El cadáver del enemigo: el cuerpo destrozado

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Hay una fotografía terrible tomada por Jean Marie Simon y reproducida en su libro Guatemala eterna primavera, eterna tiranía. Se trata del cadáver de la maestra Beatriz Barrios Marroquín, madre de dos niños pequeños. En la imagen se observa el cuerpo tendido en una cama de la morgue, con señales de una brutal tortura que incluye cortes de machete y las manos amputadas a la altura de la muñeca.

Esta imagen es una impactante muestra de la brutalidad de los ejecutores del Estado guatemalteco, que no se contentaban con matar a la persona, calificada invariablemente como “delincuente subversivo”, sino que profanaban el cadáver y lo utilizaban como advertencia a la población y los militantes revolucionarios frente a su participación en cualquier actividad contraria al régimen.

Un cartel encontrado junto al cuerpo decía: “habrán más”.

Si bien es una fotografía excepcional, no es sino la imagen de una práctica extendida y empleada sistemáticamente para provocar horror durante el período del conflicto armado interno.

Por ello resulta esclarecedor el libro de Giovanni de Luna titulado “El cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea”, dado que propone ideas y aproximaciones muy interesantes para seguir pensando sobre lo sucedido en Guatemala durante el conflicto armado interno… y lo que sigue sucediendo.

Pues como lo recuerda, los muertos no hablan, pero sus cadáveres sí. La forma en que se trata el cuerpo de las víctimas puede ayudarnos a conocer muchas cosas. Los forenses pueden encontrar mucha información relativa a las causas de la muerte, a partir del cuerpo examinado. Pero la idea de Luna va un poco más allá: los cuerpos pueden descubrir la lógica y los simbolismos implicados en su asesinato, lo que incluye, también, la identidad de sus asesinos.

Entre otras cosas, señala que:

“Los brazos, que habían aprendido a realizar determinados gestos, son destruidos; las manos que no solo encerraban sangre y huesos sino los movimientos que hacían posible tocar el piano, son destruidos; los dedos y las palmas, que sabían determinar con exactitud el peso de un determinado instrumento y reconocerlo por el tacto, son destruidos; los pies, que sabían pedalear “de memoria” (como si se tratase de una costumbre corporal arraigada), son destruidos; la cabeza, los brazos, la espalda y las piernas, que conocían la complicada secuencia de pasos de una determinada danza, son destruidos”.

Este recordatorio que se enfoca en ciertas aptitudes corporales que son destruidas al ser destruido el cuerpo, pueden extenderse a una descripción de las relaciones que se sostienen con los demás a partir de ese mismo cuerpo: las manos y los brazos que cuidan y protegen a los otros, las piernas que permiten acercarnos, los ojos y la boca que permiten la comunicación y el entendimiento con los demás, que también son destruidos en las guerras o, como sucedió en el caso guatemalteco, bajo la represión de un régimen dictatorial.

Uno se puede imaginar a la maestra Beatriz Marroquín cuidando a sus dos hijos pequeños… Pues bien, eso es lo que destruyeron sus asesinos, enviando además, una macabra advertencia a todos los demás.

Los efectos, aunque a veces es difícil apreciarlo, continúan operando en nuestra vida.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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