¡El Coco!

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Caigo en la tentación de escribir sobre las declaraciones que dio Roxana Baldetti acerca del hospital Federico Mora. Algunos columnistas también salieron a corregirle la plana por aquello de re-bonito. Tratando de buscar más allá, me pregunto si toda la alharaca que se ha leído y escrito sobre su disertación nos pone en un lugar privilegiado porque nosotros jamás llamaríamos a un lugar con enfermos mentales como re-bonito. La verdad, creo que no.

Que muchos sabían sobre las condiciones del hospital, sí, es cierto. Que no sé quién escribió primero y lo de la BBC fue un secreto a voces, sí, es cierto. Pero algo que también es cierto es que casi nadie quiere convivir con un enfermo mental, o como dignamente les llamamos: locos. Los estudios fugaces que se hacen al ver a una persona con problemas mentales son tan risibles, que vienen desde “es que ese chavo se drogaba y se le zafaron los cables”, hasta “una mujer le hizo brujería, viera como era de bonito”. Es decir, diagnósticos apresurados que recorren el vecindario y al final del loco se sabe todo menos la verdad.

No cualquiera es de mente tan abierta como para compartir su espacio de trabajo con un esquizofrénico, el temor que una persona se ponga agresiva y termine agarrando a batazos a alguien o en el peor de los casos que lo mate. El simple hecho de ver a alguien riéndose o hablando solo ya es chisme de corredor para que estemos alertas que nos rodea un loco. La aceptación, disculpen que lo diga, es algo casi totalmente desconocido en Guatemala. Espera la audiencia recibir las palabras adecuadas de una vicepresidenta que declara: ellos destruyen las camillas, los zapatos y demás porque no saben que ese lugar es para descansar.

Seamos sinceros, la aversión que causa una persona que no es “normal” es muy difícil de disimular, tenemos que estar en los zapatos de las familias para entender un poco sobre las enfermedades mentales, a menos que, por supuesto, seamos iniciados en la alta escuela de la vida donde ya no nos asusta nada. Y eso lo dudo.

¡Como sociedad estamos en pañales! Recreando una hipótesis: alguien viene sentado en el autobús meciéndose y mordiéndose el labio el inferior -como suelen hacerlo los autistas que también están entre los enfermemos mentales-, ¿usted se sentaría con toda confianza al lado de él?

¿Acaso no asoma el temor de la locura y el miedo a que ese loco pueda agredirlo? Si no es así, he perdido el cuestionario sobre mi actitud social del primer mundo y de persona preparada. Mientras cocinamos los tamales de nochebuena repasemos mentalmente cuánto sabemos sobre esquizofrenia, bipolaridad, depresión y autismo. ¿Cuánto?

Quizá los más abusados ya veían venir el caos de la vida, a otros nos agarró en curva todo este desmadre de la mente y sus deliberaciones, unos quizá saben cómo convivir con personas con síndrome de Down a los que el vulgo llama retrasados mentales, otros viven con medicamentos escondidos y jamás van a contar que sufren de alucinaciones porque tienen que lidiar con el monstruo más grande, la sociedad perfecta hija de puta que le da la espalda cada vez que lo mira. A ver, supere eso.

Y como sociedad perfecta nos encanta romantizar los trastornos mentales y le atribuimos superpoderes artísticos para definir la complejidad de la neurosis, por ejemplo. Casi de rodillas y con voz poética decimos,”…de poetas músicos y locos todos tenemos un poco”. Porque es así, la literatura tiende a alivianar y se presta a la fantasía de ese mundo donde los locos son los personajes más atractivos.

¿Qué medidas pensamos tomar como habitantes de esta sociedad en construcción? Cargamos a diario con un avatar que hemos fabricado, este tiene una cara de civilizado que espantaría al hombre que evolucionó, mítico personaje que recopiló Asimov. Al final de este cuento que he tirado, veo una turba huyendo hacia un cerro re-bonito donde no lo alcance el coco porque está loco.

O como dijo aquél apóstol “asno-notado que soy superdotado”.

-Noposí.

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About Author

Brenda Marcos

Nací en la ciudad de Guatemala, emigré a Estados Unidos. Por ahora estudio y trabajo para obtener mi licencia como maestra de lenguaje de señas. Estoy sentada junto al camino que conduce al sueño americano, quizá un día me levante y siga a otros que he visto pasar. Contribuyo escribiendo mis observaciones y me hago los quites con el racismo que pega tan duro por estos lados.

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