El acoso callejero es cosa de hombres

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Imagen de Lucía Reinoso

Estos días se conmemora la Semana Internacional En Contra Del Acoso Callejero, con el propósito de denunciar y visibilizar la violencia que viven las mujeres en los espacios públicos. En Guatemala la iniciativa se promociona principalmente por el Observatorio Contra El Acoso Callejero (OCAC), una de esas valiosas iniciativas ciudadanas que surgen para combatir un mal social y, al final, para erradicarlo.

El acoso callejero está íntimamente relacionado a la masculinidad, pues el problema consiste en que hay hombres que se dedican a acosar a mujeres. En Europa ahora se levantan gritos de la extrema derecha para decir que los acosadores y violadores son musulmanes e inmigrantes. En Guatemala se dice que son los albañiles o los hombres de la clase trabajadora. Siempre se busca echar la culpa a alguien más. Pocos hombres tienen la valentía de asumir su responsabilidad.

Según un estimado de las Naciones Unidas, 35% de las mujeres en el mundo han sufrido violencia física o violencia sexual en sus vidas. Muchos hombres también sufren de violencia en sus vidas y el punto no es minimizar su sufrimiento. El punto es que casi todos los agresores y perpetradores de violencia física y violencia sexual –dirigida tanto a hombres como a mujeres– son hombres.

Los hombres somos el problema y las mujeres se ven obligadas a atender las víctimas y acompañar  a las sobrevivientes en sus denuncias. Mientras montones de hombres se dedican a hacer campaña negra contra los colectivos feministas, contra el derecho al aborto, o acusando a las mujeres activistas de ser “feminazis” por indicar que la masculinidad de hoy tiene graves problemas, las mujeres levantan fundaciones de sobrevivientes y observatorios contra el acoso callejero para atender el dolor causado por hombres. Pocos hombres tienen la valentía de  auto escrutarse.

Era en los años noventa. Teníamos alrededor de 14 años, éramos niños bien de familias acomodadas y vivíamos en una pequeña ciudad en Suecia, uno de los países más afluentes y desarrollados en el mundo. Durante un periodo de algunos meses, una mayoría de los niños varones en la escuela pública  a la que asistíamos, empezamos a acosar a las niñas de la escuela, agarrando el tirante de sus sostenes, dejándolos chocar contra la espalda de nuestras compañeras niñas, causando dolor y malestar. La escuela no era muy grande y no hacíamos ningún esfuerzo de encubrir nuestro acoso, pero ningún adulto intervino. Nadie dijo nada. El régimen de terror de los niños no terminó hasta que un día un chavo se metió con la chica equivocada y resultó ferozmente golpeado e insultado enfrente de todos los demás. Esa chica logró parar la ola de acoso, pero la masculinidad destructiva no se quedó en la infancia.

De viaje en el extranjero, teníamos 16 años, salimos huyendo de un bar para acompañar a un amigo que fue atacado por un borracho del lugar. Durante años pensábamos que habíamos defendido a nuestro amigo contra un ataque no provocado, tal vez un ataque xenófobo, hasta que un día el amigo nos confesó que había tocado la nalga de una chica que resultó ser la pareja del borracho.

El estimado de las Naciones Unidas –35% de las mujeres del mundo han sido acosadas o violentadas– significa que alrededor tuyo habrá muchas mujeres sobrevivientes de violencia. Si no sabes de ninguna es simplemente porque no han tenido la confianza de contarte. Y ya que por cada mujer acosada hay por lo menos un hombre acosador, habrá también muchos hombres acosadores alrededor de vos. Vos incluso podrías ser uno de ellos.

Nadie está por encima de las normas sociales que nos rodean. Puede ser que nunca te ocurriera agarrarle la nalga de otra persona en la calle, pero bien sufres de otros actitudes machistas o discriminatorias. No quieres que tu novia salga sola. No quieres que una mujer tenga la libertad de decidir autonómicamente sobre su cuerpo o posible embarazo.

Así son las cosas, nadie es perfecto y nadie puede pasar por la vida sin cometer errores. La onda es aprender de los errores y estar abierto al cambio. A mí no me resulta cómodo llamarme feminista, porque tengo muy claro que no lleno todos los requisitos, pero veo en el feminismo una visión y una meta para seguir trabajando conmigo. El primer paso tal vez es la honestidad.

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Aron Lindblom

Cada mañana salen de la casa de los dioses los dos cuervos de Odín, Hugin y Munin, para volar por el mundo. Observan y escuchan lo que hacen los humanos y en la tarde regresan a contarle todo. Siendo un inmigrante sueco en Guatemala, me encuentro como Hugin y Munin, lejos de mi casa, a veces un poco perdido, contemplando la realidad guatemalteca y contándole todo a quién quiera leer.

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