El acoso es aprendido y se puede desaprender

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Éramos patojos, pre-adolescentes, y nos sentábamos en la banqueta a pasar el rato, en lo que nos daban ganas de jugar pelota. Veíamos pasar a la gente y nos burlábamos de algunos, principalmente de aquellos a los que creíamos inofensivos. A veces tirábamos objetos a los carros y camionetas. También lanzábamos piropos a las mujeres que pasaban, sin importar la edad, estábamos creciendo y queríamos demostrar que podíamos ser igual de machos que los más grandes, quienes incluso pasaban de “la frase galante” a caminar a la par de la chica a la que chuleaban. Aspirábamos a ser los conquistadores de la cuadra, aunque para conseguirlo tuviéramos que acosar repetidamente a las transeúntes. Éramos patojos inconscientes que repetíamos el modelo impuesto por los mayores, sin reparar en que aquello era agresión.

Acosar a las mujeres era un acto común entre la marita de la cuadra, nos sentíamos huevudos al hacerlo, aunque de vuelta recibiéramos mentadas de madre, como la vez que uno de los de la pandilla se saboreó cuando pasó una señora, haciendo un ruido como de quien escurre saliva entre la lengua y el paladar, y ella se volteó y le dijo: “Qué te pasa patojo hijuelagranputa, te duele la muela o qué pisados”, y siguió caminando como si nada. Pero no escarmentábamos, hasta más valientes nos sentíamos.

Repetir el modelo era la norma, y sigue siendo, es fácil aprenderlo y difícil, bastante difícil, desaprenderlo.

En el grupo siempre fui de los de menos edad, además era chiquitío, mal vestido y con ropa sucia; entonces no me atrevía a decir piropos, pero los más grandes siempre trataban de que todos participaran del acoso, entonces era imposible quedar fuera, o me animaba o empezaban a gritarme: ¡Hueco, hueco!

En la calle, en el bus, en el centro, en la sexta, en el cine, en cualquier lado, la conducta machista acosadora era puesta en práctica. Había algunos cuates ya mayores que incluso se colgaban de la puerta de las camionetas y cuando iba en marcha intentaban tocar el trasero de las patojas que estuvieran al alcance. Si lograba el objetivo los demás pensábamos que era bien “cabrón”, o bien pilas pues. De igual forma era en la camioneta, más cuando iba llena, siempre había más de alguno que intentaba meter mano.

Así crecí, así crecimos; así crecieron casi todos, reproduciendo el modelo acosador. Se ve en las calles a toda hora, las mujeres no pueden caminar tranquilas, siempre son vulnerables al piropo, al silbido, al bocinazo, a la mirada agresiva, a la metida de mano.

Ser mujer en un mundo de acosadores es complicado. El machismo impone las reglas y ellas tienen que atenerse. La cultura de culpar a la víctima está enraizada. Es común culparlas por recibir la agresión, se les cuestiona porque se visten de tal o cuál forma. Se les recrimina si usan ropa o maquillaje calificado por la doble moral como provocador. La culpa religiosa inculcada por los padres, maestros, por todos los adultos, ha calado hondo y ha instituido penas a las que transgreden la moral establecida. A los hombres se les perdona, pero a las mujeres se les condena fácilmente.

Es necesario, obligatorio, lograr entre todos que se elimine el acoso a las mujeres. Nadie tiene derecho de agredirlas visual o verbalmente, por ningún motivo. La ropa, la forma de caminar, la forma de maquillarse, nada, da derecho a nadie a invadir el espacio de ellas.

La tara del macho acosador es difícil de eliminar, pero no imposible. Es cosa de tomar conciencia y respetar al otro, a la otra.

Ahora somos adultos y es nuestra responsabilidad intervenir para que el modelo no siga repitiéndose.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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