Don Venancio y la fábrica de chocolatíos –6–

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La temporada de frío era la peor para envolver los chocholatíos. Noviembre, diciembre y enero eran meses para sufrir. En época de calor el dulce era pegajoso, pero el viento de fin de año lo secaba y se ponía tieso –el chocolatío, claro está– y el papel no se adhería al cuadradito y al lanzarlo sobre el tablero se abría puro botón floreciendo; entonces el papelito volaba por un lado y el dulcito por otro, era una verdadera mierda, porque había que envolver de nuevo y era más tardado juntar un buen poco.

Con el paso del tiempo se adquiría habilidad para envolver, el procedimiento no era complejo, pero requería perfeccionar alguna técnica, para que abundara la mano. Como ya les conté, había un tipo que quebraba las planchas de dulce en el centro de los tableros y de ahí agarrábamos por pushos los “envolvedores”, quienes nos sentábamos alrededor, tres de un lado y uno en cada extremo, en total cinco por tablero, aunque a veces eran hasta seis o siete.

Con la mano izquierda se agarraba el papel, de una percha estratégicamente colocada, y con la derecha se alcanzaba el chocolatío. El cuadradito se ponía en forma cruzada en el centro, para que las puntas se doblaran una tras otra, primero la del lado izquierdo, seguida de la del derecho, luego la de abajo y de inmediato la de arriba, para concluir dando vuelta al dulce, tratando de apretar con los dos pulgares, con fuerza, todos los lados y por último se deslizaba sobre el tablero de lámina. El procedimiento tardaba entre dos y tres segundos. Los más rápidos envolvían unas 15 libras por hora, en total entre 130 y 140 al día, a tres centavos cada una, más o menos Q4 al día.

A medio día parábamos para pesar las tandas de la mañana y otra vez al final de la tarde. Una que otra vez lo hacíamos a media mañana. Echábamos los dulces en latas que previamente habían estado llenas de manteca de cerdo y así los llevábamos al lugar en el que estaba la pesa. Don Venancio pesaba, antes cada quien debía calcular montoncitos de a libra y echar lo envuelto en bolsas plásticas. Lo cruel era cuando había mucho frío, porque a la hora de vaciar la lata sobre las mesas para embolsar caían los dulces todos desenvueltos y había que ponerse rápido a envolverlos de nuevo, antes de que don Venancio empezara a putearnos.

Cada quién tenía su técnica para envolver y, principalmente, para que el papel no se despegara del chocolatío. Algunos se untaban las manos con manteca de cerdo, otros con agua, unos más echaban saliva al papel o al dulce; y así, cada quien inventaba o utilizaba lo que estaba a su alcance, la higiene era lo de menos, total nosotros no íbamos a comer aquellos dulces. Lo importante era que quedaran bien envueltos.

Cuando se ponían muy tiesos –los chocolatíos– Güino accedía a que se les echara agua, pero no mucha. Luego perfeccionamos la técnica. Creo que fue al “bombero” a quien se le ocurrió poner la percha de papel en el extremo de un trapo mojado y cada vez que envolvía un dulcito deslizaba el papel por el trapo, de tal manera que quedara húmedo y de esa forma se adhería fácilmente al cuadradito. Tal procedimiento nos facilitó la vida durante mucho tiempo, hasta que sucedió la tragedia.

Un día don Venancio llegó mentando madres y lanzando vergazos al aire. Resulta que uno de los clientes devolvió una camionada de chocolatíos, porque estaban todos pegajosos. Sucede que del clima frío de la ciudad los transportó a tierra caliente, sin dar tiempo a que el empaque se secara y el calor hizo estragos en los dulcitos recién empacados; la miel y el agua del papel hicieron que se chorreara todo y se pegaron unos a otros, puros chuchos, y se echaron a perder. Ese día recogió todos los trapos y prohibió que se le echara agua a los dulces para envolverlos. Todo se convirtió en un martirio, aunque no por mucho tiempo, porque cuando se fue, de nuevo sacamos los trapos mojados, de otra forma era imposible envolver.

Alguien que nunca se quejaba de las condiciones para envolver era Martín, quien además era el más veloz  de todos. Pero otro día les cuento de él.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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