El cadáver del enemigo: los desaparecidos

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¿Quiénes eran?, ¿cómo eran?, ¿qué pensaban?
También será necesario hablar de ese lado tan humano que tanto amamos de ellos, los desaparecidos. De esa parte que tanto nos hizo creer en la humanidad y sus cambios. Nineth Montenegro.

Entre otras, existen tres prácticas significativas en el tratamiento de los cadáveres durante la guerra en Guatemala: su uso monitorio (los cuerpos destrozados aparecen como advertencia a los que están metidos en “babosadas” y a todo aquél que los contemple o sepa de ellos), su desaparición y su entierro y ocultamiento en cementerios clandestinos.

La desaparición es la forma más “económica” de tratar al cadáver del enemigo. Frente a los costos políticos que supone el asesinato o las masacres cometidas a plena luz del día (que, no obstante, también se llevaron a cabo), las desapariciones hacen que el “objeto” de su acción simple y llanamente se esfume.

No está. No aparece. ¿No será que se fue de subversivo? ¿No será que agarró furia y se fue con sus cuates? Cualquier explicación puede ser dada cínicamente por todos los escalones del poder. Desde el policía de la estación hasta el presidente de la república, como en efecto pasó muchas veces.

Además, el número es tremendamente elevado. Las cifras de desaparecidos en Guatemala superan con creces a las de Argentina o Chile, donde las dictaduras militares también se ensañaron con su población.

La desaparición contribuye al miedo de la gente pues cualquiera puede sufrir este destino “arbitrario” y apuntala la impunidad de los responsables. Ya se ve que no es resultado de un “montón de locos” o “psicópatas”. Es resultado de una planificación racional sobre un fin irracional: la muerte de las personas.

El sociólogo Figueroa Ibarra indica que existen tres objetivos en el desarrollo de esta práctica:

“el primero de ellos es el de contar con un informante cautivo e inerme; el segundo es el de eliminar a un opositor o subvertor del orden existente, sin que ello tenga que hacerse a través de un largo o costoso proceso judicial, y más importante aún, sin que tenga que hacerse pagando un costo político interno y externo. El tercero es el de provocar en el seno de la sociedad civil y particularmente en aquellos que rodean al desaparecido, un temor profundo de vivir una experiencia similar”.

En términos humanos, el drama de los familiares es atroz. Desde la angustia por no saber el destino final del desaparecido, hasta el suplicio de tener que buscar en estaciones de policía y morgues bajo la mirada de los representantes de las instituciones responsables.

El duelo se altera. Es imposible llevar una flor o un lugar donde tener la certeza de que se encuentra el familiar. El dolor es tan grande y la pérdida es tan fuerte, que es imposible no dejar de tener la duda/ esperanza de si aparecerá el hijo o el esposo. Los psicoanalistas del sur, donde también sufrieron de esta práctica, hablan del “duelo imposible” que resulta de que el aparato psíquico no puede elaborar una pérdida tan dolorosa sin que exista una prueba de realidad: el cuerpo del familiar.

Giovanni de Luna dice: “Con estas prácticas se pretendía minar de manera explícita las bases culturales, religiosas y psicológicas del enemigo. La ausencia del cadáver altera de forma dramática el ritual que suele acompañar a la muerte”.

Por eso la esperanza o la desesperanza que se prolonga en el tiempo. Por ejemplo, una señora después de más de 20 años de que su hijo fuese desaparecido, todavía se asoma a la terminal de buses donde esperaba que apareciera, tal vez, un día.

Y no obstante, hay que rescatar el papel de las organizaciones de familiares que, pese a los desafíos y advertencias, continuaron buscando a sus seres queridos.

Para buscar respuestas y justicia.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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