Don Venancio y la fábrica de chocolatíos –4–

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La única vez que llegué a las manos en una pelea fue contra Milton y fui a parar al hospital. En la fábrica de chocolatíos trabajábamos un buen grupo de güiros que buena parte de la jornada laboral nos la pasábamos chingando al prójimo. Lo más usual era tirarse dulcitos los unos a los otros. Muchas veces se armaba la batalla campal y volaban los dulces de un tablero a otro, algo así como en la primera película de La guerra de las galaxias, hasta con efectos de sonido salían disparados. Todo terminaba cuando “Güino” se emputaba y ofrecía pegarle un vergazo al que siguiera tirando dulces o pedazos. Como nunca hablaba en broma, ahí paraba todo, porque uno de esos pijazos hacían llorar a cualquiera.

Milton era unos cuatro años más grande que yo, él tenía 16. Nunca fui bueno para las trompadas, por eso nunca peleaba y el recurso que me quedaba era defenderme con palabras, pero también ahí estaba bien jodido, porque crecí siendo evangélico, de esos que van todos los días a la iglesia, no solo los domingos, y decir malas palabras era pecado. Fui un patojo chiquitío y flaquito, desnutrido, todo pilishtío; puro clis clis, decían los adultos. Entonces iba en desventaja contra cualquiera, por lo que preferí aprender a insultar sin palabrotas y logrando que los demás se rieran de quienes querían pelear conmigo.

La pelea contra Milton duró unos tres golpes de cada lado; todos lanzados al aire, menos uno. Durante mi vida de escolar fui retado varias veces a pelear. Cuando estaba en cuarto primaria había un chavo bien maleado, rana le decían, que siempre me quería pegar; rana se enojaba porque un su primo quería ser abanderado y yo sacaba mejores notas que él. Pero cómo iba a pelearme contra ese rana, si era más grande y más fornido, además era de sexto. Una vez me atalayó a la hora de salida y se formó el típico círculo en el que todos gritan, unos a favor y otros en contra. ¡Verguialo rana, verguialo!, vociferaban varios. No hubo pelea, al final ninguno de los dos se atrevió a lanzar el primer golpe y me salvé.

La estatura y constitución física de Milton era normal, yo era chaparro y desnutrido. Era común que las guerras de chocolatíos empezaran cuando dos patojos se lanzaban pedacitos uno al otro. También sucedía que el tiradero era tal que no se sabía quién había empezado, pero dentro del despelote casi siempre había un parito que se la tomaban personal y terminaban peleando.

Widman, así se llamaba, tenía mi edad y era hermano de Milton. El día que me fui a los golpes contra Milton fue porque Widman estaba tirándome dulces y yo le respondí. La cosa es que el maje se puso a llorar y su hermano se paró a defenderlo y me retó a los trancazos. No sé por qué me envalentoné y me le puse al brinco, así todo salsa, como quién no tiene materia gris, porque era obvio que llevaba las de perder. Como la vez que, estando en tercero básico, cuando ya tenía 15 años, con unos cuates le quitamos la pelota a unos güiritos de primero, qué si resultó que uno de ellos tenía un hermano en quinto bachillerato y además era una mulona. La cosa es que llegó a reclamar la pelota y con los otros cuates, éramos tres, nos envalentonamos y le hicimos frente. Bueno, ellos se rajaron a la hora de la hora y solo quedé yo al frente, y el de quinto bachillerato paró metiéndome tres patadas en la cara y se llevó la pelota, esa no cuenta como pelea, (pero no me sacó sangre).

Los primeros dos golpes que lanzó Milton no dieron en el blanco, tampoco los que yo lancé en defensa propia; el tercero de él también se fue en blanco, pero el mío le dio en toda la jeta, fue una trompada bien puesta, todavía no sé cómo fue que le acerté, porque los tres golpes los tiré mientras tenía los ojos cerrados. Sentí que le pegué duro, porque ya no volvió por otro, ahí terminó todo y nos fuimos a sentar para seguir envolviendo dulcitos.
En la práctica fui el ganador de la pelea contra Miltón, pero aunque no me haya dado ningún golpe, a los pocos días me tuvieron que internar en el Hospital General San Juan de Dios. Es la única vez que he estado hospitalizado y fueron tres días. Afortunadamente fue el 26 de diciembre y salí el 29, después de la Navidad y antes de año nuevo.

Miltón resultó con la trompa morada, estoy seguro de que el puñetazo le dolió. Lo que pasó fue que le pegué en un diente y me hizo una pequeña herida, chiquitía, casi imperceptible, aunque sí me sangró un poco. Todavía tengo la cicatriz en el nudillo del dedo anular de la mano derecha, y resultó que la herida se infectó y se me puso la mano bien hinchada, pero bien hinchada, como que la hubieran inflado, parecía vejiga llena de agua, así era la manota.

El morete se le quitó rápido a Milton y no pasó a más. La hinchazón de la mano tardó más en irse y antes pasé tres días con suero y antibióticos, sufriendo fiebres altas y dolor, mucho dolor, pero no chillé. Mi mamá no se salvó de la puteada del doctor, quien le recriminó que por qué se había tardado tanto en llevarme al hospital, que vaya que todavía estaba a tiempo de curarme, que un día más y hubieran tenido que amputarme la mano; así de grueso fue.

Widman y Milton eran unos niños bien, sus papás tenían carro y en ese entonces significaba que eran gente de pisto. A saber por qué trabajaban en la fábrica, tenían una historia particular, pero esa se las contaré en otra entrega.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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