El club de las viejecitas (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Tengo unas amigas viejecitas. Se reúnen una vez por semana en un café. Me incorporé a su grupo hace algunos años. Dejé de asistir cuando sentí que me aburría un poco.

Son un grupo maravilloso. Comentan lecturas y leen fragmentos de obras. Martes por la tarde frente a un té, agua pura o algún licuado de frutas. No se imaginen, por favor, un club de señoras fufurufas. Andan en bus o a pie.

No es un grupo de lectura común. Una de ellas es yoga; otra, taoísta, otra es gnóstica (pero creo que va a misa). Hay una budista que llega de cuando en cuando; en una ocasión nos dijo que nos hemos estado reuniendo desde hace siglos, en otros sitios y otras épocas.  En un tiempo estuvo asistiendo a la mesa un maestro que nos explicaba muchas cosas sobre los alimentos, los horarios, la disciplina. Una tarde nos habló sobre las ventajas de repetir afirmaciones como las de Saint Germain, por las mañanas, mientras uno hace ejercicio.

Puso como ejemplo a los cuques. Nos dijo que entraban timoratos a la escuela Politécnica o a los destacamentos. “Al principio, ni hablan; ni aguantan el ejercicio, pero vayan a verlos a los seis meses, son unas fieras. A fuerza de repetir en los momentos más duros cosas como: “¡Sí, puedo!”, “¡Sí aguanto!”, “¡Soy fuerte!”, van agarrando coraje y fuerza. Cuando van trotando, con la mochila pesada bajo el sol, cuando están a punto de caer, repiten que aguantan, que son fuertes y lo logran”.

Aquel maestro explicó la importancia de repetir afirmaciones golpeándose uno las articulaciones de las rodillas cuando se está cansado, pues estas responden a órdenes genéticas transmutadas a través de las generaciones y son las que nos doblegan o nos levantan…

Pero tampoco se imaginen, por favor, a un maestro dando una charla con discípulos atentos. Al contrario, puede que mientras el maestro habla, alguna de ellas esté hojeando la prensa o simplemente preguntando a otra si leyó tal artículo de salud.

Mis amigas no son místicas ni maestras ni sacerdotisas, son viejecitas. Tienen una sencillez poderosa.  De cuanto dicen, siempre aprendo, esté o no de acuerdo. Cuando voy con ellas algo en mí sucede que me siento renovado.

Es posible que no lo crea todo, pero no recuerdo un solo día que haya salido pensando que perdí mi tiempo. Con todo y eso, he dejado de frecuentarlas porque he llegado a aburrirme un poco. Suena contradictorio, lo sé, pero recuerden que son viejecitas.

“La sábila es muy buena. Una vez le piqué zanahoria y le machaqué unos arándanos. Delicioso”.

“Ah, la zanahoria con alucema también es buena. Lástima el arándano, porque es muy caro”.

“¡Carísimo! Cuando puedo tomo el jugo por las mañanas. A mi nietecita no le gustó…”.

Hace poco volví a incorporarme. Acaban de iniciarse en la lectura ordenada de Isis sin velo. ¿Pueden imaginar qué es leer una página fotocopiada a la semana de uno de los dos volúmenes de las mil 400 páginas de Blavatsky? Y después vendrán, página por página, los seis tomos de la Doctrina secreta más documentos gnósticos que se van intercalando según la espontaneidad de las asistentes.

No creo que alcance toda una vida, menos todavía porque se intercalan también asuntos de la vida real y palpable.  Quizás sea cierto que llevamos millones de vidas reuniéndonos. Y hasta donde sé, pues, no usan internet, eso espero.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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