Disfraces para todos

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Halloween es una celebración que convoca a los alaridos doble-moralistas. La anual fiesta de disfraces suele ser descalificada por religiosos y patrioteros. Los unos dicen que no se debe participar en las actividades del “día de brujas” porque contraviene los preceptos bíblicos y que es pecado; los otros tildan de alienados y faltos de identidad a quienes gustan de dar rienda suelta a su imaginación convirtiéndose en personajes de películas de terror. Cuando se trata de descalificar siempre hay pretexto.

Una vez al año no hace daño, reza el dicho popular; lo mismo aplica para la fiesta del 31 de octubre, ¿qué mal puede hacer que un grupo de gente se ponga ropas estrafalarias y dé la impresión de que es otra persona?, ninguno, si el motivo es la pura diversión.

Sería mejor que las buenas conciencias empezaran por realizar una evaluación autocrítica y pensar en los disfraces que usan a diario. Para muchos la vida es un interminable desfile de máscaras utilizadas a conveniencia.

Basta verse en un espejo y ver alrededor para encontrar los más variados disfraces. La hipocresía está a la orden y es el modus operandi de la sociedad. El comportamiento del ser humano tiende casi siempre a la doble moral. Se critica abiertamente lo que se hace en privado. Con una mano se esconde lo mismo que se señala acusadoramente con la otra.

En la sociedad guatemalteca los casos abundan, pero uno solo basta para vernos retratados; por ejemplo, el caso del diputado Gudy Rivera, cuya conversación con la magistrada Claudia Escobar fue dada a conocer por la CICIG, pone de manifiesto las distintas máscaras de los personajes de la política local. Al principio trata de disfrazarse de simpático, luego de amable, después de colega; para ir cambiando infinidad de caretas durante la conversación, cada una más grotesca que la anterior. Y nos reconocemos en esa voz truculenta, llena de rodeos, que propone negocios turbios, pero que los muestra como cosas cotidianas, como algo que “si no lo hacemos nosotros alguien más lo hará”, y con esos argumentos se valida todo un sistema de corrupción.

Es necesario preocuparse por las máscaras y disfraces, pero no por las de Halloween, esas son inofensivas. Las caretas que debemos buscar eliminar son las del día a día, las de la corrupción y la hipocresía que suceden en todos los ámbitos, no solo en la política.

Deshacernos de esas máscaras es el gran reto. Un buen inicio sería lograr la transparencia, que no es lo mismo que honestidad. La transparencia de una persona se refleja en mostrarse tal cual, sin esconder las verdaderas intenciones. De una persona transparente se sabe qué esperar, aunque sean acciones que perjudiquen a los demás. Son preferibles esas personas y no las que disfrazan de buenas sus oscuras intenciones.

Celebren Halloween pues, confeccionen su mejor disfraz para esa noche, no pasa nada si se visten de zombis o de brujas, o de enfermeras eróticas; es mejor que se haga para la ocasión y no para la vida diaria.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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