Don Venancio y la fábrica de “chocolatíos” –2–

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No recuerdo cómo se llamaba; es más, creo que nunca supe cuál era su nombre, pero siempre le dijimos “Güino”. Algunos decían que era el diminutivo de “pingüino”, que era el apodo que le pusieron por caminar como los famosos pajarracos, pero nadie lo llamaba de esa forma, porque se enojaba y no era bueno hacerlo enojar.

En la fábrica de “chocolatíos” de don Venancio, “Güino” era el más viejo de todos y el empleado más antiguo. Era un señor, que además de caminar como pingüino, se parecía a Brutus, el enemigo de Popeye. Para trabajar usábamos ropa vieja, que casi nunca se lavaba, “Güino” vestía unos pantalones que se arremangaba casi a la altura de la espinilla y arriba una camiseta que en algún tiempo fue blanca, además usaba zapatos rotos y se quitaba los calcetines. Todo su atuendo brillaba, producto del contacto con la manteca de cerdo, que se utilizaba para que la masa de los dulcitos no se pegara en la mesa de mármol en la que era vertida para luego hacer las maquetas.

Era un tipo fortachón, de brazos musculosos, pero panza pronunciada, le gustaba echarse los tragos, los lunes llegaba de goma, aunque rara vez faltaba a trabajar porque hubiera agarrado furia. “Güino” era el motor de la fábrica, sabía todos los oficios: envolver los dulces, cortarlos, embolsarlos, pesarlos, encajarlos y, sobre todo, hacerlos, era él quien los hacía, solito, sin ayuda de nadie. Preparaba la mezcla, la echaba en los peroles y la ponía a cocer, simultáneamente en dos hornillas que funcionaban con leña, movía ambos peroles al mismo tiempo, en cada mano sujetaba una gran paleta de madera, que había que agitar constantemente para que la mezcla no se pegara. Luego derramaba la masa sobre mesas de mármol, previamente untadas con manteca de cerdo, esperaba unos minutos y antes de que se secara, marcaba los cuadros con un rodillo, ahí terminaba su trabajo, los “chocolatíos” estaban listos para que otra persona los partiera sobre los tableros de lámina y nosotros, los patojos, procedíamos a envolverlos.

“Güino” era un viejo gruñón, pero chingón, su humor podía ser negro o chabacano; lo mismo gastaba bromas pesadas que contaba chistes ingenuos. Cuando estaba comiendo hacía una de sus bromas clásicas –por cierto, era buen cocinero, hacía unos frijoles volteados deliciosos–, se llevaba el bocado a la boca y se le quedaba viendo a cualquiera y preguntaba: “¿Ya comiste?”, como quien quiere compartir o quien invita a que el otro se saboree y le den ganas de pedir; entonces cuando el interlocutor respondía que no había comido, él replicaba, cambiando el gesto a no te voy a dar, con la frase: “Yo hasta ahoritía”, y seguía comiendo dejando al otro burlado.

A estas alturas de la vida “Güino” quizá ya murió, aunque quién sabe. En aquel entonces, hace unos 35 años, ya tenía, calculo yo, más de 50. En la fábrica de “chocolatíos” era quien decidía la cantidad de trabajo que se haría en el día, se medía por tandas, cada perol era una tanda y en el día se cocinaban entre 10 y 14. Todos los días en la mañanita, lo primero que le preguntábamos era: ¿cuántas tandas serán hoy? Y así calculábamos la extensión de la jornada y la hora de salida, además de las libras de dulcitos que sería posible envolver. Se puede decir que era alguien generoso, a pesar de la broma sobre la comida, muchas veces la compartía con alguien que no llevara almuerzo, por ejemplo. A él acudíamos cuando queríamos dinero prestado: “Güino”, présteme veinticinco centavos, decíamos, y respondía, “Mejor tomá un quetzal, porque choca no me lo vas a pagar”. Prestaba sin cobrar intereses.

La fábrica de “chocolatíos” de don Venancio estaba poblada por muchos personajes extraños, todo un bestiario. Otro día les cuento del tipo al que le decíamos “viejo”, quien tenía un hermano al que le decíamos “Pancho”, quien se murió por una enfermedad rara, y que también tenía otro hermano llamado Jacobo. Ah, y también quedo pendiente de contar cómo era que se hacían los “chocolatíos”.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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