidad de Atención al Enfermo Renal Crónico (UNAERC), es un doloroso ejemplo. El cierre de calles y el despliegue policial desbordaron las redes sociales y los comentarios sobre el hecho. Tan solo la muerte brutal del reo Byron Lima, el mes pasado, ocupó espacios mayores en los medios, precisamente por la magnitud del hecho. No tanto por la violencia en sí misma.

Prácticamente convivimos con esta. La asumimos como parte de la normalidad. No extraña una muerte, dos muertes, tres muertes diarias o más. Lo destacable es que se produzcan en un mismo hecho y que al producirse afecte la movilidad citadina.

Sin embargo, los símbolos de la violencia se han instalado de tal forma en la cotidianidad que, solo por la amenaza de una multa por atentar contra un bien inmueble protegido, la alcaldía desiste de hacer sonar un cañón en una carrera. La participación de soldados de élite kaibil –los sanguinarios contrainsurgentes elementos de tropa–, con uniforme y no con la obligatoria playera de la maratón, abona a la presencia simbólica de la violencia.

¿No se permitió el desfile militar en las calles para conmemorar el aniversario de un ejército que aún no reconoce sus crímenes contra la sociedad? No importa. Está la actividad deportiva de masas en la que se puede imponer el símbolo. ¿Hay carencia de autopatrullas para la ciudad? No hay problema, el ejército facilitará –mediante el respectivo pago por el servicio–, el uso de tanquetas para patrullar.

La violencia normalizada no solo son los asaltos sangrientos en los buses o desde las motos en las calles. Esos hechos son la consumación de la violencia aceptada y asumida como natural. Esa que significa tolerar las agresiones contra las mujeres, contra las y los niños, como un elemento esencial de la interacción y no como la anormalidad derivada de las relaciones de poder.

Como un círculo vicioso, la violencia solo genera violencia y la acrecienta. En la medida que le permitimos instalarse en nuestras vidas, en esa medida la permitimos que se apropie de nuestros destino como conglomerado social. De ahí la importancia de promover relaciones en armonía. De re pensar los mecanismos de relación social, comunitaria, inter sectores y, sobre todo, con y desde el poder.

El reclamo de garantizar la conducción civil en los sistemas y estratos de seguridad no es un capricho. Nace del entendimiento científico de que el militarismo tiene como base la aniquilación del enemigo, del otro. De que su esencia es el exterminio. En tanto que la gestión civil de la seguridad se refiere a la protección de la vida, de la persona, de su entorno. Filosóficamente son dos visiones y dos misiones distintas.

Ante la ausencia de guerra, ingresar a la esfera civil de la seguridad ha sido un mecanismo parasitario de sobrevivencia de las fuerzas armadas. Lucirse en las calles como competidores de una gesta deportiva o patrullando con tanquetas, solo es un mecanismo de propaganda que intenta convencer de que la presencia castrense es necesaria y bienvenida. No obstante, hace parte del fenómeno de normalizar la violencia. De ver como natural que la vida sea cuidada por quien se entrena para quitarla.

Además de invertir energías en la construcción de relaciones armónicas, es también necesario educar sobre la importancia de que cada ente cumpla su rol y no se desborde en las funciones asignadas. Ya vivimos un desborde funcional de ejército y ni el instituto armado ni Guatemala como sociedad ha logrado cerrar la profunda herida que dejó. Más que normalizar la violencia institucional para combatir la violencia delincuencial es menester transformar el estilo de relaciones. Ni kaibiles en maratones ni tanquetas en las calles nos devolverán la paz.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

1 comentario

  1. Como siempre sus articulos me agradan de sobremanera, GRACIAS Doña Iduvina Hernandez, ya que nos pinta la realidad de lo que se vive en el ambiente Guatemalteco, que desafortunadamente no se podra cambiar por mucho tiempo, con una institucion que NO NOS DA NADA, MAS que solo el enriqecimiento ilisito para esa institucion, llamada “EJERCITO”. ********Tambien me gustaria que hiziera un comentario sobre lo que yo he propuesto en varias ocaciones, por medio de los periodicos que ofrecen, la opcion de “comentarios ” , noticias diarias, que es ” LA CANCELACION DEL FAMOSO PARLACEN “, una institucion que tampoco nos da NADA , de beneficio, que solo es para mi, un club de CORRUPTOS, que les regalan un salario, y peor aun, tambien les regalan una inmunidad !!, Siendo un refugio de Corruptos, todo eso simplemente para PERPETUAR la corrupcion , ESOS FONDOS DEL parlacen muy bien se pueden ser utilizados en la educacion, ayudar a solventar la desnutricion aguda de nuestros niños, etc…etc….

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