El cambio climático –una mirada empírica–

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Hará unos 40 años, en las primeras mañanas de mayo, antes de que el sol alumbrara, y previo a que cayeran los primeros aguaceros, del cielo descendía una nube color café y se escuchaba un zumbido de miles de alas; eran los zompopos de mayo que llegaban puntuales. Cubrían el suelo y de inmediato hacían agujeros en los que anidaban. Rapidito se escondían y dejaban las alas tiradas sobre las calles y banquetas de tierra. Muchos patojos nos apresurábamos a capturar algunos ejemplares para ponerlos a pelear, pero también había gente que los agarraba para cocinarlos y después degustarlos como platillo de temporada. Así fue durante algunos años, luego, conforme los árboles y las calles de tierra fueron desapareciendo, los zompopos de mayo llegaban en menor cantidad y poco a poco se fueron retrasando: ahora son zompopos de junio, decíamos; hasta que dejaron de llegar y ahora es raro verlos.

Por aquella época, cuando mi abuela paterna todavía vivía, con mi papá íbamos a visitarla a San Marcos. Vivió casi toda su vida en una finca de café. Cerca de la finca existía un caserío llamado Chamaque en donde había un río caudaloso llamado “La toma”. Nunca he sido bucólico, pero en mi memoria ese río sigue retumbando, porque en algún momento del recorrido su gran caudal formaba una poza en la que se podía nadar libremente. Recuerdo que uno de mis hermanos, que estaba medio loco él y era ducho para la natación, se trepaba por los peñascos y se lanzaba. En esa parte el río formaba una especie de “rápidos”. En “La toma” también era posible conseguir buena pesca. La última vez que fui, ya hace más de 30 años, del aquel río ya no quedaba mucho, la deforestación y el desvío de su cauce acabaron con sus aguas, poco quedó de “La toma”.

Atrás de la tribuna del campo Marte había un barranco que al fondo tenía un río al que llamábamos “Los pocitos”. Aventureros que éramos con los cuates de la cuadra, vivíamos cerca, ahí parábamos “barranquiando”. Era común descender hasta el río y agarrar peces que metíamos en bolsas plásticas y después, ya en casa, los tirábamos por el desagüe, porque nadie tenía pecera en donde mantenerlos. A esos terrenos baldíos y llenos de árboles íbamos también a conseguir varitas de coyote, que utilizábamos para hacer barriletes. Ahora hay una vía “rápida” en la que camina a vuelta de rueda el tráfico que viene de la zona 15 o de “carretera a El Salvador”.

La ciudad se ha vuelto un bulto de concreto y las grandes extensiones verdes, verdes, verdes, se convirtieron en condominios o centros comerciales. La mayoría de barrancos son ahora áreas marginales pobladas de miles de personas que nacen, crecen se reproducen y mueren, por causas naturales o por desastres provocados por los deslaves; el caso es que ahí hacen su vida y su muerte. El clima de la ciudad ya no es el mismo.

En la casa en la que vivo había un diminuto jardín trasero bien bonito era, con su grama verde, sus florecitas en las orillas; pero el mantenimiento era una tortura. No es que yo lo podara o regara. Había un jardinero al que había que andar persiguiendo. Finalmente me cansé y tuve la brillante idea de quitarlo. Aplané el terreno –bueno, no yo pues–, contraté a alguien que quitara la grama y pusiera piso, bien lindo quedó. Ahora cuando pega el sol en lo que antes fuera un pequeño jardín, el piso hace de lente de aumento y el reflejo genera bastante calor. Calor que antes no se sentía.

Las evidencias científicas son muchas e innegables, solo las niegan y hacen campaña en contra quienes tienen intereses en explotar los recursos naturales, sin importar otra cosa más que la ganancia monetaria. Los amos y sus testaferros organizan fundaciones y se arrogan la autoridad para rebatir desde su ignorancia y mala fe lo que salta a la vista, el cambio climático es un hecho comprobado y provocado por la mano del hombre. Que ranas y renacuajos libertarios-libertruchas, croen en sentido contrario es incluso malvado.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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