Don Venancio y la fábrica de chocolatíos – 1 –

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Nunca supe cuándo se murió don Venancio, pero trabajé para él desde los 8 hasta los 16 años, aunque no de forma continua. Iba a su fábrica de dulces en vacaciones y luego por las mañanas o las tardes, según fuera mi jornada escolar, casi siempre durante los primeros meses del año. La fábrica estaba en la zona 7, en la Quinta Samayoa, sobre la calzada San Juan; ahí ganaba dinero que me servía para comprar algo de ropa, zapatos y útiles escolares. Se fabricaban dulces artesanales de un solo tipo, eran unos que simulaban ser chocolates y estaban envueltos en papel mantequilla, o similar; se trataba de unos dulces “chiclosos de color café y forma cuadrada a los que llamaban “chocolatíos”, pero no tenían nada de chocolate (Parecidos a los de la foto, pero un poco más oscuros).

La mayoría de los que trabajábamos en la fábrica de dulces de don Venancio éramos menores de edad, pero había unos pocos mayores, “señores” ellos, casados y con hijos, que se empleaban de forma permanente y con lo que ganaban mantenían a su familia. Los patojos envolvíamos los dulces y los mayores, además de envolver, hacían otras tareas que requerían de más fuerza física o de labores más riesgosas, como poner peroles de mezcla en unas hornillas que funcionaban a base de leña.

Envolver los dulces parecía una actividad sencilla, pero no lo era, requería de muchas horas de práctica para obtener la habilidad de dejar el cuadrado envuelto en el papel mantequilla, o similar, sin que al soltarlo se saliera del papelito. Los dedos de las manos sufrían las consecuencias del constante roce con el filo del papel, que producía pequeños cortes que se infectaban porque en la fabricación se utilizaba manteca de cerdo. En época de frío era aún más complicado, los dulces se ponían duros, se resecaban y no pegaban.

Envolver un “chocolatío” no requería más de unos tres segundos, pero era necesario juntar una libra para ganar tres centavos, y en la libra cabían entre 80 y 90 dulcitos. En la época en que mayor habilidad tuve para envolver dulces llegué a hacer unas 150 libras diarias; es decir, me ganaba Q4.50, unos días un poquito más, otros un poco menos. Al final de la semana recibía entre Q18 y Q20.

Pasar entre siete y ocho horas diarias envolviendo dulces, parando solo para ir al baño y para almorzar, era una tarea tediosa, pero nos las ingeniábamos para que no fuera tan aburrida: hacíamos puños de 10 en 10, hasta ajustar los 80 o 90 de una libra; llenábamos pequeños recipientes, como latas de leche, de una o cinco libras, y luego otras más grandes; hacíamos figuras con los cuadritos, como que fueran legos o dominó; cualquier juego que un adolescente se pudiera inventar era bueno para no sentir el tedio; por supuesto que si don Venancio nos sorprendía jugando nos regañaba y sometía al orden.

La fábrica estaba instalada en un viejo inmueble de paredes de adobe, era una especie de bodega, no muy grande, con el piso desnivelado, levantado en varias partes y con ladrillos faltantes. En toda la orilla había unos tableros forrados de lámina, sostenidos por burros de madera, en ellos se ponían los “chocolatíos” y ahí nos sentábamos para envolverlos. No era un lugar limpio, pero lo lavábamos cada sábado. Era común que los dulces cayeran al piso, no los recogíamos y con el tiempo se derretían y adquirían mal olor; además los dulces se hacían en maquetas que eran partidas por otra persona que solo se dedicaba a eso y en el proceso generaba astillas que luego se prendían a la ropa que usábamos y, por algún motivo, esas astillas también llegaban a oler mal; al final del día terminábamos todos pegajosos y los pantalones se pegaban a las sillas o a cualquier superficie en la que nos sentáramos.

Los “chocolatíos” fueron muy famosos en los años ochentas, no sé si todavía alguien los fabrica, se vendían en las tiendas a cuatro por un centavo. Eran sabrosos, a muchos les gustaban; por supuesto que no saben cómo era que se fabricaban, ni lo que nosotros hacíamos para envolverlos; pero eso se los contaré otro día.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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